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Jack y su tabaquera de oro

Cuentos de hadas ingleses · Joseph Jacobs · traducido por Claude Opus

Young Jack leaves his parents' cottage in a great forest as his old mother waves from the rooftop.

Érase una vez, y muy buena vez que fue, aunque no fue ni en mis tiempos, ni en los tuyos, ni en los de nadie, un viejo y una vieja que tenían un solo hijo y vivían en un gran bosque. Y el hijo nunca había visto a otra gente en su vida, pero sabía que en el mundo había más personas además de su padre y su madre, porque tenía montones de libros y todos los días leía sobre ellas. Y cuando leía sobre alguna muchacha bonita, se volvía loco por ver alguna; hasta que un día, mientras su padre andaba fuera cortando leña, le dijo a su madre que quería irse a buscarse la vida en otra tierra y a ver a otra gente aparte de ellos dos. Y dijo: —Aquí no veo nada más que árboles grandes a mi alrededor; y si me quedo aquí, a lo mejor me vuelvo loco antes de ver nada. El padre del muchacho estuvo fuera todo el rato que duró esta charla entre él y su pobre madre vieja.

La vieja empieza por decirle a su hijo antes de que se marche: —Bueno, bueno, mi pobre muchacho, si te quieres ir, más vale que te vayas, y que Dios te acompañe. —(La vieja creyó que era lo mejor cuando dijo eso.)— Pero espera un poco antes de irte. ¿Qué prefieres que te haga: un pastel pequeño con mi bendición, o un pastel grande con mi maldición? —¡Vaya, vaya! — dijo él—. Hazme un pastel grande. A lo mejor me entra hambre por el camino. La vieja hizo el pastel grande, y se subió al tejado de la casa, y lo estuvo maldiciendo hasta donde alcanzó a verlo.

Al poco se encuentra con su padre, y el viejo le dice: —¿Adónde vas, mi pobre muchacho? Y el hijo le contó al padre lo mismo que le había contado a su madre. —Bueno —dice su padre—, siento verte marchar, pero si ya te has decidido a irte, más vale que te vayas.

No había ido lejos el pobre muchacho cuando su padre lo llamó para que volviera; entonces el viejo sacó del bolsillo una tabaquera de oro y le dijo: —Toma, llévate esta cajita y guárdatela en el bolsillo, y cuidado con no abrirla hasta que estés a punto de morir. Y allá se fue el pobre Jack por su camino, y anduvo hasta que estuvo cansado y hambriento, porque se había comido todo el pastel por el camino; y para entonces se le había echado la noche encima, de modo que apenas veía el camino delante de él. Vio una lucecita muy a lo lejos, y se fue derecho hacia ella, y encontró la puerta de atrás y llamó, hasta que vino una de las criadas y le preguntó qué quería. Él dijo que se le había echado la noche encima y que buscaba algún sitio donde dormir. La criada lo hizo pasar junto al fuego y le dio de comer en abundancia, buena carne y pan y cerveza; y mientras estaba comiendo junto al fuego, vino la señorita a mirarlo, y ella lo quiso mucho y él la quiso a ella. Y la señorita corrió a contárselo a su padre, y le dijo que había un muchacho muy guapo en la cocina de atrás; y enseguida el caballero fue a verlo, y le hizo preguntas, y le preguntó qué trabajo sabía hacer. Jack, el muy tonto, dijo que sabía hacer de todo. (Quería decir que sabía hacer cualquier tarea sencilla de las que hicieran falta en la casa.)

—Bueno —le dice el caballero—, si sabes hacer de todo, para las ocho de la mañana quiero tener un gran lago y algunos de los navíos de guerra más grandes navegando delante de mi mansión, y uno de los navíos más grandes tiene que disparar una salva real, y el último cañonazo tiene que romper la pata de la cama donde duerme mi joven hija. Y si no lo haces, lo pagarás con la vida.

—Está bien —dijo Jack; y se fue a su cama, y rezó sus oraciones tranquilamente, y durmió hasta que eran casi las ocho, y apenas tuvo tiempo de pensar qué iba a hacer, hasta que de repente se acordó de la cajita de oro que le había dado su padre. Y se dijo: «Bueno, bueno, nunca he estado tan cerca de la muerte como ahora»; y entonces se tanteó el bolsillo y sacó la cajita. Y cuando la abrió, de dentro salieron saltando tres hombrecillos rojos, que le preguntaron a Jack: —¿Qué deseas de nosotros? —Pues mirad —dijo Jack—, quiero un gran lago y algunos de los navíos de guerra más grandes del mundo delante de esta mansión, y que uno de los navíos más grandes dispare una salva real, y que el último cañonazo rompa una de las patas de la cama donde duerme esta señorita. —Está bien —dijeron los hombrecillos—; vete a dormir.

Apenas le había dado tiempo a Jack de sacar las palabras de la boca para decirles a los hombrecillos lo que tenían que hacer, cuando dieron las ocho, y ¡pum, pum!, disparó uno de los navíos de guerra más grandes; y Jack pegó un salto de la cama para mirar por la ventana; y os aseguro que fue un espectáculo maravilloso para él, después de haber vivido tanto tiempo con su padre y su madre en un bosque.

Three tiny red men conjure a lake where tall warships fire a salute before a grand mansion at dawn.

Para entonces Jack ya se había vestido y rezado sus oraciones, y bajó riéndose; porque estaba orgulloso, vaya si lo estaba, de que la cosa hubiera salido tan bien. El caballero se le acerca y le dice: —Bueno, muchacho, tengo que reconocer que eres muy listo de verdad. Ven a desayunar. Y el caballero le dice: —Ahora te quedan otras dos cosas por hacer, y después te daré a mi hija en matrimonio. Jack se toma su desayuno y echa un buen vistazo a la señorita, y ella también a él.

La otra cosa que el caballero le mandó hacer fue talar todos los árboles grandes en millas a la redonda para las ocho de la mañana; y, por abreviar mi largo cuento, se hizo, y el caballero quedó muy contento. El caballero le dijo: —La otra cosa que tienes que hacer —(y era la última)— es conseguirme un gran castillo que se sostenga sobre doce columnas de oro; y tienen que venir regimientos de soldados y hacer su instrucción. A las ocho en punto el oficial al mando tiene que decir: «¡Armas al hombro!». —Está bien —dijo Jack; y cuando llegó la tercera y última mañana, la tercera gran hazaña estaba terminada, y le dieron a la joven hija en matrimonio. Pero, ¡ay, Dios mío!, todavía falta lo peor.

A grand castle rises on twelve golden pillars as toy-like soldiers drill before it.

Ahora el caballero organiza una gran partida de caza, e invita a todos los caballeros de la comarca, y también a ver el castillo. Y para entonces Jack tiene un caballo precioso y un traje escarlata para ir con ellos. Aquella mañana su ayuda de cámara, al guardar la ropa de Jack después de que este se cambiara para ir de caza, metió la mano en uno de los bolsillos del chaleco de Jack y sacó la tabaquera de oro, que el pobre Jack se había dejado olvidada por descuido. Y aquel hombre abrió la cajita, y de ella salieron saltando los tres hombrecillos rojos, y le preguntaron qué deseaba de ellos. —Pues mirad —les dijo el ayuda de cámara—, quiero que este castillo se mueva de aquí y se vaya lejos, muy lejos, al otro lado del mar. —Está bien —le dijeron los hombrecillos rojos—; ¿quieres ir con él? —Sí —dijo él. —Pues sube —le dijeron; y allá se fueron lejos, muy lejos, por encima del ancho mar.

Ahora vuelve la gran partida de caza, y el castillo de las doce columnas de oro había desaparecido, con gran desilusión de aquellos caballeros que no lo habían visto antes. Al pobre tonto de Jack lo amenazan con quitarle a su hermosa y joven esposa por haberlos engañado de aquella manera. Pero al fin el caballero hizo un trato con él, y le dan un año y un día para buscarlo; y allá se va, con un buen caballo y dinero en el bolsillo.

Ahora el pobre Jack sale en busca de su castillo perdido, por colinas, cañadas, valles y montañas, a través de bosques espesos y pastos de ovejas, más lejos de lo que yo puedo contaros o pienso contaros nunca. Hasta que por fin llega al sitio donde vive el Rey de todos los ratoncitos del mundo. Había uno de los ratoncitos de centinela en la puerta principal que subía al palacio, y quiso impedirle a Jack que entrara. Él le preguntó al ratoncito: —¿Dónde vive el Rey? Me gustaría verlo. Este mandó a otro con él para enseñarle el sitio; y cuando el Rey lo vio, lo hizo pasar. Y el Rey le hizo preguntas, y le preguntó adónde iba por aquellos caminos. Pues bien, Jack le contó toda la verdad: que había perdido el gran castillo y que iba a buscarlo, y que tenía un año entero y un día para encontrarlo. Y Jack le preguntó si sabía algo de él; y el Rey dijo: —No, pero yo soy el Rey de todos los ratoncitos del mundo, y mañana por la mañana los llamaré a todos, y a lo mejor han visto algo.

Entonces a Jack le dieron una buena comida y una cama, y por la mañana él y el Rey salieron a los campos; y el Rey reunió a todos los ratones y les preguntó si habían visto el gran castillo hermoso que se sostenía sobre columnas de oro. Y todos los ratoncitos dijeron que no, que ninguno de ellos lo había visto. El viejo Rey le dijo que tenía otros dos hermanos: —Uno es el Rey de todas las ranas; y mi otro hermano, que es el mayor, es el Rey de todos los pájaros del mundo. Y si vas allá, a lo mejor ellos saben algo del castillo perdido. El Rey le dijo: —Deja aquí tu caballo conmigo hasta que vuelvas, y llévate uno de mis mejores caballos, y dale este pastel a mi hermano; así sabrá de quién lo has recibido. Y no te olvides de decirle que estoy bien y que me gustaría mucho verlo. Y entonces el Rey y Jack se estrecharon la mano.

Y cuando Jack iba a cruzar las puertas, el ratoncito le preguntó si podía ir con él; y Jack le dijo: —No, que me voy a meter en un lío con el Rey. Y el animalito le dijo: —Más te vale dejarme ir contigo; a lo mejor algún día te hago algún bien sin que tú lo sepas. —Pues sube, entonces. Y el ratoncito trepó corriendo por la pata del caballo y lo hizo bailar; y Jack se metió el ratón en el bolsillo.

Ahora Jack, después de darle los buenos días al Rey y de meterse en el bolsillo al ratoncito que estaba de centinela, siguió su camino a paso cansino; y qué camino tan largo tenía que andar, y eso que era su primer día. Por fin encontró el sitio; y allí estaba una de las ranas de centinela, con el fusil al hombro, y quiso impedirle a Jack que entrara; pero cuando Jack le dijo que quería ver al Rey, lo dejó pasar; y Jack se fue derecho a la puerta. El Rey salió y le preguntó qué asunto lo traía; y Jack se lo contó todo de principio a fin. —Bueno, bueno, pasa. Esa noche lo atienden muy bien; y por la mañana el Rey hizo un ruido muy gracioso y reunió a todas las ranas del mundo. Y les preguntó si sabían o habían visto algo de un castillo que se sostenía sobre doce columnas de oro; y todas hicieron un ruido curioso, cro-cro, cro-cro, y dijeron que no.

Jack tuvo que llevarse otro caballo, y un pastel para el hermano de este Rey, que es el Rey de todas las aves del cielo; y cuando Jack iba a cruzar las puertas, la ranita que estaba de centinela le preguntó a Jack si podía ir con él. Jack le dijo que no durante un rato; pero al fin le dijo que subiera, y Jack la metió en el otro bolsillo del chaleco. Y allá se fue otra vez en su largo, larguísimo viaje; esta vez fue tres veces más largo que el primer día; con todo, encontró el sitio, y allí había un pájaro magnífico de centinela. Y Jack pasó por delante de él, y el pájaro no le dijo ni una palabra; y habló con el Rey y se lo contó todo, todo lo del castillo. —Bueno —le dijo el Rey—, mañana por la mañana sabrás por mis pájaros si saben algo o no. Jack dejó su caballo en el establo y luego se fue a la cama, después de comer algo. Y cuando se levantó por la mañana, el Rey y él salieron a un campo, y allí el Rey hizo un ruido muy gracioso, y acudieron todas las aves que había en todo el mundo. Y el Rey les preguntó: —¿Habéis visto el hermoso castillo? Y todos los pájaros contestaron que no. —Bueno —dijo el Rey—, ¿y dónde está el gran pájaro? Tuvieron que esperar entonces mucho rato a que el águila hiciera su aparición, y por fin llegó toda sudorosa, después de que mandaran a dos pajaritos bien alto en el cielo a silbarle para que se diera toda la prisa que pudiera. El Rey le preguntó al gran pájaro si había visto el gran castillo, y el pájaro dijo: —Sí, vengo de allí, de donde está ahora. —Bueno —le dice el Rey—; este joven caballero lo ha perdido, y tienes que ir con él y llevarlo hasta allí; pero espera a comer algo primero.

Jack rides a great friendly eagle over a sparkling sea with his little mouse and frog friends.

Mataron a un ladrón y mandaron la mejor parte para alimentar al águila en su viaje por encima de los mares, y el águila tuvo que llevar a Jack a la espalda. Pues bien, cuando llegaron a la vista del castillo, no sabían qué hacer para hacerse con la cajita de oro. Entonces el ratoncito les dijo: —Bajadme, que yo os traeré la cajita. Así que el ratón se coló en el castillo y agarró la caja; y cuando bajaba por la escalera, se le cayó, y faltó muy poco para que lo pillaran. Salió corriendo con ella, riéndose a más no poder. —¿La tienes? —le dijo Jack; y él dijo: —Sí. Y se volvieron por donde habían venido y dejaron atrás el castillo.

Cuando iban todos ellos (Jack, el ratón, la rana y el águila) cruzando el ancho mar, se pusieron a discutir sobre quién había sido el que había conseguido la cajita, hasta que se les resbaló y cayó al agua. (Fue de tanto mirarla y pasársela de mano en mano por lo que dejaron caer la cajita al fondo del mar.) —Bueno, bueno —dijo la rana—, ya sabía yo que me iba a tocar hacer algo, así que más vale que me dejéis bajar al agua. Y la dejaron ir, y estuvo abajo tres días y tres noches; y luego sube y saca la nariz y la boquita del agua; y todos le preguntaron si la había conseguido, y ella les dijo que no. —Entonces, ¿qué haces ahí? —Nada de nada —dijo ella—, solo quiero tomar aire a pleno pulmón. Y la pobre ranita bajó por segunda vez, y estuvo abajo un día y una noche, y la sacó a la superficie.

Y allá se fueron, después de haber estado allí cuatro días con sus noches; y tras una larga brega por mares y montañas, llegan al palacio del viejo Rey, que es el señor de todos los pájaros del mundo. Y el Rey está muy orgulloso de verlos, y les da una bienvenida muy calurosa y tienen una larga conversación. Jack abre la cajita y les dijo a los hombrecillos que volvieran y le trajeran el castillo allí donde estaban ellos: —Y daos toda la prisa que podáis en volver.

Los tres hombrecillos se marcharon; y cuando llegaron cerca del castillo, les dio miedo acercarse hasta que el caballero y la dama y todos los criados se fueron a un baile. Y allí no quedó nadie más que la cocinera y otra criada con ella; y los hombrecillos rojos les preguntaron qué preferían: ¿irse o quedarse? Y las dos dijeron: —Yo me voy con vosotros. Y los hombrecillos les dijeron que subieran corriendo al piso de arriba. Nada más llegar arriba y entrar en uno de los salones, cuando aparecen a la vista el caballero y la dama y todos los criados; pero ya era demasiado tarde. Allá se fue el castillo a toda velocidad, con las mujeres riéndose de ellos por la ventana, mientras ellos les hacían señas para que pararan, pero todo en vano.

Estuvieron nueve días de viaje, y en ellos procuraron santificar el domingo: uno de los hombrecillos hizo de cura, otro de sacristán, y el tercero se sentó al órgano, y las mujeres eran las cantoras, porque en el castillo ya había una capilla magnífica. Cosa muy notable: hubo una desafinación en la música, y uno de los hombrecillos subió corriendo por uno de los tubos del órgano para ver de dónde salía el mal sonido, y descubrió que solo era que las dos mujeres se estaban riendo del hombrecillo rojo que estiraba sus piernecitas cuan largas eran sobre los tubos del bajo, y también los dos brazos al mismo tiempo, con su gorrito de dormir rojo, que nunca se olvidaba de ponerse; y eso, que ellas no habían visto nunca, no pudo menos que provocar un buen rato de risas en plena mar. ¡Y pobrecillos! Por no seguir con lo que habían empezado, estuvieron a punto de correr peligro, porque una vez el castillo estuvo muy a punto de hundirse en medio del mar.

Por fin, después de un viaje muy alegre, llegan otra vez adonde estaban Jack y el Rey. Al Rey le impresionó mucho ver el castillo; y subiendo por la escalera de oro, fue a ver el interior.

El Rey quedó muy contento con el castillo, pero el plazo de un año y un día del pobre Jack se iba acabando; y él, deseando volver a casa con su joven esposa, da órdenes a los tres hombrecillos de que estén listos a las ocho de la mañana siguiente para marcharse a casa del siguiente hermano y quedarse allí una noche; y de seguir desde allí hasta el último, el hermano más joven, el señor de todos los ratones del mundo, en cuyo sitio se dejará el castillo a su cuidado hasta que manden a buscarlo. Jack se despide del Rey y le da muchas gracias por su hospitalidad.

Allá se fueron otra vez Jack y su castillo, y se quedaron una noche en aquel sitio; y allá se fueron otra vez al tercer sitio, y allí dejaron el castillo a su cuidado. Como Jack tenía que dejar atrás el castillo, tuvo que volver a montar en su propio caballo, el que había dejado allí cuando empezó el viaje.

Ahora el pobre Jack deja atrás su castillo y pone rumbo a casa; y después de tanta juerga con los tres hermanos todas las noches, a Jack le entró sueño a caballo, y se habría perdido si no hubiera sido por los hombrecillos, que lo iban guiando. Por fin llegó molido y cansado, y no parecía que lo recibieran con ninguna amabilidad, porque no había encontrado el castillo robado; y para colmo, se llevó el disgusto de no ver a su joven y hermosa esposa salir a recibirlo, porque sus padres se lo impedían. Pero eso no duró mucho. Jack echó mano de todo su poder y despachó a los hombrecillos para que trajeran el castillo desde allí, y pronto llegaron.

Jack le estrechó la mano al Rey y le dio muchas gracias por su bondad tan real al cuidarle el castillo; y entonces Jack mandó a los hombrecillos que espolearan y se dieran prisa. Y allá se fueron, y no tardaron en llegar al final de su viaje, y entonces sale la joven esposa a recibirlo con un HIJO hermoso y rollizo, y todos vivieron felices para siempre.

Jack is joyfully reunited with his young wife and their baby son before the golden castle.