
Pues bien, había una vez un caballero muy rico que tenía tres hijas, y se le ocurrió ver cuánto lo querían. Así que le dice a la primera: «¿Cuánto me quieres, hija mía?».
—Pues —dice ella— como quiero a mi vida.
—Eso está bien —dice él.
Así que le dice a la segunda: «¿Cuánto me quieres, hija mía?».
—Pues —dice ella— más que a todo el mundo.
—Eso está bien —dice él.
Así que le dice a la tercera: «¿Cuánto me quieres, hija mía?».
—Pues yo te quiero como la carne fresca quiere la sal —dice ella.
Bueno, pues se puso hecho una furia. —Tú no me quieres nada —dice él—, y en mi casa no te quedas ni un día más. Así que la echó allí mismo y le cerró la puerta en las narices.
Bueno, pues ella se fue andando y andando hasta que llegó a un pantano, y allí juntó un montón de juncos y se hizo con ellos una especie de capa con capucha, para taparse de la cabeza a los pies y esconder sus ropas finas. Y luego siguió andando y andando hasta que llegó a una casa grande.

—¿Necesitan una criada? —dice ella.
—No, no necesitamos —dijeron ellos.
—No tengo ningún sitio adonde ir —dice ella—; y no pido jornal, y hago cualquier clase de trabajo —dice.
—Bueno —dicen ellos—, si quieres fregar las ollas y rascar los cazos, puedes quedarte —dijeron.
Así que se quedó allí y fregaba las ollas y rascaba los cazos y hacía todo el trabajo sucio. Y como no dio ningún nombre, la llamaron «Capa de Juncos».
Bueno, pues un día iba a haber un gran baile no muy lejos de allí, y a los criados les dieron permiso para ir a mirar a la gente elegante. Capa de Juncos dijo que estaba demasiado cansada para ir, así que se quedó en casa.
Pero en cuanto se fueron, se quitó la capa de juncos, se lavó y se fue al baile. Y allí no había nadie tan bien vestida como ella.
Pues bien, quién iba a estar allí sino el hijo de su amo, y qué iba a hacer sino enamorarse de ella en cuanto le puso los ojos encima. No quiso bailar con nadie más.

Pero antes de que acabara el baile, Capa de Juncos se escabulló y se fue a casa. Y cuando volvieron las otras criadas, ella hacía como que dormía, con su capa de juncos puesta.
Bueno, pues a la mañana siguiente le dijeron: «¡Te perdiste algo digno de verse, Capa de Juncos!».
—¿Y qué era? —dice ella.
—Pues la dama más guapa que hayas visto nunca, vestida de lo más alegre y galana. El señorito no le quitó los ojos de encima.
—Vaya, me habría gustado verla —dice Capa de Juncos.
—Bueno, esta noche hay otro baile, y a lo mejor ella está allí.
Pero, al llegar la noche, Capa de Juncos dijo que estaba demasiado cansada para ir con ellas. Sin embargo, en cuanto se fueron, se quitó la capa de juncos, se lavó y allá se fue al baile.
El hijo del amo contaba con verla, y no bailó con nadie más, y no le quitó los ojos de encima. Pero, antes de que acabara el baile, ella se escabulló y se fue a casa, y cuando volvieron las criadas, hizo como que dormía, con su capa de juncos puesta.
Al día siguiente le dijeron otra vez: «Ay, Capa de Juncos, tenías que haber estado allí para ver a la dama. Allí estaba otra vez, alegre y galana, y el señorito no le quitó los ojos de encima».
—Vaya, pues —dice ella—, me habría gustado verla.
—Bueno —dicen ellas—, esta noche hay baile otra vez, y tienes que venir con nosotras, que seguro que ella estará.
Bueno, pues al llegar la noche, Capa de Juncos dijo que estaba demasiado cansada para ir, y por más que hicieron, se quedó en casa. Pero en cuanto se fueron, se quitó la capa de juncos, se lavó y allá se fue al baile.
El hijo del amo se alegró muchísimo al verla. No bailó con nadie más que con ella y no le quitó los ojos de encima. Como ella no quiso decirle su nombre ni de dónde venía, él le dio un anillo y le dijo que, si no volvía a verla, se moriría.
Bueno, pues antes de que acabara el baile, se escabulló y se fue a casa, y cuando las criadas volvieron, ella hacía como que dormía, con su capa de juncos puesta.
Bueno, pues al día siguiente le dicen: «Ya ves, Capa de Juncos, anoche no viniste, y ahora ya no verás a la dama, porque no hay más bailes».
—Pues me habría gustado muchísimo verla —dice ella.
El hijo del amo probó de todas las maneras a averiguar adónde se había ido la dama, pero por más que fue a donde fue y preguntó a quien preguntó, nunca supo nada de ella. Y se fue poniendo cada vez peor de amor por ella, hasta que tuvo que guardar cama.
—Hazle unas gachas al señorito —le dijeron a la cocinera. —Se está muriendo de amor por la dama. La cocinera se puso a hacerlas cuando entró Capa de Juncos.
—¿Qué está haciendo? —dice ella.
—Voy a hacerle unas gachas al señorito —dice la cocinera—, que se está muriendo de amor por la dama.
—Déjeme hacerlas a mí —dice Capa de Juncos.
Bueno, pues la cocinera al principio no quería, pero al final dijo que sí, y Capa de Juncos hizo las gachas. Y cuando las tuvo hechas, metió dentro el anillo a escondidas antes de que la cocinera las subiera.

El joven se las tomó y entonces vio el anillo en el fondo.
—Que venga la cocinera —dice él.
Así que sube ella.
—¿Quién ha hecho estas gachas? —dice él.
—Yo —dice la cocinera, porque tenía miedo.
Y él la miró,
—No, no las hiciste tú —dice él. —Di quién las hizo y no te pasará nada.
—Bueno, pues fue Capa de Juncos —dice ella.
—Que venga Capa de Juncos —dice él.
Así que vino Capa de Juncos.
—¿Hiciste tú mis gachas? —dice él.
—Sí, las hice yo —dice ella.
—¿De dónde sacaste este anillo? —dice él.
—Del que me lo dio —dice ella.
—¿Pues quién eres tú? —dice el joven.
—Ahora te lo enseño —dice ella. Y se quitó la capa de juncos, y allí estaba con sus hermosos vestidos.
Bueno, pues el hijo del amo se puso bueno enseguida, y al poco tiempo iban a casarse. Iba a ser una boda muy sonada, y invitaron a todo el mundo de cerca y de lejos. Y también invitaron al padre de Capa de Juncos. Pero ella nunca le dijo a nadie quién era.
Pero antes de la boda fue a ver a la cocinera, y le dice:
—Quiero que prepare todos los platos sin una pizca de sal.
—Eso va a quedar malísimo —dice la cocinera.
—No importa —dice ella.
—Muy bien —dice la cocinera.
Bueno, pues llegó el día de la boda, y se casaron. Y después de casarse, todos los invitados se sentaron a comer. Cuando empezaron a comer la carne, estaba tan sosa que no había quien se la comiera. Pero el padre de Capa de Juncos probó primero un plato y luego otro, y entonces se echó a llorar.
—¿Qué le pasa? —le dijo el hijo del amo.
—¡Ay! —dice él—. Yo tenía una hija. Y le pregunté cuánto me quería. Y ella me dijo: "Como la carne fresca quiere la sal". Y la eché de mi puerta, porque pensé que no me quería. Y ahora veo que era la que más me quería de todas. Y a lo mejor está muerta, que yo sepa.

—¡No, padre, aquí está! —dice Capa de Juncos. Y se acerca a él y lo abraza.
Y así vivieron felices para siempre.