
Érase una vez dos hijas de un rey que vivían en una glorieta junto a las lindas presas del molino de Binnorie. Y sir William vino a cortejar a la mayor, y ganó su amor, y se prometieron con guante y con anillo. Pero al cabo de un tiempo puso los ojos en la menor, con sus mejillas de cereza y su pelo de oro, y su amor fue creciendo hacia ella hasta que dejó de importarle la mayor. Así que ella odió a su hermana por quitarle el amor de sir William, y día tras día el odio le fue creciendo, y tramaba y maquinaba cómo librarse de ella.
Así que una hermosa mañana, clara y serena, le dijo a su hermana: «Vamos a ver llegar las barcas de nuestro padre al lindo arroyo del molino de Binnorie». Y allá fueron, de la mano. Y cuando llegaron a la orilla del río, la menor se subió a una piedra para ver llegar las barcas. Y su hermana, acercándose por detrás, la agarró por la cintura y la arrojó al arroyo del molino de Binnorie, que bajaba con fuerza.

—¡Ay, hermana, hermana, dame la mano! —gritaba mientras la corriente se la llevaba—. Y tendrás la mitad de todo lo que tengo o tendré.
—No, hermana, no te daré mi mano, que yo soy la heredera de todas tus tierras. Mal haya yo si toco la mano que se ha interpuesto entre mí y el amor de mi corazón.
—¡Ay, hermana, ay, hermana, dame entonces tu guante! —gritaba mientras la corriente se la llevaba más lejos—. Y tendrás otra vez a tu William.
—¡Húndete! —gritó la cruel princesa—. No tocarás ni mano ni guante míos. El dulce William será todo mío cuando estés hundida bajo el lindo arroyo del molino de Binnorie. Y se dio la vuelta y se fue a casa, al castillo del rey.
Y la princesa fue flotando arroyo abajo, unas veces nadando y otras hundiéndose, hasta que llegó cerca del molino. Pues bien, la hija del molinero estaba cocinando aquel día y necesitaba agua para guisar. Y cuando fue a sacarla del arroyo, vio algo que flotaba hacia la presa del molino, y gritó: «¡Padre, padre, cierra la presa! Viene algo blanco arroyo abajo, una doncella alegre o un cisne blanco como la leche». Así que el molinero corrió a la presa y paró las pesadas y crueles ruedas del molino. Y entonces sacaron a la princesa y la tendieron en la orilla.
Hermosa y bella parecía allí tendida. En su pelo de oro llevaba perlas y piedras preciosas; no se le veía la cintura por el ceñidor de oro; y el fleco dorado de su vestido blanco le caía sobre los pies de lirio. Pero estaba ahogada, ¡ahogada!

Y mientras yacía allí en su belleza, pasó junto a la presa del molino de Binnorie un arpista famoso y vio su cara dulce y pálida. Y aunque siguió viaje muy lejos, nunca olvidó aquella cara, y al cabo de muchos días volvió al lindo arroyo del molino de Binnorie. Pero para entonces todo lo que pudo encontrar de ella, allí donde la habían enterrado, fueron sus huesos y su pelo de oro. Así que hizo un arpa con el hueso de su pecho y con su pelo, y siguió camino cuesta arriba desde la presa del molino de Binnorie hasta llegar al castillo del rey, su padre.
Aquella noche estaban todos reunidos en la sala del castillo para oír al gran arpista: el rey y la reina, su hija y su hijo, sir William y toda la corte. Y primero el arpista cantó con su arpa vieja, haciéndoles gozar y alegrarse, o penar y llorar, según a él le placía. Pero mientras cantaba, dejó sobre una piedra de la sala el arpa que había hecho aquel día. Y al poco rato el arpa empezó a cantar sola, baja y clara, y el arpista se calló y todos quedaron en silencio.

Y esto es lo que cantó el arpa:
«Allí está sentado mi padre, el rey, Binnorie, oh Binnorie; y allí está sentada mi madre, la reina, junto a las lindas presas de Binnorie.
»Y allí está de pie mi hermano Hugh, Binnorie, oh Binnorie; y a su lado mi William, falso y fiel, junto a las lindas presas de Binnorie».
Entonces todos se quedaron asombrados, y el arpista les contó cómo había visto a la princesa tendida, ahogada, en la orilla, cerca de las lindas presas del molino de Binnorie, y cómo después había hecho aquella arpa con su pelo y el hueso de su pecho. Justo entonces el arpa empezó a cantar otra vez, y esto es lo que cantó, alto y claro:
«Y allí está sentada mi hermana, que me ahogó junto a las lindas presas de Binnorie».
Y el arpa dio un chasquido y se rompió, y nunca más volvió a cantar.