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El señor Vinagre

Cuentos de hadas ingleses · Joseph Jacobs · traducido por Claude Opus

Little Mr. and Mrs. Vinegar stand proudly beside their cottage, which is a giant vinegar bottle.

El señor y la señora Vinagre vivían en una botella de vinagre. Pues bien, un día que el señor Vinagre había salido, la señora Vinagre, que era muy buena ama de casa, estaba barriendo afanosamente su casa cuando un escobazo desafortunado le echó la casa entera encima, cataplán, cataplán, alrededor de las orejas. Loca de pena, salió corriendo al encuentro de su marido.

Al verlo, exclamó: «¡Ay, señor Vinagre, señor Vinagre, estamos arruinados! ¡He tirado la casa abajo y está hecha pedazos!». Entonces el señor Vinagre dijo: «Querida, veamos qué se puede hacer. Aquí está la puerta; me la cargaré a la espalda y nos iremos a buscar fortuna».

Caminaron todo aquel día, y al anochecer entraron en un bosque espeso. Estaban los dos muy, pero que muy cansados, y el señor Vinagre dijo: «Amor mío, yo me subiré a un árbol, subiré la puerta a rastras y tú vendrás detrás». Y así lo hizo, y los dos estiraron sus miembros cansados sobre la puerta y se quedaron profundamente dormidos.

A medianoche, al señor Vinagre lo despertó un ruido de voces debajo, y, para su horror y espanto, descubrió que era una banda de ladrones que se había reunido para repartirse el botín.

At night Mr. Vinegar clings up a leafy tree clutching a door while comic thieves count coins below.

«Toma, Jack», dijo uno, «aquí tienes cinco libras para ti; toma, Bill, aquí tienes diez libras para ti; toma, Bob, aquí tienes tres libras para ti».

El señor Vinagre no pudo seguir escuchando; tenía tanto miedo que temblaba y temblaba, y de tanto temblar tiró la puerta encima de sus cabezas. Los ladrones salieron corriendo, pero el señor Vinagre no se atrevió a dejar su escondite hasta que fue pleno día.

Entonces bajó del árbol como pudo y fue a levantar la puerta. ¿Y qué vio sino un montón de guineas de oro? «¡Baja, señora Vinagre!», gritó; «¡baja, te digo! ¡Ya tenemos la fortuna hecha, ya tenemos la fortuna hecha! ¡Baja, te digo!».

Mr. Vinegar lifts the fallen door on the forest floor to discover a heap of shining golden guineas.

La señora Vinagre bajó tan deprisa como pudo, y cuando vio el dinero se puso a dar saltos de alegría. «Ahora, querido», dijo ella, «te diré lo que vas a hacer. Hay una feria en el pueblo de al lado; cogerás estas cuarenta guineas y comprarás una vaca. Yo puedo hacer mantequilla y queso, que tú venderás en el mercado, y así podremos vivir muy a gusto».

El señor Vinagre acepta encantado, coge el dinero y allá que se va a la feria. Cuando llegó, se paseó de arriba abajo, y al fin vio una hermosa vaca colorada. Daba una leche excelente y era perfecta en todos los sentidos. «¡Ay!», pensó el señor Vinagre, «si yo tuviera esa vaca, sería el hombre más feliz del mundo».

Así que ofrece las cuarenta guineas por la vaca, y el dueño dijo que, como era un amigo, le haría el favor. Así que se cerró el trato, y él se quedó con la vaca y la paseó de acá para allá para lucirla.

Al cabo de un rato vio a un hombre que tocaba la gaita: tirurí, tirurá. Los niños lo seguían por todas partes, y parecía que se iba embolsando dinero por todos lados. «Vaya», pensó el señor Vinagre, «si yo tuviera ese instrumento tan bonito, sería el hombre más feliz del mundo: tendría la fortuna hecha».

Así que se acercó al hombre. «Amigo», dice él, «¡qué instrumento tan bonito es ese, y cuánto dinero debe de sacar usted con él!». «Pues sí», dijo el hombre, «saco muchísimo dinero, desde luego, y es un instrumento maravilloso». «¡Ay!», exclamó el señor Vinagre, «¡cuánto me gustaría tenerlo!». «Bueno», dijo el hombre, «como es usted un amigo, no me importa mucho desprenderme de él; se lo doy por esa vaca colorada». «¡Trato hecho!», dijo el señor Vinagre, encantado. Y así la hermosa vaca colorada se cambió por la gaita.

Se paseó de arriba abajo con su compra, pero en vano intentó tocar una tonada, y, en vez de embolsarse peniques, los chiquillos lo seguían abucheándolo, riéndose y tirándole cosas.

Pobre señor Vinagre: los dedos se le quedaron muy fríos, y, justo cuando salía del pueblo, se encontró con un hombre que llevaba unos guantes buenos y gruesos. «¡Ay, qué fríos tengo los dedos!», se dijo el señor Vinagre. «Si yo tuviera esos guantes tan bonitos, sería el hombre más feliz del mundo». Se acercó al hombre y le dijo: «Amigo, parece que tiene usted ahí unos guantes estupendos». «Sí, de verdad», exclamó el hombre; «y tengo las manos todo lo calientes que se puede tener en este frío día de noviembre». «Bueno», dijo el señor Vinagre, «a mí me gustaría tenerlos». «¿Qué me da por ellos?», dijo el hombre; «como es usted un amigo, no me importa mucho dejárselos por esa gaita». «¡Trato hecho!», exclamó el señor Vinagre. Se puso los guantes y se sintió de lo más feliz mientras volvía a casa a trancas y barrancas.

Al final se cansó mucho, y entonces vio venir hacia él a un hombre con un buen bastón bien recio en la mano.

«¡Ay», dijo el señor Vinagre, «quién tuviera ese bastón! Entonces sí que sería el hombre más feliz del mundo». Le dijo al hombre: «¡Amigo! ¡Qué bastón tan bueno tiene usted!». «Sí», dijo el hombre; «lo he usado durante muchas y largas millas, y ha sido un buen amigo; pero si se le ha antojado, como es usted un amigo, no me importa dárselo por ese par de guantes». El señor Vinagre tenía las manos tan calientes y las piernas tan cansadas que hizo el cambio de buena gana.

Cuando se acercaba al bosque donde había dejado a su mujer, oyó a un loro en un árbol que lo llamaba por su nombre: «Señor Vinagre, so tonto, so zoquete, so bobalicón; fuiste a la feria y te gastaste todo tu dinero en comprar una vaca. No contento con eso, la cambiaste por una gaita que no sabías tocar y que no valía ni la décima parte del dinero. Tonto, más que tonto: nada más tener la gaita, la cambiaste por los guantes, que no valían ni la cuarta parte del dinero; y cuando tuviste los guantes, los cambiaste por un pobre bastón miserable; y ahora, por tus cuarenta guineas, la vaca, la gaita y los guantes, no tienes nada que enseñar más que ese pobre bastón miserable, que podrías haber cortado de cualquier seto». Y dicho esto el pájaro se rió y se rió, y el señor Vinagre, presa de una rabia tremenda, le tiró el bastón a la cabeza. El bastón se quedó enganchado en el árbol, y él volvió con su mujer sin dinero, ni vaca, ni gaita, ni guantes, ni bastón, y ella al instante le dio tal paliza a garrotazos que por poco no le rompe todos los huesos del cuerpo.

A downcast, empty-handed Mr. Vinegar at the edge of town is scolded by a cheeky parrot in a tree.