
Érase una vez un muchacho llamado Jack, y una mañana se puso en camino para ir a buscar fortuna.
No había ido muy lejos cuando se encontró con un gato.
—¿Adónde vas, Jack? —dijo el gato.
—Voy a buscar fortuna.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí —dijo Jack—, cuantos más, mejor.
Y allá se fueron, traqueti-trac, traqueti-trac.
Anduvieron un poco más y se encontraron con un perro.
—¿Adónde vas, Jack? —dijo el perro.
—Voy a buscar fortuna.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí —dijo Jack—, cuantos más, mejor.
Y allá se fueron, traqueti-trac, traqueti-trac. Anduvieron un poco más y se encontraron con una cabra.
—¿Adónde vas, Jack? —dijo la cabra.
—Voy a buscar fortuna.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí —dijo Jack—, cuantos más, mejor.
Y allá se fueron, traqueti-trac, traqueti-trac.
Anduvieron un poco más y se encontraron con un toro.
—¿Adónde vas, Jack? —dijo el toro.
—Voy a buscar fortuna.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí —dijo Jack—, cuantos más, mejor.
Y allá se fueron, traqueti-trac, traqueti-trac.
Anduvieron un poco más y se encontraron con un gallo.

—¿Adónde vas, Jack? —dijo el gallo.
—Voy a buscar fortuna.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí —dijo Jack—, cuantos más, mejor.
Y allá se fueron, traqueti-trac, traqueti-trac.
Pues bien, siguieron andando hasta que casi se hizo de noche, y empezaron a pensar en algún sitio donde pasar la noche. Por entonces divisaron una casa, y Jack les dijo que se estuvieran quietecitos mientras él se acercaba a mirar por la ventana. Y allí dentro había unos ladrones contando su dinero. Entonces Jack volvió y les dijo que esperaran hasta que él diera la señal, y que entonces armaran todo el ruido que pudieran. Así que, cuando estuvieron todos listos, Jack dio la señal, y el gato maulló, y el perro ladró, y la cabra baló, y el toro mugió, y el gallo cantó, y entre todos armaron un ruido tan espantoso que los ladrones salieron huyendo del susto.
Y entonces entraron y se adueñaron de la casa. Jack tenía miedo de que los ladrones volvieran durante la noche, así que, cuando llegó la hora de acostarse, puso al gato en la mecedora, y puso al perro debajo de la mesa, y puso a la cabra en el piso de arriba, y puso al toro abajo en el sótano, y el gallo se subió volando al tejado, y Jack se fue a la cama.

Al cabo de un rato los ladrones vieron que todo estaba a oscuras y mandaron a uno de ellos de vuelta a la casa a ver qué había sido de su dinero. Al poco rato volvió muerto de miedo y les contó lo que le había pasado.
—Volví a la casa —dijo—, entré e intenté sentarme en la mecedora, y allí había una vieja haciendo punto, y me clavó las agujas de tejer. Ese era el gato, ¿sabéis?
—Fui a la mesa a buscar el dinero y había un zapatero debajo de la mesa, y me clavó la lezna. Ese era el perro, ¿sabéis?
—Empecé a subir la escalera, y arriba había un hombre trillando, y me tumbó de un golpe con el mayal. Esa era la cabra, ¿sabéis?
—Empecé a bajar al sótano, y abajo había un hombre partiendo leña, y me hizo salir disparado para arriba con el hacha. Ese era el toro, ¿sabéis?
—Pero todo eso no me habría importado de no ser por ese tipejo de lo alto de la casa, que no paraba de gritar: «¡Tráemelo aquí arribaaa! ¡Tráemelo aquí arribaaa!». Ese era, claro está, el quiquiriquí.
