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En el cual se narran ciertos incidentes que solo se encuentran en los ferrocarriles americanos

La vuelta al mundo en ochenta días · Jules Verne · traducido por Claude Opus

Aquella tarde el tren prosiguió su marcha sin interrupción, dejando atrás el fuerte Saunders, cruzando el paso de Cheyne y alcanzando el paso de Evans. La vía alcanzaba allí la mayor altitud de todo el trayecto, ocho mil noventa y dos pies sobre el nivel del mar. A los viajeros ya solo les quedaba descender hasta el Atlántico por llanuras sin límite, niveladas por la naturaleza. Un ramal del «gran tronco» partía hacia el sur, en dirección a Denver, la capital de Colorado. La comarca circundante es rica en oro y plata, y más de cincuenta mil habitantes se han establecido ya en ella.

Se habían recorrido mil trescientas ochenta y dos millas desde San Francisco en tres días y tres noches; otros cuatro días con sus noches los llevarían probablemente a Nueva York. Phileas Fogg no llevaba todavía ningún retraso.

Durante la noche dejaron a la izquierda el campamento Walbach; el Lodge Pole Creek corría paralelo a la vía, señalando el límite entre los territorios de Wyoming y Colorado. A las once entraron en Nebraska, pasaron cerca de Sedgwick y se detuvieron en Julesburg, sobre el brazo meridional del río Platte.

Fue allí donde el 23 de octubre de 1867 inauguró el ferrocarril Union Pacific su ingeniero jefe, el general Dodge. Dos potentes locomotoras, que arrastraban nueve vagones de invitados, entre los que figuraba Thomas C. Durant, vicepresidente de la línea, se detuvieron en este punto; se lanzaron vítores, los sioux y los pawnees simularon una batalla india, se quemaron fuegos artificiales y se imprimió el primer número del «Railway Pioneer» en una prensa traída en el tren. Así se celebró la inauguración de este gran ferrocarril, poderoso instrumento de progreso y civilización, tendido a través del desierto y destinado a enlazar entre sí ciudades y poblaciones que aún no existen. El silbido de la locomotora, más poderoso que la lira de Anfión, iba a hacerlas surgir del suelo americano.

A las ocho de la mañana quedó atrás el fuerte McPherson, y aún faltaban trescientas cincuenta y siete millas para llegar a Omaha. La vía seguía, por su orilla izquierda, los caprichosos meandros del brazo meridional del río Platte. A las nueve el tren se detuvo en la importante población de North Platte, construida entre los dos brazos del río, que vuelven a unirse a su alrededor para formar una sola arteria, un gran afluente cuyas aguas desembocan en el Misuri un poco más arriba de Omaha.

Se cruzó el meridiano ciento uno.

Mr. Fogg y sus compañeros habían reanudado la partida; nadie, ni siquiera el muerto, se quejaba de lo largo del viaje. Fix había empezado ganando algunas guineas, que parecía en vías de perder; pero no se mostraba jugador de whist menos apasionado que Mr. Fogg. Durante la mañana, la suerte favoreció claramente a aquel caballero. Los triunfos y los honores llovían sobre sus manos.

En una ocasión, tras decidirse por una jugada audaz, estaba a punto de echar una pica cuando una voz a sus espaldas dijo: —Yo jugaría un diamante.

Mr. Fogg, Aouda y Fix levantaron la cabeza y vieron al coronel Proctor.

Stamp Proctor y Phileas Fogg se reconocieron al instante.

—¡Ah! ¿Es usted, inglés? —exclamó el coronel—. ¡Es usted quien va a jugar una pica!

—Y quien la juega —respondió fríamente Phileas Fogg, echando el diez de picas.

—Pues a mí me place que sean diamantes —replicó el coronel Proctor en tono insolente.

E hizo ademán de apoderarse de la carta que acababa de jugarse, añadiendo: —Usted no entiende nada de whist.

—Quizá entienda tanto como cualquier otro —dijo Phileas Fogg, levantándose.

—No tiene más que probarlo, hijo de John Bull —replicó el coronel.

Aouda palideció y se le heló la sangre. Cogió del brazo a Mr. Fogg y le retuvo suavemente. Passepartout estaba dispuesto a abalanzarse sobre el americano, que miraba con insolencia a su adversario. Pero Fix se levantó y, dirigiéndose al coronel Proctor, le dijo: —Olvida usted que es conmigo con quien tiene que vérselas, caballero; ¡pues fue a mí a quien no solo insultó, sino que golpeó!

—Mr. Fix —dijo Mr. Fogg—, perdóneme, pero este asunto es mío y solo mío. El coronel me ha insultado de nuevo al pretender que no jugara una pica, y me dará satisfacción por ello.

—Cuando y donde usted quiera —respondió el americano—, y con el arma que usted elija.

Aouda intentó en vano retener a Mr. Fogg; con igual inutilidad se esforzó el detective por hacer suya la disputa. Passepartout quería arrojar al coronel por la ventanilla, pero una seña de su amo le contuvo. Phileas Fogg salió del vagón, y el americano le siguió a la plataforma. —Caballero —dijo Mr. Fogg a su adversario—, tengo mucha prisa por regresar a Europa, y cualquier retraso, sea el que sea, me perjudicaría gravemente.

—Bueno, ¿y a mí qué me importa? —replicó el coronel Proctor.

—Caballero —dijo Mr. Fogg con suma cortesía—, después de nuestro encuentro en San Francisco, decidí volver a América a buscarle en cuanto hubiera terminado el asunto que me llamaba a Inglaterra.

—¡De veras!

—¿Quiere usted fijar un encuentro para dentro de seis meses?

—¿Por qué no para dentro de diez años?

—Digo seis meses —repuso Phileas Fogg—, y estaré puntualmente en el lugar de la cita.

—Todo eso son evasivas —exclamó Stamp Proctor—. ¡Ahora o nunca!

—Muy bien. ¿Va usted a Nueva York?

—No.

—¿A Chicago?

—No.

—¿A Omaha?

—¿Qué más le da a usted? ¿Conoce Plum Creek?

—No —respondió Mr. Fogg.

—Es la próxima estación. El tren llegará allí dentro de una hora y se detendrá diez minutos. En diez minutos pueden cambiarse unos cuantos tiros de revólver.

—Muy bien —dijo Mr. Fogg—. Me quedaré en Plum Creek.

—Y creo que se quedará allí para siempre —añadió el americano con insolencia.

—¿Quién sabe? —respondió Mr. Fogg, y volvió al vagón con la misma frialdad de siempre. Empezó por tranquilizar a Aouda, diciéndole que los fanfarrones nunca eran de temer, y rogó a Fix que le sirviera de padrino en el duelo que se avecinaba, petición que el detective no pudo rehusar. Mr. Fogg reanudó la partida interrumpida con perfecta calma.

A las once, el silbido de la locomotora anunció que se aproximaban a la estación de Plum Creek. Mr. Fogg se levantó y, seguido de Fix, salió a la plataforma. Passepartout le acompañaba, llevando un par de revólveres. Aouda se quedó en el vagón, pálida como una muerta.

Se abrió la puerta del vagón contiguo y apareció en la plataforma el coronel Proctor, acompañado como padrino por un yanqui de su misma calaña. Pero en el momento en que los adversarios iban a bajar del tren, acudió presuroso el revisor y gritó: —¡No pueden ustedes apearse, señores!

—¿Por qué no? —preguntó el coronel.

—Llevamos veinte minutos de retraso y no vamos a detenernos.

—Pero es que voy a batirme en duelo con este caballero.

—Lo siento —dijo el revisor—, pero partimos inmediatamente. Ya está sonando la campana.

El tren se puso en marcha.

—Lo siento de veras, señores —dijo el revisor—. En cualquier otra circunstancia habría tenido mucho gusto en complacerles. Pero, después de todo, ya que no han tenido tiempo de batirse aquí, ¿por qué no se baten mientras vamos de camino?

—Eso quizá no le convenga a este caballero —dijo el coronel en tono burlón.

—Me conviene perfectamente —respondió Phileas Fogg.

«¡Vaya, estamos de verdad en América —pensó Passepartout—, y el revisor es un caballero de primer orden!»

Y, murmurando así, siguió a su amo.

Los dos adversarios, sus padrinos y el revisor atravesaron los vagones hasta la cola del tren. El último vagón solo lo ocupaba una docena de viajeros, a quienes el revisor preguntó cortésmente si tendrían la bondad de dejarlo libre durante unos instantes, pues dos caballeros tenían que arreglar un asunto de honor. Los viajeros accedieron de buena gana y desaparecieron al punto en la plataforma.

El vagón, que medía unos cincuenta pies de largo, se prestaba muy bien a su propósito. Los adversarios podían avanzar el uno hacia el otro por el pasillo y disparar a su gusto. Jamás se concertó un duelo con mayor facilidad. Mr. Fogg y el coronel Proctor, provistos cada uno de dos revólveres de seis tiros, entraron en el vagón. Los padrinos, que se quedaron fuera, los encerraron. Debían empezar a disparar al primer silbido de la locomotora. Transcurridos dos minutos, se sacaría del vagón lo que quedara de los dos caballeros.

Nada podía ser más sencillo. Tan sencillo era todo, en verdad, que Fix y Passepartout sentían latir sus corazones como si fueran a estallar. Aguardaban el silbido convenido cuando de pronto resonaron en el aire gritos salvajes, acompañados de detonaciones que ciertamente no procedían del vagón de los duelistas. Las detonaciones continuaban por delante y a todo lo largo del tren. Del interior de los vagones salían gritos de terror.

El coronel Proctor y Mr. Fogg, revólver en mano, abandonaron a toda prisa su prisión y se precipitaron hacia delante, allí donde el estruendo era más clamoroso. Entonces se dieron cuenta de que el tren estaba siendo atacado por una banda de sioux.

No era el primer intento de aquellos audaces indios, pues más de una vez habían asaltado trenes en la línea. Un centenar de ellos, según su costumbre, habían saltado a los estribos sin detener el tren, con la soltura de un payaso que monta un caballo al galope tendido.

Los sioux iban armados de fusiles, de donde procedían las detonaciones, a las que respondían con tiros de revólver los viajeros, armados casi todos.

Jinetes sioux galopan junto al tren y lo atacan mientras los pasajeros responden con sus revólveres.

Los indios se habían lanzado primero sobre la locomotora y habían dejado medio aturdidos al maquinista y al fogonero a culatazos. Un jefe sioux, queriendo detener el tren pero sin saber manejar el regulador, había abierto de par en par la válvula del vapor en lugar de cerrarla, y la locomotora se precipitaba hacia delante con una velocidad terrorífica.

Al mismo tiempo, los sioux habían invadido los vagones, saltando como monos enfurecidos por los techos, forzando las puertas y luchando cuerpo a cuerpo con los viajeros. Penetraron en el furgón de equipajes y lo saquearon, arrojando los baúles fuera del tren. Los gritos y los disparos no cesaban. Los viajeros se defendían con valentía; algunos vagones, atrincherados, sostenían un asedio como fortalezas móviles arrastradas a cien millas por hora.

Aouda se comportó valerosamente desde el primer momento. Se defendía como una verdadera heroína con un revólver, que disparaba a través de los cristales rotos cada vez que asomaba un salvaje. Veinte sioux habían caído al suelo mortalmente heridos, y las ruedas aplastaban como gusanos a los que caían sobre los raíles. Varios viajeros, heridos de bala o aturdidos, yacían en los asientos.

Era preciso poner fin a la lucha, que duraba ya diez minutos y que acabaría con el triunfo de los sioux si no se detenía el tren. La estación de Fort Kearney, donde había una guarnición, solo distaba dos millas; pero, una vez rebasada, los sioux serían dueños del tren entre Fort Kearney y la estación siguiente.

El revisor combatía al lado de Mr. Fogg cuando una bala le alcanzó y cayó. En ese mismo instante gritó: —¡Si no se detiene el tren dentro de cinco minutos, estamos perdidos!

—Se detendrá —dijo Phileas Fogg, disponiéndose a salir precipitadamente del vagón.

—Quédese, señor —gritó Passepartout—; iré yo.

Mr. Fogg no tuvo tiempo de detener al valiente muchacho, quien, abriendo una puerta sin que los indios lo advirtieran, logró deslizarse bajo el vagón; y mientras proseguía la lucha y las balas se cruzaban silbando sobre su cabeza, echó mano de su antigua experiencia de acróbata y, con asombrosa agilidad, se fue abriendo camino por debajo de los vagones, agarrándose a las cadenas, ayudándose de los frenos y de los bordes de los bastidores, arrastrándose de un vagón a otro con una destreza maravillosa, hasta alcanzar así la cabeza del tren.

Allí, suspendido con una mano entre el furgón de equipajes y el ténder, soltó con la otra las cadenas de seguridad; pero, a causa de la tracción, nunca habría logrado desenroscar la barra de enganche si una violenta sacudida no la hubiera hecho saltar. El tren, separado ya de la locomotora, se fue quedando algo rezagado, mientras la máquina se lanzaba hacia delante con velocidad redoblada.

Arrastrado por el impulso adquirido, el tren siguió avanzando aún durante varios minutos; pero se accionaron los frenos y por fin se detuvo a menos de cien pies de la estación de Kearney.

Los soldados del fuerte, atraídos por los disparos, acudieron a toda prisa; los sioux no los esperaban y huyeron en masa antes de que el tren se hubiera detenido por completo.

Pero cuando los viajeros se contaron en el andén de la estación, se echó en falta a varios; entre otros, al valeroso francés cuya abnegación acababa de salvarlos.