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En el cual Passepartout no consigue hacer entrar en razón a nadie

La vuelta al mundo en ochenta días · Jules Verne · traducido por Claude Opus

Al dejar el Gran Lago Salado en Ogden, el tren se dirigió hacia el norte durante una hora, hasta el río Weber, tras haber recorrido cerca de novecientas millas desde San Francisco. A partir de allí tomó rumbo al este, hacia los escarpados montes Wahsatch. Fue en el tramo comprendido entre esta cordillera y las Montañas Rocosas donde los ingenieros americanos hallaron las más formidables dificultades para tender la vía, y donde el gobierno concedió una subvención de cuarenta y ocho mil dólares por milla, en lugar de los dieciséis mil otorgados por las obras realizadas en las llanuras. Pero los ingenieros, en vez de violentar la naturaleza, sortearon sus dificultades rodeando las rocas en lugar de perforarlas. Un solo túnel, de catorce mil pies de longitud, se abrió para llegar a la gran cuenca.

Hasta entonces la vía había alcanzado su mayor altitud en el Gran Lago Salado. Desde allí describía una larga curva, descendiendo hacia el valle de Bitter Creek, para luego remontarse hasta la divisoria de aguas entre el Atlántico y el Pacífico. Abundaban los arroyos en aquella región montañosa, y fue preciso cruzar el Muddy Creek, el Green Creek y otros sobre alcantarillas.

Passepartout se impacientaba cada vez más a medida que avanzaban, mientras que Fix ansiaba salir de aquella difícil región y estaba más deseoso que el propio Phileas Fogg de verse libre del peligro de retrasos y accidentes y de pisar suelo inglés.

A las diez de la noche el tren se detuvo en la estación de Fort Bridger, y veinte minutos después entraba en el territorio de Wyoming, siguiendo en todo su recorrido el valle de Bitter Creek. Al día siguiente, 7 de diciembre, se detuvieron un cuarto de hora en la estación de Green River. Había nevado copiosamente durante la noche, pero la nieve, mezclada con lluvia, se había fundido a medias y no estorbó su marcha. El mal tiempo, sin embargo, inquietaba a Passepartout, pues la acumulación de nieve, al bloquear las ruedas de los vagones, habría sido sin duda fatal para el viaje de Mr. Fogg.

—¡Qué ocurrencia! —se decía—. ¿Por qué habrá hecho mi amo este viaje en invierno? ¿No podía haber esperado a la buena estación para aumentar sus probabilidades?

Mientras el buen francés se hallaba absorto en el estado del cielo y en el descenso de la temperatura, Aouda experimentaba temores de una causa muy distinta.

Varios viajeros se habían apeado en Green River y paseaban por los andenes; y entre ellos Aouda reconoció al coronel Stamp Proctor, el mismo que tan groseramente había insultado a Phileas Fogg en el mitin de San Francisco. No queriendo ser reconocida, la joven se apartó de la ventanilla, muy alarmada por su descubrimiento. Sentía apego por aquel hombre que, por fríamente que fuese, le daba a diario pruebas de la más absoluta abnegación. No comprendía quizá la hondura del sentimiento que su protector le inspiraba, al que ella llamaba gratitud, pero que, sin que ella lo supiera, era en realidad algo más. Se le encogió el corazón al reconocer al hombre a quien Mr. Fogg deseaba, tarde o temprano, pedir cuentas por su conducta. Era evidente que solo el azar había traído al coronel Proctor a aquel tren; pero allí estaba, y era preciso, a toda costa, que Phileas Fogg no viera a su adversario.

Aouda aprovechó un momento en que Mr. Fogg dormía para contar a Fix y a Passepartout a quién había visto.

—¡Ese Proctor en este tren! —exclamó Fix—. Pues tranquilícese, señora; antes de ajustar cuentas con Mr. Fogg, ¡tendrá que vérselas conmigo! Me parece que de los dos fui yo el más insultado.

—Y además —añadió Passepartout—, yo me encargo de él, por muy coronel que sea.

—Mr. Fix —repuso Aouda—, Mr. Fogg no permitirá que nadie le vengue. Dijo que volvería a América para buscar a ese hombre. Si viera al coronel Proctor, no podríamos impedir un choque que podría tener terribles consecuencias. No debe verle.

—Tiene usted razón, señora —respondió Fix—; un encuentro entre ellos podría echarlo todo a perder. Vencedor o vencido, Mr. Fogg sufriría un retraso, y...

—Y eso —añadió Passepartout— le haría el juego a los caballeros del Reform Club. Dentro de cuatro días estaremos en Nueva York. Pues bien, si mi amo no sale de este vagón durante esos cuatro días, podemos esperar que el azar no le ponga frente a frente con ese condenado americano. Hemos de impedir, si es posible, que se mueva de aquí.

La conversación cesó. Mr. Fogg acababa de despertarse y miraba por la ventanilla. Poco después, Passepartout, sin que le oyeran su amo ni Aouda, susurró al detective: —¿De veras se batiría usted por él?

—Haría cualquier cosa —respondió Fix, en un tono que delataba una voluntad resuelta— ¡con tal de llevarle vivo a Europa!

Passepartout sintió algo así como un escalofrío que le recorría el cuerpo, pero su confianza en su amo permaneció intacta.

¿Había algún medio de retener a Mr. Fogg en el vagón para evitar un encuentro entre él y el coronel? No debía de ser tarea difícil, puesto que aquel caballero era por naturaleza sedentario y poco curioso. El detective, al menos, pareció haber dado con el medio, pues al cabo de unos instantes dijo a Mr. Fogg: —Largas y lentas son, señor, las horas que pasamos en el ferrocarril.

—Sí —respondió Mr. Fogg—, pero pasan.

—Usted tenía la costumbre de jugar al whist a bordo de los vapores —prosiguió Fix.

—Sí, pero aquí sería difícil. No tengo ni naipes ni compañeros.

—¡Oh!, los naipes podemos comprarlos fácilmente, pues se venden en todos los trenes americanos. Y en cuanto a compañeros, si la señora juega...

—Desde luego, señor —se apresuró a responder Aouda—; conozco el whist. Forma parte de la educación inglesa.

—Yo mismo tengo ciertas pretensiones de jugar bastante bien. Pues bien, aquí estamos tres, y con un muerto...

—Como gusten, señor —respondió Phileas Fogg, encantado de poder volver a su pasatiempo favorito, aun en el ferrocarril.

Enviaron a Passepartout en busca del camarero, y pronto volvió con dos barajas, unos alfileres, fichas y una tablilla cubierta de paño.

Empezó la partida. Aouda conocía el whist lo bastante bien, e incluso recibió de Mr. Fogg algunos cumplidos por su juego. En cuanto al detective, era sencillamente un maestro, digno de medirse con su actual adversario.

«Ahora —pensó Passepartout— ya le tenemos. No se moverá de aquí.»

A las once de la mañana el tren había alcanzado la divisoria de aguas en el paso de Bridger, a siete mil quinientos veinticuatro pies sobre el nivel del mar, uno de los puntos más altos que alcanza la vía al atravesar las Montañas Rocosas. Tras recorrer unas doscientas millas, los viajeros se encontraron por fin en una de esas vastas llanuras que se extienden hasta el Atlántico y que la naturaleza ha hecho tan propicias para tender el camino de hierro.

En la vertiente de la cuenca atlántica aparecían ya los primeros arroyos, afluentes del río North Platte. Todo el horizonte norte y este quedaba cerrado por la inmensa cortina semicircular que forma la parte meridional de las Montañas Rocosas, cuya cima más alta es el pico Laramie. Entre esta y el ferrocarril se extendían vastas llanuras, abundantemente regadas. A la derecha se alzaban las primeras estribaciones del macizo montañoso que se prolonga hacia el sur hasta las fuentes del río Arkansas, uno de los grandes afluentes del Misuri.

A las doce y media los viajeros divisaron por un instante el fuerte Halleck, que domina aquella comarca; y unas horas más tarde habían atravesado las Montañas Rocosas. Había, pues, motivos para esperar que ningún accidente señalaría el paso por aquella difícil región. Había dejado de nevar, y el aire se volvió seco y frío. Grandes aves, asustadas por la locomotora, levantaban el vuelo y se alejaban a lo lejos. Ninguna fiera aparecía en la llanura. Era un desierto en toda su vasta desnudez.

Tras un confortable almuerzo, servido en el mismo vagón, Mr. Fogg y sus compañeros acababan de reanudar el whist cuando se oyó un violento silbido y el tren se detuvo. Passepartout asomó la cabeza por la puerta, pero no vio nada que motivara la parada; no había ninguna estación a la vista.

Aouda y Fix temieron que a Mr. Fogg se le ocurriera bajar; pero aquel caballero se limitó a decir a su criado: —Vea usted qué ocurre.

Passepartout salió precipitadamente del vagón. Treinta o cuarenta viajeros se habían apeado ya, entre ellos el coronel Stamp Proctor.

El tren se había detenido ante una señal roja que cerraba el paso. El maquinista y el revisor hablaban acaloradamente con un guardavía a quien el jefe de la estación de Medicine Bow, la siguiente parada, había enviado por delante. Los viajeros se habían acercado y tomaban parte en la discusión, en la que destacaba el coronel Proctor con sus modales insolentes.

Passepartout, uniéndose al grupo, oyó decir al guardavía: —¡No! No pueden ustedes pasar. El puente de Medicine Bow está quebrantado y no soportaría el peso del tren.

Se trataba de un puente colgante tendido sobre unos rápidos, a una milla aproximadamente del lugar donde se encontraban. Según el guardavía, se hallaba en estado ruinoso, con varios de sus cables de hierro rotos, y era imposible arriesgarse a cruzarlo. No exageraba en modo alguno el estado del puente. Puede darse por sentado que, temerarios como suelen ser los americanos, cuando se muestran prudentes es que tienen sobrados motivos.

Passepartout, sin atreverse a comunicar a su amo lo que oía, escuchaba con los dientes apretados, inmóvil como una estatua.

—¡Hum! —exclamó el coronel Proctor—. Pero no vamos a quedarnos aquí, me imagino, echando raíces en la nieve.

—Coronel —respondió el revisor—, hemos telegrafiado a Omaha pidiendo un tren, pero no es probable que llegue a Medicine Bow antes de seis horas.

—¡Seis horas! —exclamó Passepartout.

—Sin duda —repuso el revisor—; además, ese es el tiempo que nos llevaría llegar a pie hasta Medicine Bow.

—Pero si está solo a una milla de aquí —dijo uno de los viajeros.

—Sí, pero al otro lado del río.

—¿Y no podemos cruzarlo en una barca? —preguntó el coronel.

—Imposible. El arroyo viene crecido por las lluvias. Es un torrente, y tendremos que dar un rodeo de diez millas hacia el norte para encontrar un vado.

El coronel soltó una andanada de juramentos contra la compañía del ferrocarril y contra el revisor; y Passepartout, que estaba furioso, no se sentía poco inclinado a hacer causa común con él. He aquí, en efecto, un obstáculo que todos los billetes de banco de su amo no podrían remover.

El desencanto fue general entre los viajeros, que, sin contar el retraso, se veían obligados a caminar quince millas por una llanura cubierta de nieve. Refunfuñaban y protestaban, y sin duda habrían atraído así la atención de Phileas Fogg si este no hubiera estado completamente absorto en su partida.

Passepartout comprendió que no podía dejar de contar a su amo lo ocurrido, y, cabizbajo, se dirigía ya hacia el vagón cuando el maquinista, un verdadero yanqui llamado Forster, gritó: —Señores, quizá haya, después de todo, un modo de pasar.

—¿Por el puente? —preguntó un viajero.

—Por el puente.

—¿Con nuestro tren?

—Con nuestro tren.

Passepartout se detuvo en seco y escuchó ávidamente al maquinista.

—Pero el puente no es seguro —insistió el revisor.

—No importa —respondió Forster—; creo que lanzando el tren a la máxima velocidad tendríamos alguna probabilidad de pasar.

—¡Diablos! —murmuró Passepartout.

Pero buen número de viajeros se sintieron enseguida atraídos por la propuesta del maquinista, y el coronel Proctor, en especial, quedó encantado y encontró el plan muy factible. Contó historias de maquinistas que habían hecho saltar sus trenes por encima de ríos sin puente, lanzándolos a todo vapor; y muchos de los presentes se declararon del parecer del maquinista.

—Tenemos cincuenta probabilidades sobre cien de pasar —dijo uno.

—¡Ochenta! ¡Noventa!

Passepartout estaba atónito y, aunque dispuesto a intentar cualquier cosa por cruzar el Medicine Creek, el experimento propuesto le parecía un poco demasiado americano. «Además —pensó—, hay un medio todavía más sencillo, ¡y a ninguna de estas gentes se le ocurre siquiera!» —Señor —dijo en voz alta a uno de los viajeros—, el plan del maquinista me parece un tanto peligroso, pero...

—¡Ochenta probabilidades! —respondió el viajero, volviéndole la espalda.

—Ya lo sé —dijo Passepartout, dirigiéndose a otro viajero—, pero una idea sencilla...

—Las ideas no sirven de nada —replicó el americano, encogiéndose de hombros—, puesto que el maquinista nos asegura que podemos pasar.

—Sin duda —insistió Passepartout—, podemos pasar, pero quizá sería más prudente...

—¡Cómo! ¡Prudente! —exclamó el coronel Proctor, a quien esta palabra pareció excitar prodigiosamente—. ¡A toda velocidad, ¿no lo entiende?, a toda velocidad!

—Ya sé..., ya entiendo —repetía Passepartout—, pero sería, si no más prudente, puesto que la palabra le disgusta, al menos más natural...

—¿Quién? ¿Qué? ¿Qué le pasa a este individuo? —gritaron varios.

El pobre muchacho no sabía a quién dirigirse.

—¿Tiene usted miedo? —le preguntó el coronel Proctor.

—¿Miedo yo? ¡Muy bien! ¡Voy a demostrar a esta gente que un francés puede ser tan americano como ellos!

—¡Al tren! —gritó el revisor.

—¡Sí, al tren! —repitió Passepartout, y enseguida—. ¡Pero no podrán impedirme pensar que sería más natural que cruzáramos el puente a pie y que el tren viniera después!

Pero nadie oyó esta sabia reflexión, ni nadie habría reconocido su acierto. Los viajeros volvieron a ocupar sus asientos en los vagones. Passepartout se sentó en el suyo sin contar lo ocurrido. Los jugadores de whist estaban enteramente absortos en su partida.

La locomotora silbó con fuerza; el maquinista, invirtiendo el vapor, hizo retroceder el tren cerca de una milla, retirándose, como un saltador, para tomar mayor impulso. Luego, con otro silbido, empezó a avanzar; el tren fue aumentando su velocidad, y pronto esta se hizo espantosa; un chirrido prolongado salía de la locomotora; los pistones subían y bajaban a razón de veinte golpes por segundo. Se notaba que el tren entero, lanzado a cien millas por hora, apenas se apoyaba en los raíles.

¡Y pasaron! Fue como un relámpago. Nadie vio el puente. El tren saltó, por así decirlo, de una orilla a la otra, y el maquinista no logró detenerlo hasta cinco millas más allá de la estación. Pero apenas había cruzado el tren el río cuando el puente, completamente arruinado, se desplomó con estrépito en los rápidos de Medicine Bow.