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En el cual Passepartout recibe, a una velocidad de veinte millas por hora, un curso de historia mormona

La vuelta al mundo en ochenta días · Jules Verne · traducido por Claude Opus

Durante la noche del 5 de diciembre, el tren corrió hacia el sudeste unas cincuenta millas; luego subió otro tanto en dirección nordeste, hacia el Gran Lago Salado.

Hacia las nueve, Passepartout salió a la plataforma a tomar el aire. Hacía frío, el cielo estaba gris, pero no nevaba. El disco del sol, agrandado por la bruma, parecía un enorme anillo de oro, y Passepartout se entretenía en calcular su valor en libras esterlinas, cuando le distrajo de tan interesante estudio un personaje de extraño aspecto que apareció en la plataforma.

Este personaje, que había tomado el tren en Elko, era alto y moreno, con bigote negro, medias negras, sombrero de copa de seda negro, chaleco negro, pantalones negros, corbata blanca y guantes de piel de perro. Se le habría podido tomar por un clérigo. Iba de un extremo a otro del tren, y fijaba en la puerta de cada vagón un aviso escrito a mano.

Passepartout se acercó y leyó uno de estos avisos, que anunciaba que el élder William Hitch, misionero mormón, aprovechando su presencia en el tren n.º 48, daría una conferencia sobre el mormonismo en el vagón n.º 117, de once a doce; e invitaba a asistir a todos los que desearan instruirse en los misterios de la religión de los «Santos de los Últimos Días».

«Iré», se dijo Passepartout. No sabía nada del mormonismo, salvo la costumbre de la poligamia, que es su fundamento.

Passepartout escucha desconcertado a un anciano mormón que predica en el tabernáculo de Salt Lake City.

La noticia se extendió rápidamente por el tren, que llevaba unos cien pasajeros, de los cuales treinta, a lo sumo, atraídos por el aviso, se instalaron en el vagón n.º 117. Passepartout ocupó uno de los asientos de delante. Ni Mr. Fogg ni Fix quisieron asistir.

A la hora fijada, el élder William Hitch se levantó y, con voz irritada, como si ya le hubieran contradicho, dijo: —Les digo que Joe Smith es un mártir, que su hermano Hiram es un mártir, y que las persecuciones del Gobierno de los Estados Unidos contra los profetas harán también un mártir de Brigham Young. ¿Quién se atreve a decir lo contrario?

Nadie se aventuró a contradecir al misionero, cuyo tono exaltado contrastaba curiosamente con su semblante naturalmente sereno. Sin duda su cólera provenía de las penalidades a que se veían sometidos realmente los mormones. El Gobierno acababa de conseguir, no sin dificultad, someter a su autoridad a aquellos fanáticos independientes. Se había adueñado de Utah y había sometido aquel territorio a las leyes de la Unión, tras encarcelar a Brigham Young acusado de rebelión y poligamia. Desde entonces, los discípulos del profeta habían redoblado sus esfuerzos y resistían, de palabra al menos, a la autoridad del Congreso. El élder Hitch, como se ve, intentaba hacer prosélitos hasta en los trenes.

Luego, subrayando sus palabras con su voz potente y sus frecuentes ademanes, contó la historia de los mormones desde los tiempos bíblicos: cómo, en Israel, un profeta mormón de la tribu de José publicó los anales de la nueva religión y los legó a su hijo Mormón; cómo, muchos siglos después, una traducción de este precioso libro, que estaba escrito en egipcio, fue realizada por Joseph Smith hijo, un granjero de Vermont, que se reveló como profeta místico en 1825; y cómo, en fin, el mensajero celestial se le apareció en un bosque iluminado y le entregó los anales del Señor.

Varios de los oyentes, poco interesados en el relato del misionero, abandonaron entonces el vagón; pero el élder Hitch, prosiguiendo su conferencia, contó cómo Smith hijo, con su padre, dos hermanos y unos cuantos discípulos, fundó la iglesia de los «Santos de los Últimos Días», que, adoptada no solo en América sino también en Inglaterra, Noruega, Suecia y Alemania, cuenta entre sus miembros a muchos artesanos, así como a hombres que ejercen profesiones liberales; cómo se estableció una colonia en Ohio, se erigió allí un templo con un coste de doscientos mil dólares y se construyó una ciudad en Kirkland; cómo Smith se convirtió en un emprendedor banquero y recibió de un simple exhibidor de momias un rollo de papiro escrito por Abraham y varios egipcios célebres.

La historia del élder se volvió algo fatigosa, y su auditorio fue menguando poco a poco, hasta quedar reducido a veinte pasajeros. Pero esto no desconcertó al entusiasta, que prosiguió con la historia de la quiebra de Joseph Smith en 1837, y de cómo sus acreedores arruinados le embadurnaron de alquitrán y le emplumaron; su reaparición algunos años después, más honorable y honrado que nunca, en Independence, Misuri, como jefe de una floreciente colonia de tres mil discípulos, y su persecución desde allí por gentiles indignados, y su retirada al Lejano Oeste.

Solo quedaban ya diez oyentes, entre ellos el honrado Passepartout, que escuchaba con todos sus oídos. Supo así que, tras largas persecuciones, Smith reapareció en Illinois y en 1839 fundó a orillas del Misisipi, en Nauvoo, una comunidad que llegó a contar veinticinco mil almas, de la que fue alcalde, juez supremo y general en jefe; que en 1843 se presentó como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, y que finalmente, atraído a una emboscada en Carthage, fue encarcelado y asesinado por una banda de hombres enmascarados.

Passepartout era ya la única persona que quedaba en el vagón, y el Anciano, mirándole fijamente a la cara, le recordó que, dos años después del asesinato de Joseph Smith, el profeta inspirado Brigham Young, su sucesor, abandonó Nauvoo y fue a establecerse a orillas del Gran Lago Salado, donde, en medio de aquella fértil comarca, justo en la ruta de los emigrantes que atravesaban Utah camino de California, la nueva colonia, gracias a la poligamia practicada por los mormones, había prosperado más allá de toda esperanza.

—¡Y he aquí —añadió el Anciano William Hitch—, he aquí por qué se han despertado contra nosotros los celos del Congreso! ¿Por qué han invadido los soldados de la Unión el suelo de Utah? ¿Por qué ha sido encarcelado Brigham Young, nuestro jefe, con desprecio de toda justicia? ¿Cederemos a la fuerza? ¡Jamás! Expulsados de Vermont, expulsados de Illinois, expulsados de Ohio, expulsados de Misuri, expulsados de Utah, aún hallaremos algún territorio independiente donde plantar nuestras tiendas. Y usted, hermano mío —prosiguió el Anciano, clavando sus ojos airados en su único oyente—, ¿no plantará también la suya allí, a la sombra de nuestra bandera?

—¡No! —respondió valerosamente Passepartout, abandonando a su vez el vagón y dejando al Anciano predicar en el vacío.

Durante la plática, el tren había avanzado a buena marcha, y hacia las doce y media alcanzó el extremo noroeste del Gran Lago Salado. Desde allí los viajeros pudieron contemplar la vasta extensión de aquel mar interior, al que también llaman mar Muerto y en el que desemboca un Jordán americano. Es una extensión pintoresca, enmarcada por altos peñascos de anchos estratos, incrustados de sal blanca; una soberbia lámina de agua que antaño ocupaba mayor espacio que hoy, pues sus orillas, con el correr del tiempo, han ido ganando terreno y han reducido así su anchura a la vez que aumentaban su profundidad.

El lago Salado, de setenta millas de largo y treinta y cinco de ancho, está situado a tres millas ochocientos pies sobre el nivel del mar. Muy distinto del lago Asfaltites, cuya depresión es de mil doscientos pies bajo el nivel del mar, contiene una considerable cantidad de sal, y una cuarta parte del peso de su agua es materia sólida; su peso específico es de 1.170, y, una vez destilada, de 1.000. Como es natural, los peces no pueden vivir en él, y los que bajan por el Jordán, el Weber y otros arroyos perecen al poco tiempo.

Los alrededores del lago estaban bien cultivados, pues los mormones son en su mayoría labradores; seis meses más tarde se habrían visto ranchos y corrales para los animales domésticos, campos de trigo, de maíz y de otros cereales, praderas exuberantes, setos de rosales silvestres, macizos de acacias y de lechetrezna. Ahora el suelo estaba cubierto por una fina capa de nieve.

El tren llegó a Ogden a las dos, y allí se detuvo seis horas; Mr. Fogg y sus acompañantes tuvieron tiempo de visitar Salt Lake City, unida a Ogden por un ramal, y pasaron dos horas en aquella ciudad tan característicamente americana, construida según el modelo de las demás ciudades de la Unión, como un tablero de damas, «con la sombría tristeza de los ángulos rectos», como dice Victor Hugo. El fundador de la Ciudad de los Santos no pudo sustraerse a ese gusto por la simetría que distingue a los anglosajones. En este extraño país, donde las gentes no están ciertamente a la altura de sus instituciones, todo se hace «en cuadro»: las ciudades, las casas y las tonterías.

Así pues, a las tres los viajeros paseaban por las calles de la ciudad, edificada entre las orillas del Jordán y las estribaciones de la cordillera de Wahsatch. Vieron pocas iglesias o ninguna, pero sí la mansión del profeta, el palacio de justicia y el arsenal, y casas de ladrillo azulado con galerías y porches, rodeadas de jardines bordeados de acacias, palmeras y algarrobos. Una muralla de arcilla y guijarros, levantada en 1853, rodeaba la ciudad; y en la calle principal se hallaban el mercado y varios hoteles adornados con pabellones. El lugar no parecía muy poblado. Las calles estaban casi desiertas, salvo en las inmediaciones del templo, al que no llegaron sino tras haber atravesado varios barrios cercados de empalizadas. Había muchas mujeres, lo cual se explicaba fácilmente por la «institución peculiar» de los mormones; pero no debe suponerse que todos los mormones sean polígamos. Son libres de casarse o no, según les plazca; pero conviene observar que son sobre todo las ciudadanas de Utah las que ansían casarse, ya que, según la religión mormona, las solteras no son admitidas a la posesión de sus más altas dichas. Aquellas pobres criaturas no parecían ni acomodadas ni felices. Algunas —las más pudientes, sin duda— vestían trajes cortos y abiertos de seda negra, bajo una capucha o un modesto chal; otras iban ataviadas a la manera india.

Passepartout no podía contemplar sin cierto espanto a aquellas mujeres encargadas, en grupo, de hacer la felicidad de un solo mormón. Su sentido común compadecía, sobre todo, al marido. Le parecía cosa terrible tener que guiar a tantas esposas a la vez a través de las vicisitudes de la vida y conducirlas, por así decirlo, en bloque al paraíso mormón, con la perspectiva de verlas allí por toda la eternidad en compañía del glorioso Smith, que sin duda era el principal ornato de aquel delicioso lugar. Decididamente, no se sentía llamado a semejante vocación, y se figuraba —quizá se equivocaba— que las beldades de Salt Lake City lanzaban sobre su persona miradas un tanto inquietantes. Por fortuna, su estancia allí fue breve. A las cuatro, el grupo se encontraba de nuevo en la estación, ocupó sus asientos en el tren y sonó el silbato de partida. Sin embargo, en el preciso momento en que las ruedas de la locomotora empezaban a girar, se oyeron gritos de «¡Alto! ¡Alto!».

Los trenes, como el tiempo y la marea, no se detienen por nadie. El caballero que profería aquellos gritos era, evidentemente, un mormón rezagado. Venía sin aliento de tanto correr. Afortunadamente para él, la estación no tenía ni puertas ni barreras. Se lanzó por la vía, saltó a la plataforma trasera del tren y cayó, extenuado, en uno de los asientos.

Passepartout, que había seguido con ansiedad los ejercicios de aquel gimnasta aficionado, se acercó a él con vivo interés y supo que había emprendido la fuga tras una desagradable escena doméstica.

Cuando el mormón hubo recobrado el aliento, Passepartout se aventuró a preguntarle cortésmente cuántas esposas tenía, pues, por la manera en que había puesto pies en polvorosa, cabía pensar que tenía por lo menos veinte.

—Una, señor —respondió el mormón, alzando los brazos al cielo—, ¡una, y ya era bastante!