A la mañana siguiente, el pobre Passepartout, agotado y hambriento, se dijo que tenía que conseguir algo de comer a toda costa, y cuanto antes mejor. Podía, ciertamente, vender su reloj; pero antes se habría muerto de hambre. Ahora o nunca debía servirse de la voz potente, ya que no melodiosa, con que la naturaleza le había dotado. Sabía varias canciones francesas e inglesas, y resolvió probarlas con los japoneses, que debían de ser amantes de la música, puesto que no paraban de golpear sus címbalos, tantanes y tamboriles, y no podían dejar de apreciar el talento europeo.
Era, quizá, un poco temprano para organizar un concierto, y el público, despertado antes de tiempo, tal vez no pagaría a su artista con monedas que llevaran la efigie del Mikado. Passepartout decidió, pues, esperar varias horas; y, mientras caminaba despacio, se le ocurrió que parecería demasiado bien vestido para un artista ambulante. Le vino la idea de cambiar sus ropas por otras más en armonía con su proyecto; con lo cual podría además obtener algo de dinero para satisfacer las necesidades inmediatas de su estómago. Tomada la resolución, quedaba ponerla en práctica.
Solo tras una larga búsqueda descubrió Passepartout a un ropavejero indígena, a quien propuso un cambio. Al hombre le gustó el traje europeo, y al poco rato Passepartout salía de su tienda ataviado con un viejo ropón japonés y una especie de turbante ladeado, descolorido por el largo uso. Además, unas cuantas piezas pequeñas de plata tintineaban en su bolsillo.
«¡Bueno! —pensó—. ¡Me imaginaré que estoy en Carnaval!»
Su primer cuidado, una vez así «japonizado», fue entrar en una casa de té de modesta apariencia y, con medio pájaro y un poco de arroz, desayunar como un hombre para quien la comida era todavía un problema por resolver.
«Ahora —pensó, después de haber comido a gusto—, no debo perder la cabeza. No puedo volver a vender este traje por otro todavía más japonés. Tengo que pensar en cómo salir cuanto antes de este país del Sol, del que no guardaré el más grato de los recuerdos.»
Se le ocurrió visitar los vapores que estaban a punto de salir para América. Se ofrecería como cocinero o criado, a cambio del pasaje y la comida. Una vez en San Francisco, ya encontraría algún medio de seguir adelante. La dificultad estaba en cómo atravesar las cuatro mil setecientas millas de Pacífico que se extendían entre el Japón y el Nuevo Mundo.
Passepartout no era hombre que dejara escapar una idea, y dirigió sus pasos hacia los muelles. Pero, a medida que se acercaba, su proyecto, que al principio le había parecido tan sencillo, empezó a antojársele cada vez más formidable. ¿Qué necesidad tendrían de un cocinero o un criado en un vapor americano, y qué confianza iban a depositar en él, vestido como iba? ¿Qué referencias podía dar?
Mientras reflexionaba de este modo, sus ojos se posaron en un inmenso cartel que una especie de payaso paseaba por las calles. Este cartel, que estaba en inglés, decía lo siguiente:
COMPAÑÍA JAPONESA DE ACRÓBATAS, DEL HONORABLE WILLIAM BATULCAR, PROPIETARIO. ÚLTIMAS REPRESENTACIONES, ANTES DE SU PARTIDA PARA LOS ESTADOS UNIDOS, DE LAS NARICES LARGAS. ¡NARICES LARGAS! ¡BAJO EL PATROCINIO DIRECTO DEL DIOS TINGU! ¡GRAN ATRACCIÓN!
—¡Los Estados Unidos! —exclamó Passepartout—; ¡eso es justamente lo que necesito!
Siguió al payaso, y pronto se encontró de nuevo en el barrio japonés. Un cuarto de hora más tarde se detuvo ante una gran barraca, adornada con varios manojos de gallardetes, cuyas paredes exteriores representaban, en colores chillones y sin perspectiva, a una compañía de malabaristas.
Era el establecimiento del honorable William Batulcar. Este caballero era una especie de Barnum, director de una compañía de saltimbanquis, malabaristas, payasos, acróbatas, equilibristas y gimnastas, que, según el cartel, daba sus últimas funciones antes de abandonar el Imperio del Sol por los Estados de la Unión.
Passepartout entró y preguntó por Mr. Batulcar, que se presentó al punto en persona.
—¿Qué desea? —le dijo a Passepartout, a quien al principio tomó por un indígena.
—¿Necesita usted un criado, señor? —preguntó Passepartout.
—¡Un criado! —exclamó Mr. Batulcar, acariciando la espesa barba gris que le colgaba del mentón—. Ya tengo dos, obedientes y fieles, que nunca me han abandonado y que me sirven a cambio de su sustento, y aquí los tiene —añadió, mostrando sus dos robustos brazos, surcados de venas tan gruesas como las cuerdas de un contrabajo.
—¿Así que no puedo serle de ninguna utilidad?
—De ninguna.
—¡Diablos! ¡Me gustaría tanto cruzar el Pacífico con usted!
—¡Ah! —dijo el honorable Mr. Batulcar—. ¡Usted es tan japonés como yo mono! ¿Quién es usted, vestido de esa manera?
—Uno se viste como puede.
—Es verdad. Usted es francés, ¿no es así?
—Sí; parisiense de París.
—¿Entonces sabrá usted hacer muecas?
—Hombre —respondió Passepartout, algo molesto de que su nacionalidad diera pie a semejante pregunta—, los franceses sabemos hacer muecas, es cierto, pero no mejor que los americanos.
—Cierto. Pues bien, si no puedo tomarle como criado, puedo tomarle como payaso. Verá usted, amigo mío: en Francia se exhiben payasos extranjeros, y en el extranjero, payasos franceses.
—¡Ah!
—Es usted bastante fuerte, ¿eh?
—Sobre todo después de una buena comida.
—¿Y sabe cantar?
—Sí —respondió Passepartout, que en otros tiempos solía cantar por las calles.
—Pero ¿sabe usted cantar cabeza abajo, con un trompo girando en el pie izquierdo y un sable en equilibrio en el derecho?
—¡Hum! Creo que sí —respondió Passepartout, recordando los ejercicios de su juventud.
—Pues bien, con eso basta —dijo el honorable William Batulcar.
El contrato se cerró allí mismo.
Passepartout había encontrado por fin algo que hacer. Quedaba contratado para actuar en la célebre compañía japonesa. No era una posición muy digna, pero antes de una semana estaría camino de San Francisco.
La función, anunciada con tanto estrépito por el honorable Mr. Batulcar, debía comenzar a las tres, y pronto los ensordecedores instrumentos de una orquesta japonesa resonaron a la puerta. Passepartout, aunque no había podido estudiar ni ensayar ningún papel, fue designado para prestar el apoyo de sus robustos hombros en el gran número de la «pirámide humana», ejecutado por las Narices Largas del dios Tingu. Esta «gran atracción» debía cerrar la función.
Antes de las tres, el gran cobertizo fue invadido por los espectadores, europeos e indígenas, chinos y japoneses, hombres, mujeres y niños, que se precipitaron sobre los estrechos bancos y en los palcos situados frente al escenario. Los músicos se instalaron dentro y tocaban vigorosamente sus gongs, tantanes, flautas, castañuelas de hueso, tamboriles y enormes tambores.
La función se parecía mucho a todas las exhibiciones acrobáticas; pero hay que confesar que los japoneses son los primeros equilibristas del mundo.
Uno, con un abanico y unos trocitos de papel, ejecutaba el gracioso juego de las mariposas y las flores; otro trazaba en el aire, con el humo oloroso de su pipa, una serie de palabras azules que componían un cumplido dirigido al público; mientras un tercero hacía juegos malabares con unas velas encendidas, que apagaba sucesivamente al pasar ante sus labios y volvía a encender sin interrumpir un instante sus malabarismos. Otro reproducía las combinaciones más singulares con un trompo; en sus manos, los trompos parecían animados de vida propia en su interminable girar; corrían por cañones de pipa, por filos de sables, por alambres y hasta por cabellos tendidos de un lado a otro del escenario; giraban sobre los bordes de grandes vasos, subían por escalas de bambú, se dispersaban por todos los rincones y producían extraños efectos musicales al combinar sus diversos tonos. Los malabaristas los lanzaban al aire, los despedían como volantes con raquetas de madera, y ellos seguían girando; se los metían en los bolsillos y los sacaban dando vueltas como antes.
Es inútil describir los asombrosos ejercicios de los acróbatas y gimnastas. Los volteos sobre escaleras, pértigas, bolas, toneles, etc., se ejecutaban con maravillosa precisión.
Pero la atracción principal era la exhibición de las Narices Largas, espectáculo que Europa todavía desconoce.
Las Narices Largas forman una compañía peculiar, bajo el patrocinio directo del dios Tingu. Vestidos a la manera de la Edad Media, llevaban sobre los hombros un espléndido par de alas; pero lo que los distinguía especialmente eran las largas narices que llevaban sujetas a la cara, y el uso que hacían de ellas. Aquellas narices eran de bambú y medían cinco, seis y hasta diez pies de largo; unas rectas, otras curvas, unas adornadas con cintas y otras con verrugas de imitación. Sobre estos apéndices, bien sujetos a sus narices verdaderas, ejecutaban sus ejercicios gimnásticos. Una docena de estos sectarios de Tingu se tendían de espaldas, mientras otros, vestidos a modo de pararrayos, venían a retozar sobre sus narices, saltando de una a otra y ejecutando los brincos y volteretas más hábiles.
Como escena final se había anunciado una «pirámide humana», en la que cincuenta Narices Largas debían representar el Carro de Jagannath. Pero, en lugar de formar una pirámide subiéndose unos sobre los hombros de otros, los artistas debían agruparse sobre las narices. Ocurría que el artista que hasta entonces había formado la base del Carro había dejado la compañía, y como para desempeñar este papel solo se necesitaban fuerza y destreza, Passepartout había sido elegido para ocupar su lugar.
El pobre muchacho se sintió verdaderamente triste cuando —¡melancólico recuerdo de su juventud!— se puso su traje, adornado con alas multicolores, y se sujetó a su apéndice natural una nariz postiza de seis pies de largo. Pero se animó al pensar que aquella nariz le estaba ganando algo que comer.
Salió al escenario y ocupó su sitio junto a los demás que debían componer la base del Carro de Jagannath. Todos se tendieron en el suelo, con las narices apuntando al techo. Un segundo grupo de artistas se colocó sobre aquellos largos apéndices, luego un tercero encima de estos, luego un cuarto, hasta que pronto se alzó sobre las narices un monumento humano que llegaba hasta las mismas cornisas del teatro. Aquello provocó grandes aplausos, en medio de los cuales la orquesta atacaba precisamente una pieza ensordecedora, cuando la pirámide vaciló, se rompió el equilibrio, una de las narices de abajo desapareció de la pirámide, ¡y el monumento humano se vino abajo como un castillo de naipes!
La culpa era de Passepartout. Abandonando su puesto, saltando por encima de las candilejas sin ayuda de sus alas y trepando a la galería de la derecha, había caído a los pies de uno de los espectadores, gritando: —¡Ah, mi amo! ¡Mi amo!
—¿Usted aquí?
—Yo mismo.
—Muy bien; ¡entonces vamos al vapor, muchacho!
Mr. Fogg, la señora Aouda y Passepartout atravesaron el vestíbulo del teatro hasta la calle, donde se encontraron con el honorable Mr. Batulcar, ciego de ira. Reclamaba daños y perjuicios por la «rotura» de la pirámide; y Phileas Fogg lo apaciguó dándole un puñado de billetes de banco.
A las seis y media, la hora misma de la partida, Mr. Fogg y la señora Aouda, seguidos de Passepartout, que con las prisas había conservado las alas y la nariz de seis pies de largo, subieron a bordo del vapor americano.