Al día siguiente, 12 de febrero, al despuntar el día, el Nautilus subió a la superficie. Me apresuré a salir a la plataforma. A tres millas al sur se distinguía la borrosa silueta de Pelusio. Un torrente nos había llevado de un mar a otro. Hacia las siete se me unieron Ned y Conseil.
—Y bien, señor naturalista —dijo el canadiense en un tono algo jovial—, ¿y el Mediterráneo?
—Flotamos en su superficie, amigo Ned.
—¡Cómo! —dijo Conseil—. ¿Esta misma noche?
—Sí, esta misma noche; en unos minutos hemos franqueado ese istmo infranqueable.
—No lo creo —replicó el canadiense.
—Pues se equivoca usted, maese Land —proseguí—; esa costa baja que se redondea hacia el sur es la costa egipcia. Y usted, que tiene tan buena vista, Ned, puede ver la escollera de Port Said adentrándose en el mar.
El canadiense miró con atención.
—Ciertamente tiene usted razón, señor, y su capitán es un hombre de primera. Estamos en el Mediterráneo. ¡Bien! Ahora, si le parece, hablemos de nuestro pequeño asunto, pero de modo que nadie nos oiga.
Comprendí adónde quería llegar el canadiense y, en todo caso, pensé que era mejor dejarle hablar, puesto que así lo deseaba; de modo que fuimos los tres a sentarnos cerca del fanal, donde estábamos menos expuestos a las salpicaduras de las palas.
—Ahora, Ned, te escuchamos; ¿qué tienes que decirnos?
—Lo que tengo que decirles es muy sencillo. Estamos en Europa; y antes de que los caprichos del capitán Nemo nos arrastren otra vez al fondo de los mares polares o nos lleven a Oceanía, pido que dejemos el Nautilus.
No deseaba en modo alguno coartar la libertad de mis compañeros, pero ciertamente no sentía deseo alguno de abandonar al capitán Nemo.
Gracias a él, y gracias a sus aparatos, cada día me acercaba más a la culminación de mis estudios submarinos, y estaba reescribiendo mi libro sobre las profundidades submarinas en su mismo elemento. ¿Volvería a tener jamás semejante ocasión de observar las maravillas del océano? ¡No, ciertamente no! Y no podía hacerme a la idea de abandonar el Nautilus antes de haber completado el ciclo de mis investigaciones.
—Amigo Ned, contésteme con franqueza: ¿está usted cansado de estar a bordo? ¿Lamenta que el destino nos haya arrojado en manos del capitán Nemo?
El canadiense permaneció unos instantes sin responder. Luego, cruzándose de brazos, dijo:
—Francamente, no lamento este viaje bajo los mares. Me alegraré de haberlo hecho; pero, ahora que está hecho, terminemos de una vez. Esa es mi idea.
—Terminará, Ned.
—¿Dónde y cuándo?
—Dónde, no lo sé; cuándo, no puedo decirlo; o, mejor dicho, supongo que terminará cuando estos mares no tengan nada más que enseñarnos.
—Entonces, ¿qué es lo que espera usted? —preguntó el canadiense.
—Que se presenten circunstancias, lo mismo dentro de seis meses que ahora, que podamos y debamos aprovechar.
—¡Oh! —dijo Ned Land—. ¿Y dónde estaremos dentro de seis meses, si me hace el favor, señor naturalista?
—Quizá en China; ya sabe usted que el Nautilus es un viajero rápido. Atraviesa el agua como las golondrinas el aire, o como un expreso la tierra. No teme los mares frecuentados; ¿quién puede decir que no llegue a batir las costas de Francia, de Inglaterra o de América, donde una fuga podría intentarse tan ventajosamente como aquí?
—Señor Aronnax —replicó el canadiense—, sus argumentos flaquean por la base. Usted habla en futuro: «¡Estaremos allí! ¡Estaremos aquí!». Yo hablo en presente: «Estamos aquí, y hay que aprovecharlo».
La lógica de Ned Land me apretaba de cerca, y me sentí vencido en ese terreno. No sabía ya qué argumento podría hacer valer en mi favor.
—Señor —prosiguió Ned—, supongamos un imposible: si el capitán Nemo le ofreciera hoy mismo la libertad, ¿la aceptaría usted?
—No lo sé —respondí.
—¿Y si —añadió— el ofrecimiento que hoy se le hiciera no hubiera de repetirse nunca, lo aceptaría?
—Amigo Ned, he aquí mi respuesta. Su razonamiento me pone contra las cuerdas. No debemos contar con la buena voluntad del capitán Nemo. La más elemental prudencia le prohíbe ponernos en libertad. Por otra parte, la prudencia nos ordena aprovechar la primera ocasión para abandonar el Nautilus.
—Bien, señor Aronnax, eso es hablar con sensatez.
—Solo una observación, una sola. La ocasión ha de ser seria, y nuestro primer intento ha de tener éxito; si fracasa, no encontraremos nunca otra, y el capitán Nemo no nos lo perdonará jamás.
—Todo eso es cierto —replicó el canadiense—. Pero su observación se aplica por igual a todo intento de fuga, ya sea dentro de dos años o dentro de dos días. La cuestión sigue siendo esta: si se presenta una ocasión favorable, hay que aprovecharla.
—¡De acuerdo! Y ahora, Ned, ¿quiere decirme qué entiende usted por una ocasión favorable?
—La que, en una noche oscura, lleve al Nautilus a poca distancia de alguna costa europea.
—¿Y tratará usted de salvarse a nado?
—Sí, si estuviéramos lo bastante cerca de la orilla y el barco flotara en ese momento. No, si la orilla estuviera lejos y el barco navegara bajo el agua.
—¿Y en ese caso?
—En ese caso, trataría de apoderarme de la chalupa. Sé cómo se maneja. Nos meteríamos dentro y, una vez quitados los pernos, subiríamos a la superficie del agua sin que siquiera el timonel, que está en la proa, advirtiese nuestra fuga.
—Bien, Ned, aceche usted la ocasión; pero no olvide que un tropiezo nos perdería.
—No lo olvidaré, señor.
—Y ahora, Ned, ¿quiere saber lo que pienso de su proyecto?
—Desde luego, señor Aronnax.
—Pues bien, pienso, no digo que lo espere, pienso que esa ocasión favorable no se presentará nunca.
—¿Por qué no?
—Porque el capitán Nemo no puede ocultarse que no hemos renunciado a toda esperanza de recobrar nuestra libertad, y estará en guardia, sobre todo en estos mares y a la vista de las costas europeas.
—Ya veremos —respondió Ned Land, sacudiendo la cabeza con aire resuelto.
—Y ahora, Ned Land —añadí—, quedémonos aquí. Ni una palabra más sobre el asunto. El día en que esté usted dispuesto, venga a avisarnos y le seguiremos. Me fío por entero de usted.
Así terminó una conversación que, en un tiempo no muy lejano, había de acarrear tan graves consecuencias. Debo decir aquí que los hechos parecieron confirmar mis previsiones, con gran desesperación del canadiense. ¿Desconfiaba de nosotros el capitán Nemo en aquellos mares tan frecuentados? ¿o quería tan solo ocultarse a los numerosos buques de todas las naciones que surcaban el Mediterráneo? No podría decirlo; pero navegábamos con más frecuencia entre dos aguas y lejos de la costa. O bien, si el Nautilus emergía, no asomaba más que la garita del timonel; y a veces descendía a grandes profundidades, pues entre el archipiélago griego y el Asia Menor no encontrábamos fondo a menos de mil brazas.
Así, solo supe que estábamos cerca de la isla de Cárpatos, una de las Espórades, porque el capitán Nemo recitó estos versos de Virgilio:
«Est Carpathio Neptuni gurgite vates, Caeruleus Proteus»,
mientras señalaba un punto en el planisferio.
Era, en efecto, la antigua morada de Proteo, el viejo pastor de los rebaños de Neptuno, hoy la isla de Escarpanto, situada entre Rodas y Creta. No vi a través de los cristales del salón más que su base de granito.
Al día siguiente, 14 de febrero, resolví emplear algunas horas en estudiar los peces del archipiélago; pero, por una razón u otra, los paneles permanecieron herméticamente cerrados. Al tomar el rumbo del Nautilus, advertí que nos dirigíamos hacia Candía, la antigua isla de Creta. Cuando me embarqué en el Abraham Lincoln, toda la isla acababa de alzarse en insurrección contra el despotismo de los turcos. Pero ignoraba por completo qué había sido de los insurrectos desde entonces, y no era el capitán Nemo, privado de toda comunicación con tierra, quien podía decírmelo.
No hice alusión alguna a aquel acontecimiento cuando, aquella noche, me encontré a solas con él en el salón. Además, parecía taciturno y preocupado. Luego, contra su costumbre, mandó abrir los dos paneles y, yendo del uno al otro, observó atentamente la masa de las aguas. ¿Con qué fin? No podía adivinarlo; así que, por mi parte, empleé el tiempo en estudiar los peces que pasaban ante mis ojos.
En medio de las aguas apareció un hombre, un buzo, que llevaba a la cintura una bolsa de cuero. No era un cuerpo abandonado a las olas; era un hombre vivo, que nadaba con mano vigorosa y desaparecía de vez en cuando para ir a respirar a la superficie.
Me volví hacia el capitán Nemo y exclamé con voz agitada:
—¡Un náufrago! ¡Hay que salvarlo a toda costa!
El capitán no me respondió, sino que vino a apoyarse en el cristal.
El hombre se había acercado y, con la cara pegada al cristal, nos miraba.

Para mi gran asombro, el capitán Nemo le hizo una seña. El buzo respondió con la mano, subió inmediatamente a la superficie del agua y no volvió a aparecer.
—No se inquiete usted —dijo el capitán Nemo—. Es Nicolás, del cabo Matapán, apodado el Pez. Es muy conocido en todas las Cícladas. ¡Un buzo audaz! El agua es su elemento, y vive más en ella que en tierra, yendo sin cesar de una isla a otra, hasta Creta incluso.
—¿Lo conoce usted, capitán?
—¿Por qué no, señor Aronnax?
Dicho esto, el capitán Nemo se dirigió hacia un mueble situado cerca del panel izquierdo del salón. Junto a aquel mueble vi un cofre con flejes de hierro, en cuya tapa había una placa de cobre que llevaba la cifra del Nautilus con su divisa.
En aquel momento, el capitán, sin reparar en mi presencia, abrió el mueble, una especie de caja fuerte que contenía gran cantidad de lingotes.
Eran lingotes de oro. ¿De dónde procedía aquel precioso metal, que representaba una suma enorme? ¿Dónde recogía el capitán aquel oro? ¿y qué iba a hacer con él?
No dije una sola palabra. Miré. El capitán Nemo tomó los lingotes uno a uno y los fue colocando metódicamente en el cofre, que llenó por completo. Calculé su contenido en más de 4.000 libras de oro, es decir, cerca de 200.000 libras esterlinas.
El cofre quedó sólidamente cerrado, y el capitán escribió en la tapa unas señas en caracteres que debían de pertenecer al griego moderno.
Hecho esto, el capitán Nemo oprimió un botón cuyo hilo comunicaba con el alojamiento de la tripulación. Aparecieron cuatro hombres y, no sin algún trabajo, sacaron el cofre del salón. Luego los oí izarlo por la escalera de hierro por medio de poleas.
En aquel momento, el capitán Nemo se volvió hacia mí.
—¿Decía usted, señor? —me preguntó.
—No decía nada, capitán.
—Entonces, señor, si me lo permite, le daré las buenas noches.
Y dicho esto, dio media vuelta y salió del salón.
Volví a mi camarote muy turbado, como puede suponerse. En vano intenté dormir: buscaba el nexo entre la aparición del buzo y el cofre lleno de oro. Pronto sentí, por ciertos movimientos de cabeceo y balanceo, que el Nautilus abandonaba las profundidades y volvía a la superficie.
Luego oí pasos sobre la plataforma, y comprendí que estaban soltando el bote y lo echaban a las olas. Por un instante chocó contra el costado del Nautilus; después cesó todo ruido.
Dos horas más tarde se renovaron el mismo ruido y las mismas idas y venidas; el bote fue izado a bordo y colocado de nuevo en su alvéolo, y el Nautilus volvió a sumergirse bajo las olas.
Así pues, aquellos millones habían sido transportados a su destino. ¿A qué punto del continente? ¿Quién era el corresponsal del capitán Nemo?
Al día siguiente referí a Conseil y al canadiense los sucesos de la noche, que habían excitado mi curiosidad en el más alto grado. Mis compañeros no quedaron menos sorprendidos que yo.
—Pero ¿adónde lleva sus millones? —preguntó Ned Land.
A eso no había respuesta posible. Después del desayuno volví al salón y me puse a trabajar. Hasta las cinco de la tarde estuve ocupado en ordenar mis notas. En aquel momento —¿debía atribuirlo a alguna idiosincrasia particular?— sentí un calor tan grande que me vi obligado a quitarme la levita. Era extraño, pues no nos hallábamos en latitudes bajas; y aun así, el Nautilus, sumergido como estaba, no debía experimentar cambio alguno de temperatura. Miré el manómetro; marcaba una profundidad de sesenta pies, adonde el calor atmosférico no podía llegar jamás.
Continué mi trabajo, pero la temperatura subió hasta el punto de hacerse intolerable.
«¿Habrá fuego a bordo?», me pregunté.
Salía yo del salón cuando entró el capitán Nemo; se acercó al termómetro, lo consultó y, volviéndose hacia mí, dijo:
—Cuarenta y dos grados.
—Ya lo he notado, capitán —respondí—; y si el calor aumenta mucho más, no podremos soportarlo.
—¡Oh, señor! El calor no aumentará si nosotros no lo deseamos.
—¿Puede usted, pues, reducirlo a su gusto?
—No, pero puedo alejarme del foco que lo produce.
—¡Es exterior, entonces!
—Sin duda; flotamos en una corriente de agua hirviente.
—¿Es posible? —exclamé.
—Mire usted.
Se abrieron los paneles y vi el mar enteramente blanco a nuestro alrededor. Un humo sulfuroso se enroscaba entre las olas, que hervían como el agua en una caldera. Apoyé la mano en uno de los cristales, pero el calor era tan grande que la retiré enseguida.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—Cerca de la isla de Santorín, señor —respondió el capitán—. He querido ofrecerle el curioso espectáculo de una erupción submarina.
—Creía —dije yo— que la formación de estas nuevas islas había terminado.
—Nada termina nunca en las regiones volcánicas del mar —respondió el capitán Nemo—, y el globo está siempre trabajado por los fuegos subterráneos. Ya en el año diecinueve de nuestra era, según Casiodoro y Plinio, una isla nueva, Teia la divina, apareció en el mismo lugar donde se han formado recientemente estos islotes. Luego se hundieron bajo las olas, para volver a surgir en el año 69, y de nuevo se sumergieron. Desde entonces hasta nuestros días, la obra plutónica quedó en suspenso. Pero el 3 de febrero de 1866, una isla nueva, a la que llamaron isla de Jorge, emergió en medio de los vapores sulfurosos cerca de Nea Kamenni, y se asentó el 6 del mismo mes. Siete días después, el 13 de febrero, apareció la isla de Afroessa, dejando entre ella y Nea Kamenni un canal de diez yardas de ancho. Yo me hallaba en estos mares cuando se produjo el fenómeno, y pude, por tanto, observar todas sus fases. La isla de Afroessa, de forma redonda, medía 300 pies de diámetro y 30 pies de altura. Estaba compuesta de lava negra y vítrea, mezclada con fragmentos de feldespato. Y últimamente, el 10 de marzo, una isla más pequeña, llamada Reka, se mostró cerca de Nea Kamenni, y desde entonces las tres se han soldado, formando una sola y misma isla.
—¿Y el canal en el que nos hallamos en este momento? —pregunté.
—Aquí está —respondió el capitán Nemo, mostrándome un mapa del archipiélago—. Ya ve usted que he señalado las nuevas islas.
Volví al cristal. El Nautilus ya no avanzaba; el calor se volvía insoportable. El mar, hasta entonces blanco, era ahora rojo, debido a la presencia de sales de hierro. A pesar de que la nave estaba herméticamente cerrada, un olor insoportable a azufre llenaba el salón, y el brillo de la electricidad quedaba enteramente apagado por unas llamaradas de un escarlata vivo. Estaba en un baño, me ahogaba, me asaba.
—No podemos permanecer más tiempo en esta agua hirviente —dije al capitán.
—No sería prudente —respondió el impasible capitán Nemo.
Se dio una orden; el Nautilus viró de bordo y se alejó de aquella hoguera que no podía desafiar impunemente. Un cuarto de hora después respirábamos aire puro en la superficie. Se me ocurrió entonces que, si Ned Land hubiera elegido aquellos parajes para nuestra fuga, jamás habríamos salido vivos de aquel mar de fuego.
Al día siguiente, 16 de febrero, dejamos la cuenca que, entre Rodas y Alejandría, alcanza unas 1.500 brazas de profundidad, y el Nautilus, pasando a cierta distancia de Cerigo, abandonó el archipiélago griego tras haber doblado el cabo Matapán.