En el transcurso del día 29 de enero, la isla de Ceilán desapareció bajo el horizonte, y el Nautilus, a una velocidad de veinte millas por hora, se deslizó por el laberinto de canales que separan las Maldivas de las Laquedivas. Costeó incluso la isla de Kiltan, tierra de origen coralino, descubierta por Vasco da Gama en 1499 y una de las diecinueve islas principales del archipiélago de las Laquedivas, situado entre los 10° y los 14° 30′ de latitud norte y los 69° 50′ 72″ de longitud este.
Habíamos recorrido 16.220 millas, o 7.500 leguas (francesas), desde nuestro punto de partida en los mares del Japón.
Al día siguiente (30 de enero), cuando el Nautilus subió a la superficie del océano, no había tierra a la vista. Su rumbo era nornordeste, en dirección al mar de Omán, entre Arabia y la península índica, que sirve de salida al golfo Pérsico. Era evidentemente un callejón sin salida posible. ¿Adónde nos llevaba el capitán Nemo? No habría sabido decirlo. Esto, sin embargo, no satisfizo al canadiense, que aquel día vino a preguntarme adónde íbamos.
—Vamos adonde nos lleva el capricho de nuestro capitán, maese Ned.
—Entonces su capricho no podrá llevarnos muy lejos —dijo el canadiense—. El golfo Pérsico no tiene salida, y si entramos en él, no tardaremos en salir de nuevo.
—Pues bien, saldremos de nuevo, maese Land; y si, después del golfo Pérsico, al Nautilus se le antoja visitar el mar Rojo, ahí está el estrecho de Bab-el-Mandeb para darnos entrada.
—No necesito decirle, señor —dijo Ned Land—, que el mar Rojo está tan cerrado como el golfo, puesto que el istmo de Suez no está cortado todavía; y, aunque lo estuviera, un barco tan misterioso como el nuestro no se arriesgaría en un canal cortado por esclusas. Y además, el mar Rojo no es el camino que ha de llevarnos de vuelta a Europa.
—Pero yo no he dicho nunca que volviéramos a Europa.
—¿Qué supone usted, entonces?
—Supongo que, después de visitar las curiosas costas de Arabia y de Egipto, el Nautilus volverá a descender por el océano Índico, quizá atravesando el canal de Mozambique, quizá a la altura de las Mascareñas, para ganar el cabo de Buena Esperanza.
—¿Y una vez en el cabo de Buena Esperanza? —preguntó el canadiense con un énfasis particular.
—Pues bien, penetraremos en ese Atlántico que aún no conocemos. ¡Ah, amigo Ned, se está usted cansando de este viaje bajo el mar; está usted harto del espectáculo, incesantemente variado, de las maravillas submarinas! Por mi parte, sentiré ver el final de un viaje que tan pocos hombres tienen la fortuna de realizar.
Durante cuatro días, hasta el 3 de febrero, el Nautilus recorrió el mar de Omán, a diversas velocidades y a diversas profundidades. Parecía marchar al azar, como si dudara sobre qué camino seguir, pero nunca rebasamos el trópico de Cáncer.
Al abandonar aquel mar avistamos por un instante Mascate, una de las ciudades más importantes del país de Omán. Admiré su extraño aspecto, rodeada de rocas negras sobre las que se destacaban sus casas blancas y sus fuertes. Vi las cúpulas redondeadas de sus mezquitas, las elegantes puntas de sus minaretes, sus terrazas frescas y verdeantes. ¡Pero no fue más que una visión! El Nautilus se hundió pronto bajo las olas de aquella parte del mar.
Costeamos el litoral árabe de Mahrah y de Hadramaut, a una distancia de seis millas, y su línea ondulada de montañas se veía de cuando en cuando realzada por alguna ruina antigua. El 5 de febrero entramos por fin en el golfo de Adén, verdadero embudo introducido en el cuello de Bab-el-Mandeb, por el que las aguas índicas penetraban en el mar Rojo.
El 6 de febrero, el Nautilus flotaba a la vista de Adén, encaramada sobre un promontorio que un estrecho istmo une al continente, una especie de Gibraltar inaccesible, cuyas fortificaciones fueron reconstruidas por los ingleses después de tomar posesión de ella en 1839. Entreví los minaretes octogonales de aquella ciudad, que fue en otro tiempo el almacén comercial más rico de la costa.
Yo creía con toda certeza que el capitán Nemo, llegado a este punto, daría marcha atrás; pero me equivocaba, pues no hizo nada semejante, con gran sorpresa por mi parte.
Al día siguiente, 7 de febrero, embocamos el estrecho de Bab-el-Mandeb, cuyo nombre, en lengua árabe, significa «la Puerta de las Lágrimas».
Con veinte millas de anchura, no tiene más que treinta y dos de longitud. Y para el Nautilus, lanzado a toda velocidad, la travesía fue apenas obra de una hora. Pero no vi nada, ni siquiera la isla de Perim, con la que el Gobierno británico ha fortificado la posición de Adén. Había demasiados vapores ingleses o franceses de las líneas de Suez a Bombay, de Calcuta a Melbourne y de Borbón a Mauricio surcando aquel estrecho paso para que el Nautilus se aventurase a mostrarse. Así que se mantuvo prudentemente bajo el agua. Por fin, hacia el mediodía, nos hallábamos en las aguas del mar Rojo.
Ni siquiera trataría yo de comprender el capricho que había decidido al capitán Nemo a entrar en aquel golfo. Pero aprobaba de buen grado que el Nautilus entrase en él. Su velocidad disminuyó: unas veces se mantenía en la superficie, otras se sumergía para evitar algún buque, y así pude observar las partes superiores e inferiores de aquel curioso mar.
El 8 de febrero, desde las primeras luces del día, apareció Moka, hoy ciudad en ruinas, cuyas murallas se vendrían abajo de un cañonazo, pero que todavía abriga aquí y allá algunas verdes palmeras datileras; antaño ciudad importante, que contaba seis mercados públicos y veintiséis mezquitas, y cuyas murallas, defendidas por catorce fuertes, formaban un cinturón de dos millas de circunferencia.
El Nautilus se aproximó luego a la orilla africana, donde la profundidad del mar era mayor. Allí, entre dos aguas claras como el cristal, a través de los paneles abiertos, se nos permitió contemplar los hermosos arbustos de coral brillante y grandes bloques de roca revestidos de un espléndido pelaje de algas verdes y de fucos. ¡Qué espectáculo indescriptible, y qué variedad de parajes y paisajes a lo largo de aquellos bancos de arena y de aquellas islas volcánicas que bordean la costa libia! Pero donde aquellos arbustos aparecían en toda su belleza era en la costa oriental, que el Nautilus alcanzó pronto. Era en la costa de Tehama, pues allí no solo florecía aquel despliegue de zoófitos bajo el nivel del mar, sino que formaban también pintorescos entrelazamientos que se desplegaban a unos sesenta pies por encima de la superficie, más caprichosos pero menos vivamente coloreados que aquellos cuya frescura mantenía la fuerza vital de las aguas.
¡Qué horas tan deliciosas pasé así ante la ventana del salón! ¡Qué nuevos ejemplares de flora y fauna submarinas admiré bajo el resplandor de nuestro fanal eléctrico!
El 9 de febrero el Nautilus flotaba en la parte más ancha del mar Rojo, la comprendida entre Suakin, en la costa occidental, y Komfidah, en la costa oriental, con un diámetro de noventa millas.
Aquel día, a mediodía, después de tomada la situación, el capitán Nemo subió a la plataforma, donde yo me encontraba casualmente, y estaba resuelto a no dejarle bajar de nuevo sin haberle al menos apremiado acerca de sus proyectos ulteriores. En cuanto me vio, se acercó y me ofreció amablemente un cigarro.
—Y bien, señor, ¿le agrada a usted este mar Rojo? ¿Ha observado suficientemente las maravillas que cubre, sus peces, sus zoófitos, sus parterres de esponjas y sus bosques de coral? ¿Ha entrevisto las ciudades de sus orillas?
—Sí, capitán Nemo —respondí—, y el Nautilus está admirablemente dispuesto para semejante estudio. ¡Ah, es un barco inteligente!
—Sí, señor, inteligente e invulnerable. No teme ni las terribles tempestades del mar Rojo, ni sus corrientes, ni sus bancos de arena.
—Ciertamente —dije—, este mar está considerado como uno de los peores, y en tiempo de los antiguos, si no me equivoco, su reputación era detestable.
—Detestable, señor Aronnax. Los historiadores griegos y latinos no hablan favorablemente de él, y Estrabón dice que es muy peligroso durante los vientos etesios y en la estación de las lluvias. El árabe Edrisi lo describe con el nombre de golfo de Colzum, y cuenta que los barcos perecían allí en gran número sobre los bancos de arena y que nadie se arriesgaba a navegar de noche. Es, según él, un mar sujeto a espantosos huracanes, sembrado de islas inhospitalarias, y «que no ofrece nada bueno ni en su superficie ni en sus profundidades».
—Bien se ve —respondí— que esos historiadores no navegaron nunca a bordo del Nautilus.
—Justamente —respondió el capitán, sonriendo—; y en ese aspecto los modernos no están más adelantados que los antiguos. Han hecho falta muchos siglos para descubrir la potencia mecánica del vapor. ¿Quién sabe si dentro de otros cien años no veremos un segundo Nautilus? El progreso es lento, señor Aronnax.
—Es cierto —contesté—; su barco se adelanta por lo menos un siglo a su tiempo, quizá una era. ¡Qué desgracia que el secreto de semejante invención haya de morir con su inventor!
El capitán Nemo no respondió. Tras algunos minutos de silencio, prosiguió:
—Hablaba usted de las opiniones de los historiadores antiguos acerca de la peligrosa navegación del mar Rojo.
—Es cierto —dije—; pero ¿no eran exagerados sus temores?
—Sí y no, señor Aronnax —respondió el capitán Nemo, que parecía conocer el mar Rojo de memoria—. Lo que ya no es peligroso para un buque moderno, bien aparejado, sólidamente construido y dueño de su rumbo gracias al dócil vapor, ofrecía toda clase de peligros a los navíos de los antiguos. ¡Figúrese usted a aquellos primeros navegantes aventurándose en barcos hechos de tablas cosidas con cuerdas de palmera, calafateados con grasa de perro marino y recubiertos de resina en polvo! Ni siquiera tenían instrumentos con que tomar la situación, e iban a tientas entre corrientes de las que apenas sabían nada. En tales condiciones, los naufragios eran, y no podían menos de ser, numerosos. Pero en nuestro tiempo, los vapores que hacen el servicio entre Suez y los mares del Sur no tienen ya nada que temer de las furias de este golfo, a pesar de los monzones contrarios. El capitán y los pasajeros no se preparan para la partida ofreciendo sacrificios propiciatorios, y, a su regreso, ya no van adornados con guirnaldas y cintas doradas a dar gracias a los dioses en el templo vecino.
—Estoy de acuerdo con usted —dije—, y el vapor parece haber matado todo agradecimiento en el corazón de los marinos. Pero, capitán, puesto que parece haber estudiado especialmente este mar, ¿puede decirme el origen de su nombre?
—Existen varias explicaciones sobre el particular, señor Aronnax. ¿Quiere conocer la opinión de un cronista del siglo XIV?
—Con mucho gusto.
—Ese fantasioso escritor pretende que se le dio su nombre después del paso de los israelitas, cuando el faraón pereció en las olas que se cerraron a la voz de Moisés.
—Explicación de poeta, capitán Nemo —respondí—, pero no puedo contentarme con ella. Le pido su opinión personal.
—Hela aquí, señor Aronnax. A mi entender, hay que ver en esta denominación de mar Rojo una traducción de la palabra hebrea «Edom»; y si los antiguos le dieron ese nombre, fue a causa del color particular de sus aguas.
—Pues hasta ahora no he visto más que olas transparentes y sin ningún color particular.
—Es muy posible; pero a medida que avancemos hacia el fondo del golfo, verá usted ese singular aspecto. Recuerdo haber visto la bahía de Tor enteramente roja, como un mar de sangre.
—¿Y atribuye usted ese color a la presencia de un alga microscópica?
—Sí.
—Entonces, capitán Nemo, ¿no es la primera vez que recorre usted el mar Rojo a bordo del Nautilus?
—No, señor.
—Puesto que hablaba usted hace un momento del paso de los israelitas y de la catástrofe de los egipcios, le preguntaré si ha encontrado bajo las aguas las huellas de ese gran hecho histórico.
—No, señor, y por una buena razón.
—¿Cuál?
—Que el lugar por donde pasaron Moisés y su pueblo está hoy tan cegado por la arena que los camellos apenas pueden bañarse allí las patas. Comprenderá usted que no habría agua suficiente para mi Nautilus.
—¿Y el lugar? —pregunté.
—El lugar está situado un poco más arriba del istmo de Suez, en el brazo que formaba antiguamente un profundo estuario, cuando el mar Rojo se extendía hasta los lagos Amargos. Ahora bien, fuera o no milagroso aquel paso, los israelitas no dejaron de atravesar por allí para alcanzar la Tierra Prometida, y el ejército del faraón pereció precisamente en aquel lugar; y creo que unas excavaciones practicadas en medio de la arena sacarían a la luz gran número de armas e instrumentos de origen egipcio.
—Es evidente —respondí—, y por el bien de los arqueólogos esperemos que esas excavaciones se hagan tarde o temprano, cuando se establezcan nuevas ciudades en el istmo, tras la construcción del canal de Suez; un canal, por lo demás, bien inútil para un navío como el Nautilus.
—Es muy posible, pero útil para el mundo entero —dijo el capitán Nemo—. Los antiguos comprendían muy bien la utilidad de una comunicación entre el mar Rojo y el Mediterráneo para sus asuntos comerciales; pero no pensaron en abrir un canal directo, y tomaron el Nilo como intermediario. Muy probablemente el canal que unía el Nilo con el mar Rojo fue comenzado por Sesostris, si hemos de creer a la tradición. Lo cierto es que en el año 615 antes de Jesucristo, Necao emprendió las obras de un canal alimentado por las aguas del Nilo a través de la llanura de Egipto, en dirección a Arabia. Se tardaban cuatro días en remontar ese canal, y era tan ancho que dos trirremes podían navegar de frente. Fue continuado por Darío, hijo de Histaspes, y probablemente terminado por Ptolomeo II. Estrabón lo vio navegado; pero su pendiente desde el punto de partida, cerca de Bubastis, hasta el mar Rojo era tan escasa que solo era navegable unos pocos meses al año. Este canal sirvió a todos los fines comerciales hasta el siglo de los Antoninos, en que fue abandonado y cegado por la arena. Restaurado por orden del califa Omar, fue definitivamente destruido en 761 o 762 por el califa Al-Mansur, que quería impedir la llegada de víveres a Mohamed-ben-Abdalá, que se había sublevado contra él. Durante la expedición a Egipto, su general Bonaparte descubrió vestigios de las obras en el desierto de Suez y, sorprendido por la marea, estuvo a punto de perecer antes de alcanzar Hadjaroth, en el mismo lugar donde Moisés había acampado tres mil años antes que él.
—Pues bien, capitán, lo que los antiguos no se atrevieron a emprender, esa unión entre los dos mares que acortará el camino de Cádiz a la India, lo ha conseguido el señor Lesseps; y dentro de poco habrá convertido África en una isla inmensa.
—Sí, señor Aronnax; tiene usted derecho a estar orgulloso de su compatriota. Un hombre así honra más a una nación que los grandes capitanes. Comenzó, como tantos otros, entre sinsabores y desaires; pero ha triunfado, porque posee el genio de la voluntad. Y es triste pensar que una obra como esa, que debería haber sido una obra internacional y que habría bastado para ilustrar un reinado, haya salido adelante por la energía de un solo hombre. ¡Honor al señor Lesseps!
—¡Sí, honor al gran ciudadano! —respondí, sorprendido por el tono con que acababa de hablar el capitán Nemo.
—Desgraciadamente —prosiguió—, no puedo llevarle a través del canal de Suez; pero podrá usted ver la larga escollera de Port Said pasado mañana, cuando estemos en el Mediterráneo.
—¡El Mediterráneo! —exclamé.
—Sí, señor; ¿le asombra a usted?
—Lo que me asombra es pensar que estaremos allí pasado mañana.
—¿De veras?
—Sí, capitán, aunque a estas alturas ya debería haberme acostumbrado a no sorprenderme de nada desde que estoy a bordo de su barco.
—¿Pero cuál es la causa de esa sorpresa?
—¡Pues la espantosa velocidad que tendrá usted que imprimir al Nautilus si pasado mañana ha de estar en el Mediterráneo, después de haber dado la vuelta a África y doblado el cabo de Buena Esperanza!
—¿Y quién le ha dicho a usted, señor, que dará la vuelta a África y doblará el cabo de Buena Esperanza?
—Pues, a menos que el Nautilus navegue por tierra firme y pase por encima del istmo...
—O por debajo, señor Aronnax.
—¿Por debajo?
—Ciertamente —respondió tranquilamente el capitán Nemo—. Hace mucho tiempo que la naturaleza hizo bajo esa lengua de tierra lo que el hombre hace hoy en su superficie.
—¡Cómo! ¿Existe semejante paso?
—Sí, un paso subterráneo, al que he llamado el túnel arábigo. Nos lleva por debajo de Suez y desemboca en el golfo de Pelusio.
—¿Pero ese istmo no está compuesto únicamente de arenas movedizas?
—Hasta cierta profundidad. Pero a cincuenta y cinco yardas tan solo hay una capa sólida de roca.
—¿Y descubrió usted ese paso por casualidad? —pregunté, cada vez más sorprendido.
—Por casualidad y por razonamiento, señor; y por razonamiento más aún que por casualidad. No solo existe ese paso, sino que lo he aprovechado varias veces. Sin él, no me habría aventurado hoy en este mar Rojo sin salida. Observé que en el mar Rojo y en el Mediterráneo existía cierto número de peces de especies perfectamente idénticas. Seguro del hecho, me pregunté si era posible que no hubiera comunicación entre los dos mares. Si la había, la corriente subterránea debía correr necesariamente del mar Rojo al Mediterráneo, por la sola causa de la diferencia de nivel. Pesqué gran número de peces en las inmediaciones de Suez. Les pasé un anillo de cobre por la cola y los arrojé de nuevo al mar. Algunos meses más tarde, en las costas de Siria, pesqué algunos de mis peces adornados con el anillo. Así quedó probada la comunicación entre ambos. La busqué entonces con mi Nautilus, la descubrí, me aventuré por ella, ¡y dentro de poco, señor, también usted habrá atravesado mi túnel arábigo!