Al día siguiente, 10 de enero, el Nautilus prosiguió su rumbo entre dos aguas, pero con una velocidad tan notable que no pude estimarla en menos de treinta y cinco millas por hora. La rapidez de su hélice era tal que yo no podía seguir ni contar sus revoluciones. Cuando pensaba que aquel maravilloso agente eléctrico, después de dar movimiento, calor y luz al Nautilus, lo protegía además contra los ataques exteriores y lo transformaba en un arca santa que ninguna mano profana podía tocar sin ser fulminada, mi admiración no tenía límites, y de la obra pasaba enseguida al ingeniero que la había creado.
Navegábamos directamente hacia el oeste, y el 11 de enero doblamos el cabo Wessel, situado a 135° de longitud y 10° de latitud norte, que forma la punta oriental del golfo de Carpentaria. Los arrecifes seguían siendo numerosos, pero más espaciados, y estaban señalados en la carta con extremada precisión. El Nautilus evitó con facilidad los rompientes de Money a babor y los arrecifes Victoria a estribor, situados a 130° de longitud y en el décimo paralelo, que seguíamos rigurosamente.
El 13 de enero, el capitán Nemo llegó al mar de Timor y avistó la isla de ese nombre, a 122° de longitud.
Desde aquel punto, la dirección del Nautilus se inclinó hacia el sudoeste. Puso la proa hacia el océano Índico. ¿Adónde nos llevaría ahora el capricho del capitán Nemo? ¿Volvería hacia las costas de Asia o se acercaría de nuevo a las orillas de Europa? Conjeturas ambas improbables en un hombre que huía de los continentes habitados. ¿Descendería entonces hacia el sur? ¿Iba a doblar el cabo de Buena Esperanza, luego el cabo de Hornos, y a llegar por fin hasta el polo antártico? ¿Volvería por fin al Pacífico, donde su Nautilus podía navegar libre e independiente? El tiempo lo diría.
Después de bordear los bajos de Cartier, de Hibernia, de Seringapatam y de Scott, últimos esfuerzos del elemento sólido contra el elemento líquido, el 14 de enero perdimos por completo de vista la tierra. La velocidad del Nautilus disminuyó considerablemente y, con un rumbo caprichoso, unas veces nadaba en el seno de las aguas y otras flotaba en su superficie.
Durante aquel período del viaje, el capitán Nemo hizo interesantes experimentos sobre las diversas temperaturas del mar en sus diferentes capas. En condiciones ordinarias, estas observaciones se hacen con instrumentos bastante complicados y con resultados más que dudosos, ya sea por medio de sondas termométricas, cuyos vidrios se rompen a menudo bajo la presión del agua, ya con aparatos basados en la variación de la resistencia de los metales a las corrientes eléctricas. Los resultados así obtenidos no podían calcularse con exactitud. Por el contrario, el capitán Nemo iba él mismo a buscar la temperatura en las profundidades del mar, y su termómetro, puesto en comunicación con las distintas capas líquidas, le daba inmediatamente y con exactitud el grado buscado.
Así fue como, ya llenando sus depósitos, ya descendiendo oblicuamente por medio de sus planos inclinados, el Nautilus alcanzó sucesivamente profundidades de tres, cuatro, cinco, siete, nueve y diez mil yardas, y el resultado definitivo de estas experiencias fue que el mar conservaba, en todas las latitudes, una temperatura media de cuatro grados y medio a una profundidad de cinco mil brazas.
El 16 de enero, el Nautilus pareció quedar en calma a solo unas pocas yardas bajo la superficie de las olas. Sus aparatos eléctricos permanecían inactivos y su hélice inmóvil lo dejaba derivar a merced de las corrientes. Supuse que la tripulación se ocupaba en reparaciones interiores, necesarias a causa de la violencia de los movimientos mecánicos de la máquina.
Mis compañeros y yo fuimos entonces testigos de un curioso espectáculo. Los paneles del salón estaban abiertos y, como el fanal del Nautilus no estaba encendido, reinaba una vaga oscuridad en medio de las aguas. Yo observaba el estado del mar en estas condiciones, y los peces más grandes no me parecían más que sombras apenas dibujadas, cuando el Nautilus se encontró de repente transportado a plena luz. Pensé al principio que se había encendido el fanal y que proyectaba su resplandor eléctrico en la masa líquida. Me equivocaba, y tras un rápido examen reconocí mi error.
El Nautilus flotaba en medio de una capa fosforescente que, en aquella oscuridad, se volvía deslumbrante. La producían miríadas de animálculos luminosos, cuyo brillo aumentaba al deslizarse sobre el casco metálico del aparato. Sorprendía yo entonces fulgores en medio de aquellas capas luminosas, como si fueran regueros de plomo fundido en un horno ardiente o masas metálicas llevadas al rojo blanco, de tal suerte que, por contraste, ciertas porciones luminosas parecían hacer sombra en medio de aquel incendio general, del que toda sombra parecía desterrada. No; aquella no era ya la tranquila irradiación de nuestra luz ordinaria. Había en ella una vida y un vigor insólitos: ¡era verdaderamente una luz viva!
En realidad, era una aglomeración infinita de infusorios coloreados, de verdaderos glóbulos de gelatina provistos de un tentáculo filiforme, de los cuales se han llegado a contar hasta veinticinco mil en menos de dos medias pulgadas cúbicas de agua.
Durante varias horas el Nautilus flotó en aquellas olas brillantes, y nuestra admiración creció al ver a los grandes animales marinos jugueteando en ellas como salamandras. Vi allí, en medio de aquel fuego que no quema, a la rápida y elegante marsopa (el infatigable payaso de los océanos), y algunos peces espada de diez pies de largo, esos heraldos proféticos del huracán, cuya formidable espada golpeaba de vez en cuando el cristal del salón. Después aparecieron peces más pequeños, balistes, caballas saltarinas, nasones y cien otros que rayaban con sus estelas la atmósfera luminosa mientras nadaban. ¡Era un espectáculo deslumbrador y encantador! Tal vez alguna condición atmosférica aumentaba la intensidad del fenómeno. Tal vez alguna tormenta agitaba la superficie de las olas. Pero a aquella profundidad de algunas yardas el Nautilus no sentía su furia y reposaba apaciblemente en aguas tranquilas.
Así avanzábamos, encantados sin cesar por alguna nueva maravilla. Los días pasaban rápidamente y yo ya no los contaba. Ned, según su costumbre, procuraba variar el régimen de a bordo. Como verdaderos caracoles, estábamos pegados a nuestra concha, y afirmo que es fácil llevar una vida de caracol.
Así, aquella vida nos parecía fácil y natural, y ya no pensábamos en la existencia que llevábamos en tierra; pero sucedió algo que vino a recordarnos lo extraño de nuestra situación.
El 18 de enero, el Nautilus se encontraba a 105° de longitud y 15° de latitud sur. El tiempo era amenazador; la mar, gruesa y agitada. Soplaba un fuerte viento del este. El barómetro, que bajaba desde hacía algunos días, anunciaba una próxima tempestad. Subí a la plataforma en el momento en que el segundo oficial tomaba la medida de los ángulos horarios, y esperé, según mi costumbre, a que pronunciara la frase de todos los días. Pero aquel día la sustituyó otra frase no menos incomprensible. Casi en seguida vi aparecer al capitán Nemo, que, con un anteojo, miró hacia el horizonte.
Durante algunos minutos permaneció inmóvil, sin apartar la vista del punto que observaba. Después bajó el anteojo y cambió unas palabras con su segundo. Este parecía presa de una emoción que en vano trataba de reprimir. El capitán Nemo, más dueño de sí, permanecía frío. Parecía, además, hacer algunas objeciones, a las que el segundo respondía con afirmaciones categóricas. Al menos eso deduje de la diferencia de sus tonos y de sus gestos. Por mi parte, yo había mirado atentamente en la dirección indicada sin ver nada. El cielo y el agua se confundían en la línea perfectamente nítida del horizonte.
Entretanto, el capitán Nemo se paseaba de un extremo a otro de la plataforma, sin mirarme, quizá sin verme. Su paso era firme, pero menos regular que de costumbre. A veces se detenía, se cruzaba de brazos y observaba el mar. ¿Qué podía buscar en aquella inmensa extensión?
El Nautilus se hallaba entonces a algunos centenares de millas de la costa más cercana.
El segundo había vuelto a tomar el anteojo y examinaba obstinadamente el horizonte, yendo y viniendo, golpeando el suelo con el pie y mostrando una agitación nerviosa mayor que la de su superior. Por lo demás, aquel misterio tenía que aclararse necesariamente, y en breve, pues, a una orden del capitán Nemo, la máquina, aumentando su fuerza propulsora, hizo girar más rápidamente la hélice.
En aquel momento el segundo llamó de nuevo la atención del capitán. Este interrumpió su paseo y dirigió el anteojo hacia el punto indicado. Lo observó largo rato. Yo, muy intrigado, bajé al salón y tomé un excelente catalejo del que me servía habitualmente. Después, apoyándome en la caja del fanal que sobresalía en la parte delantera de la plataforma, me dispuse a recorrer con la vista toda la línea del cielo y del mar.
Pero apenas había aplicado el ojo al cristal cuando el instrumento me fue arrancado bruscamente de las manos.
Me volví. El capitán Nemo estaba ante mí, pero no lo reconocí. Su fisonomía se había transfigurado. Sus ojos brillaban con un fuego sombrío; sus dientes estaban apretados; su cuerpo rígido, sus puños cerrados y su cabeza hundida entre los hombros delataban la violenta agitación que se había adueñado de todo su ser. No se movía. Mi anteojo, caído de sus manos, había rodado a sus pies.
¿Había provocado yo sin querer aquel acceso de cólera? ¿Imaginaba aquel incomprensible personaje que yo había descubierto algún secreto prohibido? No; yo no era el objeto de aquel odio, pues no me miraba a mí; su mirada permanecía obstinadamente fija en el punto impenetrable del horizonte. Por fin, el capitán Nemo recobró el dominio de sí mismo. Su agitación se calmó. Dirigió algunas palabras en una lengua extranjera a su segundo y después se volvió hacia mí. —Señor Aronnax —me dijo en un tono bastante imperioso—, le exijo que cumpla uno de los compromisos que le ligan a mí.
—¿De qué se trata, capitán?
—Deben ustedes dejarse encerrar, usted y sus compañeros, hasta que yo juzgue oportuno devolverles la libertad.
—Usted es el dueño —respondí, mirándolo fijamente—. Pero ¿puedo hacerle una pregunta?
—Ninguna, señor.
No había réplica posible ante aquella orden imperiosa; resistirse habría sido inútil. Bajé al camarote que ocupaban Ned Land y Conseil y les comuniqué la decisión del capitán. Puede juzgarse cómo recibió el canadiense esta comunicación.
Pero no hubo tiempo para altercados. Cuatro hombres de la tripulación esperaban a la puerta y nos condujeron a la celda donde habíamos pasado nuestra primera noche a bordo del Nautilus.
Ned Land quiso protestar, pero la puerta se cerró tras él.
—¿Querrá decirme el señor qué significa esto? —preguntó Conseil.
Conté a mis compañeros lo que había pasado. Quedaron tan asombrados como yo e igualmente incapaces de explicárselo.
Entretanto, yo me hallaba absorto en mis propias reflexiones y no podía pensar en otra cosa que en el extraño temor que se había pintado en el semblante del capitán. Me sentía completamente incapaz de explicármelo, cuando estas palabras de Ned Land vinieron a interrumpir mis cavilaciones:
—¡Vaya! El almuerzo está servido.
Y, en efecto, la mesa estaba puesta. Evidentemente, el capitán Nemo había dado esta orden al mismo tiempo que mandaba acelerar la marcha del Nautilus.
—¿Me permitirá el señor hacerle una recomendación? —preguntó Conseil.
—Sí, muchacho.
—Pues bien, que el señor almuerce. Es lo prudente, porque no sabemos lo que puede suceder.
—Tienes razón, Conseil.
—Por desgracia —dijo Ned Land—, no nos han dado más que el menú de a bordo.
—Amigo Ned —preguntó Conseil—, ¿qué habrías dicho si se hubieran olvidado por completo del almuerzo?
Este argumento cortó en seco las recriminaciones del arponero.
Nos sentamos a la mesa. La comida transcurrió en silencio.
En aquel momento, el globo luminoso que alumbraba la celda se apagó y nos dejó en la más completa oscuridad. Ned Land no tardó en dormirse, y lo que me asombró fue que Conseil cayera también en un pesado sopor. Me preguntaba qué podía haber causado aquella somnolencia irresistible, cuando sentí que mi cerebro se embotaba. A pesar de mis esfuerzos por mantener los ojos abiertos, se me cerraban. Una dolorosa sospecha se apoderó de mí. Evidentemente, habían mezclado sustancias soporíferas con los alimentos que acabábamos de tomar. No bastaba, pues, la prisión para ocultarnos los proyectos del capitán Nemo: hacía falta además el sueño. Oí entonces cerrarse los paneles. Las ondulaciones del mar, que producían un ligero balanceo, cesaron. ¿Había abandonado el Nautilus la superficie del océano? ¿Había vuelto a la capa inmóvil de las aguas profundas? Intenté resistir al sueño. Fue imposible. Mi respiración se debilitó. Sentí que un frío mortal helaba mis miembros, entumecidos y medio paralizados. Mis párpados, como casquetes de plomo, cayeron sobre mis ojos. No pude levantarlos; un sueño morboso, lleno de alucinaciones, se apoderó de todo mi ser. Después, las visiones desaparecieron y me dejaron en una completa insensibilidad.