
«¡Vaya, esto sí que es grandioso!» dijo Alicia. «Nunca pensé que fuera a ser Reina tan pronto—y le diré una cosa, Majestad», prosiguió en tono severo (siempre le había gustado bastante regañarse a sí misma), «¡no está nada bien que ande usted repantigada en la hierba de esa manera! ¡Las Reinas tienen que ser dignas, ¿sabe?!»
Así que se levantó y se puso a pasear—con bastante rigidez al principio, pues temía que se le cayera la corona: pero se consoló pensando que no había nadie que la viera, «y si de verdad soy Reina», dijo mientras volvía a sentarse, «con el tiempo sabré arreglármelas muy bien».
Todo ocurría de un modo tan raro que no se sorprendió ni pizca al encontrarse a la Reina Roja y a la Reina Blanca sentadas muy cerca de ella, una a cada lado: le habría gustado mucho preguntarles cómo habían llegado allí, pero temía que no fuera del todo cortés. Sin embargo, pensó que no habría nada de malo en preguntar si la partida había terminado. «Por favor, ¿podría decirme—», empezó, mirando con timidez a la Reina Roja.

«¡Habla cuando te hablen!» La Reina la interrumpió con brusquedad.
«Pero si todo el mundo obedeciera esa regla», dijo Alicia, que siempre estaba dispuesta a una pequeña discusión, «y si usted solo hablara cuando le hablaran, y la otra persona esperara siempre a que usted empezara, ya ve que nadie diría nunca nada, de modo que—»
«¡Ridículo!» exclamó la Reina. «Pero ¿no ves, niña—», y aquí se interrumpió frunciendo el ceño, y, tras pensar un minuto, cambió de pronto de tema. «¿Qué quieres decir con “si de verdad soy Reina”? ¿Qué derecho tienes a llamarte así? No puedes ser Reina, ¿sabes?, hasta que hayas aprobado el examen correspondiente. Y cuanto antes empecemos, mejor.»
«¡Yo solo dije “si”!» suplicó la pobre Alicia en tono lastimero.
Las dos Reinas se miraron, y la Reina Roja comentó, con un pequeño escalofrío: «Dice que solo dijo “si”—»
«¡Pero dijo mucho más que eso!» gimió la Reina Blanca, retorciéndose las manos. «¡Oh, muchísimo más que eso!»
«Así es, ¿sabes?», le dijo la Reina Roja a Alicia. «Di siempre la verdad—piensa antes de hablar—y luego ponlo por escrito.»
«Le aseguro que no lo dije con ningún sentido—», empezaba Alicia, pero la Reina Roja la interrumpió con impaciencia.
«¡De eso precisamente me quejo! ¡Deberías haberlo dicho con sentido! ¿De qué crees que sirve una niña sin ningún sentido? Hasta un chiste debe tener algún sentido—y una niña es más importante que un chiste, espero. Eso no podrías negarlo ni aunque lo intentaras con las dos manos.»
«Yo no niego las cosas con las manos», objetó Alicia.
«Nadie ha dicho que lo hagas», dijo la Reina Roja. «He dicho que no podrías aunque lo intentaras.»
«Está en ese estado de ánimo», dijo la Reina Blanca, «en que quiere negar algo—¡solo que no sabe qué negar!»
«Un carácter feo y malvado», observó la Reina Roja; y luego hubo un silencio incómodo durante un minuto o dos.
La Reina Roja rompió el silencio diciéndole a la Reina Blanca: «Te invito a la cena de Alicia de esta tarde.»
La Reina Blanca sonrió débilmente y dijo: «Y yo te invito a ti.»
«No sabía que fuera a dar una cena», dijo Alicia; «pero, si va a haber una, creo que debería ser yo quien invitara a los invitados.»
«Te dimos la oportunidad de hacerlo», observó la Reina Roja, «pero me figuro que todavía no habrás recibido muchas lecciones de modales, ¿verdad?»
«Los modales no se enseñan en lecciones», dijo Alicia. «En las lecciones te enseñan a hacer cuentas, y cosas de ese tipo.»
«¿Y sabes Sumar?» preguntó la Reina Blanca. «¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno?»
«No lo sé», dijo Alicia. «He perdido la cuenta.»
«No sabe Sumar», interrumpió la Reina Roja. «¿Sabes Restar? Resta nueve de ocho.»
«Nueve de ocho no puedo, ¿sabe?», respondió Alicia enseguida, «pero—»
«No sabe Restar», dijo la Reina Blanca. «¿Sabes Dividir? Divide un pan con un cuchillo—¿cuál es el resultado?»
«Supongo—», empezaba Alicia, pero la Reina Roja contestó por ella. «Pan con mantequilla, por supuesto. Prueba con otra Resta. Quítale un hueso a un perro: ¿qué queda?»

Alicia se lo pensó. «El hueso no quedaría, claro, si yo se lo quitara—y el perro no se quedaría; vendría a morderme—¡y estoy segura de que yo tampoco me quedaría!»
«¿Entonces crees que no quedaría nada?» dijo la Reina Roja.
«Creo que esa es la respuesta.»
«Mal, como de costumbre», dijo la Reina Roja: «quedaría la paciencia del perro.»
«Pero no veo cómo—»
«¡Pues mira!» exclamó la Reina Roja. «El perro perdería la paciencia, ¿no?»
«Quizá sí», respondió Alicia con cautela.
«¡Entonces, si el perro se marchara, su paciencia se quedaría allí!» exclamó la Reina triunfalmente.
Alicia dijo, con toda la seriedad que pudo: «Podrían irse cada uno por su lado.» Pero no pudo evitar pensar para sí: «¡Qué tonterías tan espantosas estamos diciendo!»
«¡No sabe hacer cuentas ni pizca!» dijeron las Reinas a la vez, con mucho énfasis.
«¿Sabe usted hacer cuentas?» dijo Alicia, volviéndose de repente hacia la Reina Blanca, pues no le gustaba que le encontraran tantas faltas.
La Reina dio un respingo y cerró los ojos. «Sé Sumar, si me das tiempo—¡pero no sé Restar bajo ninguna circunstancia!»
«Supongo que te sabes el abecé, ¿no?» dijo la Reina Roja.
«Claro que sí», dijo Alicia.
«Yo también», susurró la Reina Blanca; «lo repasaremos juntas a menudo, querida. Y te contaré un secreto—¡sé leer palabras de una letra! ¿No es magnífico? Pero no te desanimes. Con el tiempo llegarás a eso.»
En esto la Reina Roja volvió a empezar. «¿Sabes responder a preguntas útiles?» dijo. «¿Cómo se hace el pan?»
«¡Eso lo sé!» exclamó Alicia con entusiasmo. «Se toma flor de harina—»
«¿Y dónde se coge esa flor?» preguntó la Reina Blanca. «¿En un jardín, o en los setos?»
«Bueno, no se coge en ningún sitio», explicó Alicia; «se muele—»
«¿Con cuántas muelas?» dijo la Reina Blanca. «No debes dejarte tantas cosas por decir.»
«¡Abanicadle la cabeza!» interrumpió la Reina Roja, preocupada. «Le va a dar fiebre después de pensar tanto.» Así que se pusieron manos a la obra y la abanicaron con ramilletes de hojas, hasta que Alicia tuvo que suplicarles que pararan, de tanto como le revolvían el pelo.

«Ya está bien otra vez», dijo la Reina Roja. «¿Sabes Idiomas? ¿Cómo se dice “paparruchas” en francés?»
«“Paparruchas” no es español», respondió Alicia muy seria.
«¿Y quién ha dicho que lo sea?» dijo la Reina Roja.
Alicia creyó ver esta vez una salida a la dificultad. «¡Si usted me dice de qué idioma es “paparruchas”, yo le diré cómo se dice en francés!» exclamó triunfalmente.
Pero la Reina Roja se irguió con bastante rigidez y dijo: «Las Reinas nunca hacen tratos.»
«Ojalá las Reinas nunca hicieran preguntas», pensó Alicia para sí.
«No nos peleemos», dijo la Reina Blanca en tono inquieto. «¿Cuál es la causa del rayo?»
«La causa del rayo», dijo Alicia muy decidida, pues estaba bastante segura de esto, «es el trueno—¡no, no!» se corrigió a toda prisa. «Quería decir al revés.»
«Es demasiado tarde para corregirlo», dijo la Reina Roja: «una vez que has dicho una cosa, queda fijada, y tienes que cargar con las consecuencias.»
«Lo cual me recuerda—», dijo la Reina Blanca, mirando al suelo y juntando y separando las manos con nerviosismo, «¡qué tormenta tuvimos el martes pasado!—quiero decir, uno de los martes de la última tanda, ¿sabes?»
Alicia se quedó perpleja. «En nuestro país», observó, «solo hay un día cada vez.»
La Reina Roja dijo: «Esa es una manera muy pobre y escasa de hacer las cosas. Aquí, en cambio, solemos tener los días y las noches de dos en dos o de tres en tres, y a veces en invierno juntamos hasta cinco noches seguidas—para estar más calentitos, ¿sabes?»
«¿Es que cinco noches son más calientes que una?» se atrevió a preguntar Alicia.
«Cinco veces más calientes, por supuesto.»
«Pero, por la misma regla, deberían ser cinco veces más frías—»
«¡Exacto!» exclamó la Reina Roja. «Cinco veces más calientes, y cinco veces más frías—¡igual que yo soy cinco veces más rica que tú, y cinco veces más lista!»
Alicia suspiró y se dio por vencida. «¡Es exactamente como una adivinanza sin respuesta!» pensó.
«Humpty Dumpty también la vio», prosiguió la Reina Blanca en voz baja, más bien como si hablara consigo misma. «Vino a la puerta con un sacacorchos en la mano—»

«¿Qué quería?» dijo la Reina Roja.
«Dijo que iba a entrar», prosiguió la Reina Blanca, «porque estaba buscando un hipopótamo. Pero resultó que aquella mañana no había ninguno en la casa.»
«¿Es que suele haberlo?» preguntó Alicia en tono de asombro.
«Bueno, solo los jueves», dijo la Reina.
«Yo sé a qué vino», dijo Alicia: «quería castigar a los peces, porque—»
En esto la Reina Blanca volvió a empezar. «¡Fue una tormenta tal que no te lo puedes ni imaginar!» («Nunca ha podido imaginar nada, ¿sabes?», dijo la Reina Roja.) «Y se desprendió parte del tejado, y entró muchísimo trueno—y se puso a rodar por la habitación en grandes pedazos—y a volcar las mesas y las cosas—¡hasta que me asusté tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre!»

Alicia pensó para sí: «¡Yo nunca intentaría acordarme de mi nombre en medio de un accidente! ¿De qué serviría?» pero no lo dijo en voz alta, por miedo a herir los sentimientos de la pobre Reina.
«Su Majestad tiene que disculparla», le dijo la Reina Roja a Alicia, tomando una de las manos de la Reina Blanca entre las suyas y acariciándola suavemente: «tiene buena intención, pero, por regla general, no puede evitar decir tonterías.»
La Reina Blanca miró con timidez a Alicia, que sintió que debía decir algo amable, pero de verdad que en aquel momento no se le ocurría nada.
«Nunca ha estado bien educada, la verdad», prosiguió la Reina Roja; «¡pero es asombroso el buen carácter que tiene! ¡Dale unas palmaditas en la cabeza, y verás qué contenta se pone!» Pero para eso Alicia no tenía valor suficiente.
«Un poco de cariño—y ponerle el pelo en papelillos—harían maravillas con ella—»
La Reina Blanca soltó un hondo suspiro y apoyó la cabeza en el hombro de Alicia. «¡Tengo tanto sueño!» gimió.
«¡Está cansada, pobrecilla!» dijo la Reina Roja. «Alísale el pelo—préstale tu gorro de dormir—y cántale una nana que la calme.»
«No llevo ningún gorro de dormir», dijo Alicia, mientras intentaba obedecer la primera indicación, «y no me sé ninguna nana que calme.»
«Entonces tendré que hacerlo yo», dijo la Reina Roja, y empezó:
«¡A la nana, señora, en el regazo de Alicia! Mientras se hace el banquete, echemos una siestecita: cuando acabe el banquete, al baile a danzar— ¡Reina Roja, Reina Blanca, Alicia y los demás!»
«Y ahora que ya te sabes la letra», añadió, mientras apoyaba la cabeza en el otro hombro de Alicia, «cántamela entera. Yo también me estoy quedando dormida.» Un momento después las dos Reinas estaban profundamente dormidas, y roncando con fuerza.

«¿Qué voy a hacer?» exclamó Alicia, mirando a su alrededor muy perpleja, mientras primero una cabeza redonda, y luego la otra, rodaban de su hombro y quedaban como un pesado bulto en su regazo. «¡No creo que haya pasado nunca que alguien tuviera que cuidar de dos Reinas dormidas a la vez! No, en toda la Historia de Inglaterra—no podía pasar, ¿sabes?, porque nunca ha habido más de una Reina a la vez. ¡Despertaos ya, pesadas!» prosiguió en tono impaciente; pero no hubo más respuesta que un suave ronquido.
El ronquido se hacía más claro a cada minuto, y sonaba cada vez más como una melodía: por fin pudo distinguir incluso la letra, y escuchaba con tanta atención que, cuando las dos grandes cabezas desaparecieron de su regazo, apenas las echó de menos.
Estaba de pie ante una puerta en arco sobre la que se leían, en letras grandes, las palabras REINA ALICIA, y a cada lado del arco había un tirador de campanilla; en uno ponía “Campanilla de Visitas”, y en el otro “Campanilla del Servicio”.

«Esperaré a que termine la canción», pensó Alicia, «y luego tocaré la—la—¿qué campanilla tengo que tocar?» prosiguió, muy desconcertada por los nombres. «Yo no soy una visita, y no soy del servicio. Debería haber una que pusiera “Reina”, ¿sabes?—»
En ese momento la puerta se entreabrió, y una criatura de pico largo asomó la cabeza un instante y dijo: «¡No se admite a nadie hasta la semana después de la que viene!» y volvió a cerrar la puerta de un portazo.
Alicia estuvo llamando y tocando la campanilla en vano durante mucho rato, pero por fin una Rana muy vieja, que estaba sentada bajo un árbol, se levantó y se acercó a ella cojeando despacio: iba vestida de amarillo chillón y llevaba unas botas enormes.

«¿Qué pasa ahora?» dijo la Rana en un susurro grave y ronco.
Alicia se dio la vuelta, dispuesta a encontrarle faltas a cualquiera. «¿Dónde está el criado que tiene que atender a la puerta?» empezó, enfadada.
«¿Qué puerta?» dijo la Rana.
Alicia casi dio una patada en el suelo de irritación ante la lentitud cansina con que hablaba. «¡Esta puerta, por supuesto!»
La Rana miró la puerta un minuto con sus grandes ojos apagados: luego se acercó más y la frotó con el pulgar, como si quisiera comprobar si se iba la pintura; después miró a Alicia.
«¿Atender a la puerta?» dijo. «¿Y qué es lo que ha estado diciendo?» Estaba tan ronca que Alicia apenas podía oírla.
«No sé qué quiere decir», dijo ella.
«Yo hablo en cristiano, ¿o no lo hablo?» prosiguió la Rana. «¿O es que estás sorda? ¿Qué te ha pedido?»
«¡Nada!» dijo Alicia con impaciencia. «¡He estado llamándola!»
«No hay que hacer eso—no hay que hacer eso—», masculló la Rana. «La enfada, ¿sabes?» Entonces se acercó y le dio a la puerta una patada con uno de sus enormes pies. «Tú déjala en paz», jadeó, mientras volvía cojeando a su árbol, «y ella te dejará en paz a ti, ¿sabes?»
En ese momento la puerta se abrió de golpe y se oyó una voz chillona que cantaba:
«Al mundo del Espejo, Alicia proclamó: “Llevo cetro en la mano, y corona llevo yo; que vengan las criaturas del Espejo, quienes sean, a cenar con la Roja, la Blanca y conmigo, la Reina.”»
Y cientos de voces se unieron al estribillo:
«¡Llenad pues las copas deprisa y sin tardar, y botones y salvado en la mesa echad: gatos en el café, y ratones en el té— y a la Reina Alicia, vivas treinta por tres!»
Siguió luego un confuso ruido de vítores, y Alicia pensó para sí: «Treinta por tres son noventa. ¿Estará alguien contándolos?» Al cabo de un minuto volvió a hacerse el silencio, y la misma voz chillona cantó otra estrofa:
«“¡Criaturas del Espejo”, dijo Alicia, “venid a mí! ¡Es un honor verme, y un favor oírme aquí: alto privilegio es tomar el té y cenar con la Reina Roja, la Reina Blanca y conmigo a la par!”»
Luego vino otra vez el estribillo:—
«¡Llenad pues las copas de melaza y de tinta, o de lo que sea que agrade beber: mezclad arena con la sidra, y lana con el vino— y a la Reina Alicia, noventa vivas por nueve!»
«¡Noventa por nueve!» repitió Alicia, desesperada. «¡Oh, eso no se acabará nunca! Más vale que entre ahora mismo—» y en el momento en que apareció se hizo un silencio sepulcral.
Alicia echó una mirada nerviosa a lo largo de la mesa, mientras avanzaba por el gran salón, y vio que había unos cincuenta invitados de todas clases: unos eran animales, otros pájaros, y hasta había unas cuantas flores entre ellos. «Me alegro de que hayan venido sin esperar a que los invitaran», pensó: «¡yo nunca habría sabido a quiénes convenía invitar!»

En la cabecera de la mesa había tres sillas; las Reinas Roja y Blanca ya ocupaban dos de ellas, pero la del medio estaba vacía. Alicia se sentó en ella, bastante incómoda con aquel silencio, y deseando que alguien hablara.
Por fin la Reina Roja empezó. «Te has perdido la sopa y el pescado», dijo. «¡Que traigan el asado!» Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de Alicia, que la miró con cierta inquietud, pues nunca hasta entonces había tenido que trinchar un asado.
«Pareces algo tímida; permíteme que te presente a esa pierna de cordero», dijo la Reina Roja. «Alicia—Cordero; Cordero—Alicia.» La pierna de cordero se levantó en la fuente e hizo una pequeña reverencia a Alicia; y Alicia le devolvió la reverencia, sin saber si asustarse o divertirse.

«¿Puedo servirle una tajada?» dijo, cogiendo el cuchillo y el tenedor, y mirando de una Reina a la otra.
«Desde luego que no», dijo la Reina Roja, muy decidida: «va contra la etiqueta trinchar a alguien que te han presentado. ¡Retirad el asado!» Y los camareros se lo llevaron, y trajeron en su lugar un gran pudin de ciruelas.
«Por favor, que no me presenten al pudin», dijo Alicia con bastante prisa, «o nos quedaremos sin cenar. ¿Puedo servirle un poco?»
Pero la Reina Roja puso mala cara y gruñó: «Pudin—Alicia; Alicia—Pudin. ¡Retirad el pudin!» y los camareros se lo llevaron tan deprisa que Alicia no pudo devolverle la reverencia.
Sin embargo, no veía por qué la Reina Roja tenía que ser la única en dar órdenes, así que, a modo de experimento, gritó: «¡Camarero! ¡Traiga otra vez el pudin!» y allí estuvo de nuevo en un instante, como en un truco de magia. Era tan grande que no pudo evitar sentirse un poco tímida ante él, como le había pasado con el cordero; sin embargo, venció su timidez con un gran esfuerzo, cortó una tajada y se la ofreció a la Reina Roja.
«¡Qué impertinencia!» dijo el Pudin. «¡Me gustaría saber qué te parecería a ti si yo te cortara una tajada, criatura!»

Hablaba con una voz espesa, como de sebo, y Alicia no supo qué responder: solo podía quedarse sentada mirándolo, boquiabierta.
«Di algo», dijo la Reina Roja: «¡es ridículo dejarle toda la conversación al pudin!»
«¿Sabe que hoy me han recitado una cantidad enorme de poesía?», empezó Alicia, un poco asustada al ver que, en cuanto abría la boca, se hacía un silencio sepulcral y todos los ojos se clavaban en ella; «y me parece una cosa muy curiosa—todos los poemas trataban de peces de un modo u otro. ¿Sabe por qué les gustan tanto los peces por aquí?»
Se lo dijo a la Reina Roja, cuya respuesta no dio exactamente en el blanco. «En cuanto a peces», dijo, muy despacio y solemnemente, acercando la boca al oído de Alicia, «Su Majestad Blanca se sabe una adivinanza preciosa—toda en verso—toda sobre peces. ¿Quieres que la recite?»
«Su Majestad Roja es muy amable al mencionarlo», murmuró la Reina Blanca en el otro oído de Alicia, con una voz como el arrullo de una paloma. «¡Sería un placer tan grande! ¿Puedo?»
«Se lo ruego», dijo Alicia con mucha cortesía.
La Reina Blanca se rió encantada y acarició la mejilla de Alicia. Luego empezó:
«“Primero, hay que pescar el pez.” Es fácil: un bebé, creo yo, lo podría pescar. “Después, hay que comprar el pez.” Es fácil: con un penique, creo yo, se podría comprar.
“¡Ahora cocíname el pez!” Es fácil, y no llevará más de un minuto. “¡Que repose en una fuente!” Es fácil, porque ya está en ella, y punto.
“¡Tráelo aquí! ¡Quiero cenar!” Es fácil poner una fuente así en la mesa. “¡Quita la cubierta!” ¡Ah, es tan difícil que me temo que no podré con esa!
Pues la sujeta como cola— sujeta la tapa a la fuente, mientras él yace en medio: ¿qué es más fácil de hacer, des-cubrir el pez o descubrir la adivinanza?»
«Tómate un minuto para pensarlo, y luego adivina», dijo la Reina Roja. «Mientras tanto, brindaremos a tu salud—¡a la salud de la Reina Alicia!» gritó a voz en cuello, y todos los invitados se pusieron a beber al instante, y de una manera muy rara: algunos se colocaron las copas en la cabeza como apagavelas, y se bebían todo lo que les chorreaba por la cara—otros volcaban las licoreras y se bebían el vino que caía por los bordes de la mesa—y tres de ellos (que parecían canguros) se metieron a trompicones en la fuente del cordero asado y se pusieron a lamer la salsa con avidez, «¡igual que cerdos en un comedero!» pensó Alicia.
«Deberías dar las gracias con un discurso bien hecho», dijo la Reina Roja, mirando a Alicia con el ceño fruncido mientras hablaba.
«Tenemos que apoyarte, ¿sabes?», susurró la Reina Blanca, mientras Alicia se levantaba para hacerlo, muy obediente, pero un poco asustada.
«Muchas gracias», susurró ella a su vez, «pero me las arreglo muy bien sin apoyo.»
«Eso no sería en absoluto lo apropiado», dijo la Reina Roja, muy decidida; así que Alicia intentó someterse de buena gana.
(«¡Y cómo empujaban!» dijo después, cuando le contaba a su hermana la historia del banquete. «¡Cualquiera habría dicho que querían aplastarme!»)
Lo cierto es que le resultó bastante difícil mantenerse en su sitio mientras pronunciaba el discurso: las dos Reinas la empujaban tanto, una por cada lado, que casi la levantaban en el aire: «Me levanto para dar las gracias—», empezó Alicia; y de verdad se levantó mientras hablaba, varias pulgadas; pero se agarró al borde de la mesa y consiguió volver a bajar.
«¡Cuidado!» chilló la Reina Blanca, agarrando a Alicia del pelo con ambas manos. «¡Va a pasar algo!»
Y entonces (según lo describió Alicia después) pasaron toda clase de cosas en un instante. Las velas crecieron todas hasta el techo, y parecían un macizo de juncos con fuegos artificiales en la punta. En cuanto a las botellas, cada una cogió un par de platos, que se ajustaron a toda prisa a modo de alas, y así, con tenedores por patas, se pusieron a revolotear en todas direcciones: «y se parecen mucho a pájaros», pensó Alicia para sí, como buenamente pudo en medio de la espantosa confusión que empezaba.

En ese momento oyó una risa ronca a su lado, y se volvió para ver qué le pasaba a la Reina Blanca; pero, en lugar de la Reina, era la pierna de cordero la que estaba sentada en la silla. «¡Aquí estoy!» gritó una voz desde la sopera, y Alicia volvió a girarse, justo a tiempo de ver la ancha cara bonachona de la Reina sonriéndole un instante por encima del borde de la sopera, antes de desaparecer en la sopa.
No había un momento que perder. Varios de los invitados ya estaban tumbados en las fuentes, y el cucharón de la sopa avanzaba por la mesa hacia la silla de Alicia, haciéndole señas con impaciencia para que se apartara de su camino.
«¡No puedo aguantar esto ni un minuto más!» exclamó, poniéndose de un salto en pie y agarrando el mantel con las dos manos: un buen tirón, y platos, fuentes, invitados y velas se vinieron abajo con estrépito, todos juntos en un montón en el suelo.

«Y en cuanto a usted», prosiguió, volviéndose con fiereza hacia la Reina Roja, a quien consideraba la causante de todo el desaguisado—pero la Reina ya no estaba a su lado—de pronto había menguado hasta el tamaño de una muñequita, y ahora estaba sobre la mesa, corriendo alegremente en círculos detrás de su propio chal, que le arrastraba por detrás.
En cualquier otro momento, aquello habría sorprendido a Alicia, pero estaba demasiado alterada para que nada la sorprendiera ahora. «En cuanto a usted», repitió, atrapando a la pequeña criatura justo cuando saltaba por encima de una botella que acababa de posarse en la mesa, «¡la voy a sacudir hasta convertirla en una gatita, vaya si lo haré!»