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El jardín de las flores vivas

A través del espejo y lo que Alicia encontró allí · Lewis Carroll · traducido por Claude Opus

Alicia camina por un sendero sinuoso entre setos bajos, con la casa detrás y una colina verde a lo lejos.

«Vería el jardín mucho mejor», se dijo Alicia, «si pudiera llegar a lo alto de aquella colina; y aquí hay un sendero que lleva derecho a ella—bueno, no, derecho no lleva—» (después de recorrer unas cuantas yardas por el sendero y doblar varias curvas cerradas), «pero supongo que al final llegará. ¡Pero qué curiosamente se retuerce! ¡Más que un sendero parece un sacacorchos! Bueno, esta curva va a la colina, supongo—¡no, no va! ¡Esta vuelve derecha a la casa! Bueno, pues probaré por el otro lado.»

Y así lo hizo: anduvo arriba y abajo, probando una vuelta tras otra, pero volvía siempre a la casa, hiciera lo que hiciera. De hecho, una vez, al doblar una esquina algo más deprisa que de costumbre, se chocó contra ella antes de poder detenerse.

«No sirve de nada discutirlo», dijo Alicia, alzando la vista hacia la casa y haciendo como si la casa discutiera con ella. «Todavía no pienso volver a entrar. Sé que tendría que atravesar otra vez el espejo—volver a la vieja habitación—¡y se acabarían todas mis aventuras!»

Así que, dando resueltamente la espalda a la casa, emprendió una vez más el camino por el sendero, decidida a seguir todo recto hasta llegar a la colina. Durante unos minutos todo fue bien, y estaba justo diciendo: «Esta vez sí que lo consigo—», cuando el sendero dio un brusco giro y se sacudió (según lo describió ella después), y al instante siguiente se encontró entrando, ni más ni menos, por la puerta.

«¡Oh, esto ya es demasiado!» exclamó. «¡Nunca he visto una casa que se meta tanto en medio! ¡Nunca!»

Sin embargo, allí estaba la colina, bien a la vista, así que no había más remedio que volver a empezar. Esta vez fue a dar con un gran macizo de flores, con un borde de margaritas y un sauce que crecía en el centro.

Alicia llega a un macizo redondo bordeado de margaritas, con un sauce en el centro y lirios, rosas y espuelas de caballero sonrientes.

«Oh, Lirio Atigrado», dijo Alicia, dirigiéndose a uno que se mecía graciosamente al viento, «¡ojalá pudieras hablar!»

«Podemos hablar», dijo el Lirio Atigrado, «cuando hay alguien con quien merezca la pena hacerlo.»

Alicia, asombrada y con las manos juntas, escucha a un alto Lirio Atigrado moteado que tiene cara y le habla.

Alicia se quedó tan asombrada que durante un minuto no pudo decir nada: parecía que se le hubiera cortado por completo la respiración. Al fin, como el Lirio Atigrado no hacía más que seguir meciéndose, volvió a hablar, con voz tímida, casi en un susurro. «¿Y todas las flores saben hablar?»

«Tan bien como tú», dijo el Lirio Atigrado. «Y muchísimo más alto.»

«No es de buena educación que empecemos nosotras, ¿sabes?», dijo la Rosa, «¡y la verdad es que ya me estaba preguntando cuándo ibas a hablar! Me dije a mí misma: “¡Su cara tiene algo de sentido común, aunque no es una cara lista!” Aun así, tienes el color adecuado, y eso ayuda mucho.»

«A mí el color me da igual», observó el Lirio Atigrado. «Si tan solo tuviera los pétalos un poco más rizados, estaría perfecta.»

A Alicia no le gustaba que la criticaran, así que se puso a hacer preguntas. «¿No os da miedo a veces estar plantadas aquí fuera, sin nadie que os cuide?»

«Ahí está el árbol del centro», dijo la Rosa; «¿para qué otra cosa sirve?»

«Pero ¿qué podría hacer, si viniera algún peligro?» preguntó Alicia.

«Se pone a llorar a gritos: “¡Buaaa!”» exclamó una Margarita; «¡por eso lo llaman sauce llorón!»

«¿No lo sabías?» exclamó otra Margarita, y entonces todas se pusieron a gritar a la vez, hasta que el aire pareció lleno de vocecitas chillonas. «¡Silencio todas!» gritó el Lirio Atigrado, agitándose apasionadamente de un lado a otro y temblando de excitación. «¡Saben que no puedo alcanzarlas!» jadeó, inclinando hacia Alicia su cabeza temblorosa, «¡si no, no se atreverían a hacerlo!»

«¡No importa!» dijo Alicia en tono tranquilizador, e inclinándose hacia las margaritas, que estaban a punto de empezar otra vez, les susurró: «¡Si no os calláis, os arranco!»

Alicia, agachada junto al macizo, susurra algo a una fila de margaritas asustadas mientras el Lirio Atigrado observa.

Al instante se hizo el silencio, y varias de las margaritas rosas se pusieron blancas.

«¡Así me gusta!» dijo el Lirio Atigrado. «Las margaritas son las peores de todas. Cuando una habla, empiezan todas a la vez, ¡y basta con oír cómo se ponen para marchitarse!»

«¿Cómo es que habláis todas tan bien?» dijo Alicia, con la esperanza de ponerlo de mejor humor con un cumplido. «He estado en muchos jardines antes, pero en ninguno sabían hablar las flores.»

«Baja la mano y toca el suelo», dijo el Lirio Atigrado. «Entonces sabrás por qué.»

Alicia lo hizo. «Está muy duro», dijo, «pero no veo qué tiene eso que ver.»

«En la mayoría de los jardines», dijo el Lirio Atigrado, «hacen los lechos demasiado blandos—así que las flores están siempre dormidas.»

Aquello sonaba a muy buena razón, y Alicia se alegró bastante de saberla. «¡Nunca se me había ocurrido!» dijo.

«Mi opinión es que a ti nunca se te ocurre nada», dijo la Rosa en un tono bastante severo.

«Nunca he visto a nadie con más cara de tonta», dijo una Violeta, tan de repente que Alicia dio un buen respingo, porque hasta entonces no había hablado.

Alicia da un respingo cuando una pícara Violeta morada asoma entre sus hojas, ante la mirada de la Rosa y el Lirio Atigrado.

«¡Cierra el pico!» exclamó el Lirio Atigrado. «¡Como si tú hubieras visto nunca a nadie! Te pasas el día con la cabeza metida bajo las hojas, roncando, hasta que sabes de lo que pasa en el mundo lo mismo que si fueras un capullo.»

«¿Hay más gente en el jardín aparte de mí?» dijo Alicia, prefiriendo no darse por enterada del último comentario de la Rosa.

«Hay otra flor en el jardín que puede moverse como tú», dijo la Rosa. «Me pregunto cómo lo hacéis—» («Tú siempre te lo estás preguntando todo», dijo el Lirio Atigrado), «pero ella es más frondosa que tú.»

«¿Se parece a mí?» preguntó Alicia con ansiedad, porque se le pasó por la cabeza este pensamiento: «¡Hay otra niña en algún lugar del jardín!»

«Bueno, tiene la misma forma desgarbada que tú», dijo la Rosa, «pero es más roja—y tiene los pétalos más cortos, me parece.»

«Tiene los pétalos bien recogidos, casi como una dalia», interrumpió el Lirio Atigrado, «y no revueltos de cualquier manera, como los tuyos.»

«Pero eso no es culpa tuya», añadió amablemente la Rosa; «es que estás empezando a marchitarte, ¿sabes?—y entonces no hay manera de evitar que los pétalos se desarreglen un poco.»

A Alicia no le gustó nada esta idea; así que, para cambiar de tema, preguntó: «¿Sale alguna vez por aquí?»

«Me atrevería a decir que pronto la verás», dijo la Rosa. «Es de las que tienen espinas.»

«¿Y dónde lleva las espinas?» preguntó Alicia con cierta curiosidad.

«Pues alrededor de toda la cabeza, naturalmente», respondió la Rosa. «Me extrañaba que tú no tuvieras también. Creía que era lo normal.»

«¡Ya viene!» exclamó la Espuela de Caballero. «¡Oigo sus pasos, pum, pum, pum, por el camino de grava!»

Alicia miró ansiosamente a su alrededor y vio que era la Reina Roja. «¡Cuánto ha crecido!» fue lo primero que dijo. Y era verdad: cuando Alicia la encontró en las cenizas, no medía más que tres pulgadas—¡y aquí estaba ahora, media cabeza más alta que la propia Alicia!

Alicia se vuelve con entusiasmo en el camino de grava mientras la alta Reina Roja, con su vestido carmesí, avanza a grandes pasos por el jardín.

«Es el aire fresco lo que hace eso», dijo la Rosa; «aquí fuera el aire es maravillosamente bueno.»

«Creo que iré a su encuentro», dijo Alicia, porque, aunque las flores eran bastante interesantes, le parecía que sería mucho más grandioso charlar con una Reina de verdad.

«Eso no puedes hacerlo de ninguna manera», dijo la Rosa; «yo te aconsejaría que fueras en dirección contraria.»

A Alicia aquello le pareció un disparate, así que no dijo nada y se puso enseguida en camino hacia la Reina Roja. Para su sorpresa, la perdió de vista en un instante, y se encontró entrando otra vez por la puerta principal.

Un poco irritada, retrocedió, y después de buscar a la reina por todas partes (y de divisarla al fin, muy a lo lejos), pensó que esta vez probaría el plan de andar en dirección contraria.

Dio un resultado espléndido. No llevaba ni un minuto andando cuando se encontró cara a cara con la Reina Roja, y con la colina a la que tanto tiempo llevaba intentando llegar bien a la vista.

En un camino al pie de la colina, la Reina Roja sermonea a Alicia con el dedo en alto mientras ella hace una reverencia.

«¿De dónde vienes?» dijo la Reina Roja. «¿Y adónde vas? Levanta la vista, habla con educación y no estés todo el rato jugueteando con los dedos.»

Alicia atendió a todas estas indicaciones y explicó, lo mejor que pudo, que había perdido su camino.

«No sé qué quieres decir con “tu” camino», dijo la Reina; «todos los caminos de por aquí me pertenecen—pero ¿por qué has venido aquí, para empezar?» añadió en un tono más amable. «Haz una reverencia mientras piensas qué decir, que así se ahorra tiempo.»

Alicia se quedó un poco extrañada, pero la Reina le imponía demasiado respeto para no creerla. «Lo probaré cuando vuelva a casa», pensó para sí, «la próxima vez que llegue un poco tarde a cenar.»

«Ya es hora de que contestes», dijo la Reina, mirando su reloj; «abre la boca un poco más cuando hables, y di siempre “Majestad”.»

«Solo quería ver cómo era el jardín, Majestad—»

«Así me gusta», dijo la Reina, dándole unas palmaditas en la cabeza, cosa que a Alicia no le gustó nada, «aunque, cuando dices “jardín”—yo he visto jardines al lado de los cuales este sería un desierto.»

Alicia no se atrevió a discutir la cuestión, sino que prosiguió: «—y pensé que intentaría encontrar el camino hasta lo alto de aquella colina—»

«Cuando dices “colina”», interrumpió la Reina, «yo podría enseñarte colinas al lado de las cuales a esa la llamarías un valle.»

«No, eso no lo haría», dijo Alicia, tan sorprendida que al fin se atrevió a llevarle la contraria; «una colina no puede ser un valle, ¿sabe usted? Eso sería un disparate—»

La Reina Roja negó con la cabeza. «Puedes llamarlo “disparate” si quieres», dijo, «¡pero yo he oído disparates al lado de los cuales eso sería tan sensato como un diccionario!»

Alicia volvió a hacer una reverencia, porque por el tono de la Reina temía que estuviera un poco ofendida; y siguieron andando en silencio hasta llegar a lo alto de la pequeña colina.

Durante unos minutos Alicia se quedó sin hablar, contemplando el paisaje en todas direcciones—y era un paisaje de lo más curioso. Había una porción de arroyuelos diminutos que lo cruzaban en línea recta de un lado a otro, y el terreno de entre medias estaba dividido en casillas por una porción de pequeños setos verdes que iban de arroyo a arroyo.

«¡Vaya, si está dividido igual que un gran tablero de ajedrez!» dijo Alicia al fin. «Tendría que haber piezas moviéndose por alguna parte—¡y vaya si las hay!» Añadió esto en un tono encantado, y el corazón empezó a latirle deprisa de emoción mientras seguía hablando. «Es una partida de ajedrez enorme, inmensa, la que se está jugando—por todo el mundo—si es que esto es el mundo, ¿sabes? ¡Oh, qué divertido! ¡Cómo me gustaría ser una de ellas! No me importaría ser un Peón, con tal de poder jugar—aunque, claro, lo que más me gustaría sería ser Reina.»

Desde lo alto de la colina, Alicia y la Reina Roja contemplan un paisaje dividido como un enorme tablero de ajedrez, con piezas en los campos.

Echó una mirada bastante tímida a la Reina de verdad mientras decía esto, pero su compañera se limitó a sonreír amablemente y dijo: «Eso se arregla fácilmente. Puedes ser el Peón de la Reina Blanca, si quieres, ya que Lily es demasiado pequeña para jugar; y para empezar estás en la Segunda Casilla: cuando llegues a la Octava Casilla serás Reina—» Justo en ese momento, sin saber muy bien cómo, echaron a correr.

Alicia nunca consiguió entender del todo, cuando lo pensó después, cómo fue que empezaron: lo único que recuerda es que iban corriendo de la mano, y que la Reina iba tan deprisa que a duras penas podía seguirla; y aun así la Reina no dejaba de gritar: «¡Más deprisa! ¡Más deprisa!» pero Alicia sentía que no podía ir más deprisa, aunque no le quedaba aliento para decirlo.

La Reina Roja corre a toda velocidad tirando de Alicia de la mano, con el pelo de la niña ondeando tras ella.

Lo más curioso de todo era que los árboles y las demás cosas que las rodeaban no cambiaban nunca de sitio: por muy deprisa que fueran, nunca parecían dejar nada atrás. «¿Se moverán todas las cosas con nosotras?» pensó la pobre Alicia, desconcertada. Y la Reina pareció adivinarle el pensamiento, porque gritó: «¡Más deprisa! ¡No intentes hablar!»

No es que Alicia tuviera la menor intención de hacerlo. Sentía que nunca más iba a poder volver a hablar, de lo sin aliento que se estaba quedando; y aun así la Reina gritaba: «¡Más deprisa! ¡Más deprisa!» y la llevaba a rastras. «¿Falta mucho para llegar?» consiguió decir Alicia al fin, jadeando.

«¿Que si falta mucho?» repitió la Reina. «¡Pero si lo pasamos hace diez minutos! ¡Más deprisa!» Y siguieron corriendo un rato en silencio, con el viento silbándole a Alicia en los oídos y casi arrancándole el pelo de la cabeza, o eso le pareció.

«¡Ahora! ¡Ahora!» gritó la Reina. «¡Más deprisa! ¡Más deprisa!» Y fueron tan deprisa que al final parecían deslizarse por el aire, apenas rozando el suelo con los pies, hasta que de pronto, justo cuando Alicia estaba ya agotada, se detuvieron, y se encontró sentada en el suelo, sin aliento y mareada.

La Reina la apoyó contra un árbol y le dijo amablemente: «Ahora puedes descansar un poco.»

Alicia miró a su alrededor muy sorprendida. «¡Pero si creo que hemos estado debajo de este árbol todo el rato! ¡Todo está igual que estaba!»

«Naturalmente», dijo la Reina; «¿cómo querías que estuviera?»

«Bueno, en mi país», dijo Alicia, todavía jadeando un poco, «normalmente se llega a algún otro sitio—si se corre muy deprisa durante mucho rato, como hemos hecho nosotras.»

«¡Qué país más lento!» dijo la Reina. «Aquí, ya ves, hace falta correr todo lo que puedas para quedarte en el mismo sitio. ¡Si quieres llegar a otro sitio, tienes que correr por lo menos el doble de deprisa!»

«¡Preferiría no intentarlo, por favor!» dijo Alicia. «Estoy muy contenta de quedarme aquí—¡solo que tengo tanto calor y tanta sed!»

«¡Ya sé lo que te apetece!» dijo la Reina con buen talante, sacándose del bolsillo una cajita. «¿Quieres una galleta?»

Alicia, sin aliento, está sentada contra un gran árbol mientras la Reina Roja se inclina para ofrecerle una galleta seca de una cajita.

A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era en absoluto lo que quería. Así que la cogió y se la comió lo mejor que pudo; y estaba sequísima; y pensó que nunca en toda su vida había estado tan a punto de atragantarse.

«Mientras te refrescas», dijo la Reina, «voy a tomar las medidas.» Y sacó del bolsillo una cinta marcada en pulgadas y empezó a medir el terreno y a clavar estaquitas aquí y allá.

«Al cabo de dos yardas», dijo, clavando una estaca para marcar la distancia, «te daré tus instrucciones—¿quieres otra galleta?»

«No, gracias», dijo Alicia; «¡con una tengo bastante!»

«¿Se te ha quitado la sed, espero?» dijo la Reina.

Alicia no supo qué contestar a esto, pero por suerte la Reina no esperó la respuesta, sino que prosiguió. «Al cabo de tres yardas te las repetiré—por si se te olvidan. Al cabo de cuatro, te diré adiós. ¡Y al cabo de cinco, me iré!»

Para entonces ya había clavado todas las estacas, y Alicia la observó con gran interés mientras volvía al árbol y luego empezaba a recorrer despacio la hilera.

En la estaca de las dos yardas se dio la vuelta y dijo: «Un peón avanza dos casillas en su primer movimiento, ¿sabes? Así que pasarás muy deprisa por la Tercera Casilla—en tren, me imagino—y en un abrir y cerrar de ojos te encontrarás en la Cuarta Casilla. Bueno, esa casilla es de Tararí y Tarará—la Quinta es casi toda agua—la Sexta es de Humpty Dumpty—Pero ¿no comentas nada?»

La Reina Roja, junto a una hilera de estacas y con su cinta de medir, alza un dedo para dar instrucciones mientras Alicia la mira desde debajo del árbol.

«Yo—yo no sabía que tuviera que comentar nada—precisamente ahora», balbuceó Alicia.

«Tendrías que haber dicho: “Es usted extremadamente amable al contarme todo esto”—en fin, supondremos que lo has dicho—la Séptima Casilla es toda bosque—pero uno de los Caballeros te enseñará el camino—¡y en la Octava Casilla seremos Reinas juntas, y todo será banquetes y diversión!» Alicia se levantó, hizo una reverencia y volvió a sentarse.

En la siguiente estaca la Reina volvió a darse la vuelta, y esta vez dijo: «Habla en francés cuando no te acuerdes de cómo se dice una cosa en inglés—saca las puntas de los pies hacia fuera al andar—¡y recuerda quién eres!» Esta vez no esperó a que Alicia hiciera la reverencia, sino que siguió andando deprisa hasta la estaca siguiente, donde se volvió un momento para decir «adiós», y luego se apresuró hacia la última.

Alicia nunca supo cómo ocurrió, pero exactamente al llegar a la última estaca, desapareció. Si se desvaneció en el aire o si se metió corriendo en el bosque («¡y sí que sabe correr deprisa!» pensó Alicia), no había manera de adivinarlo; pero había desaparecido, y Alicia empezó a recordar que era un Peón y que pronto le tocaría mover.