Tras bajar del muro de porcelana, los viajeros se encontraron en una comarca desagradable, llena de ciénagas y pantanos y cubierta de hierba alta y espesa. Era difícil caminar sin caer en hoyos de barro, pues la hierba era tan tupida que los ocultaba a la vista. Sin embargo, escogiendo el camino con cuidado, avanzaron sin peligro hasta que alcanzaron terreno firme. Pero aquí la comarca parecía más salvaje que nunca, y tras una larga y fatigosa caminata entre la maleza entraron en otro bosque, donde los árboles eran más grandes y más viejos que cualquiera que hubieran visto jamás.
—Este bosque es una verdadera delicia —declaró el León, mirando a su alrededor con alegría—. Nunca he visto un lugar más hermoso.
—Parece lúgubre —dijo el Espantapájaros.
—Ni un poquito —respondió el León—. Me gustaría vivir aquí toda mi vida. Mira qué suaves son las hojas secas bajo tus pies y qué espeso y verde es el musgo que se aferra a estos viejos árboles. Sin duda ninguna bestia salvaje podría desear un hogar más agradable.
—Quizá haya bestias salvajes en el bosque ahora mismo —dijo Dorothy.
—Supongo que sí —respondió el León—, pero no veo ninguna por aquí.
Caminaron por el bosque hasta que se hizo demasiado oscuro para seguir adelante. Dorothy, Totó y el León se echaron a dormir, mientras el Leñador y el Espantapájaros velaban por ellos como de costumbre.
Cuando llegó la mañana, se pusieron de nuevo en marcha. No habían avanzado mucho cuando oyeron un rumor sordo, como el gruñido de muchos animales salvajes. Totó gimió un poco, pero ninguno de los demás se asustó, y siguieron por el sendero bien trillado hasta que llegaron a un claro del bosque en el que se habían reunido cientos de bestias de toda clase. Había tigres, elefantes, osos, lobos, zorros y todos los demás animales de la historia natural, y por un momento Dorothy tuvo miedo. Pero el León explicó que los animales estaban celebrando una asamblea, y por sus gruñidos y rugidos juzgó que se hallaban en un grave aprieto.
Mientras hablaba, varias de las bestias lo divisaron, y al instante la gran asamblea enmudeció como por arte de magia. El mayor de los tigres se acercó al León y se inclinó, diciendo:
—¡Bienvenido, oh Rey de las Bestias! Has llegado en buen momento para combatir a nuestro enemigo y devolver la paz a todos los animales del bosque.
—¿Cuál es vuestro problema? —preguntó el León con calma.
—Todos estamos amenazados —respondió el tigre— por un feroz enemigo que ha llegado hace poco a este bosque. Es un monstruo tremendo, como una araña gigantesca, con un cuerpo tan grande como un elefante y patas tan largas como el tronco de un árbol. Tiene ocho de esas largas patas, y mientras el monstruo se arrastra por el bosque atrapa a un animal con una pata y lo arrastra hasta su boca, donde se lo come como una araña se come a una mosca. Ninguno de nosotros está a salvo mientras esa feroz criatura siga viva, y habíamos convocado una asamblea para decidir cómo protegernos cuando tú llegaste entre nosotros.
El León reflexionó un momento.
—¿Hay otros leones en este bosque? —preguntó.
—No; había algunos, pero el monstruo se los ha comido a todos. Y, además, ninguno de ellos era ni de lejos tan grande y valiente como tú.
—Si acabo con vuestro enemigo, ¿os inclinaréis ante mí y me obedeceréis como Rey del Bosque? —inquirió el León.
—Lo haremos con gusto —respondió el tigre; y todas las demás bestias rugieron con un rugido poderoso—: ¡Lo haremos!
—¿Dónde está ahora esa gran araña vuestra? —preguntó el León.
—Allá, entre los robles —dijo el tigre, señalando con la pata delantera.
—Cuidad bien de estos amigos míos —dijo el León—, y yo iré en seguida a luchar contra el monstruo.
Se despidió de sus compañeros y se alejó con orgullo para entablar batalla con el enemigo.
La gran araña estaba dormida cuando el León la encontró, y era tan fea que su adversario arrugó la nariz con repugnancia. Sus patas eran tan largas como había dicho el tigre, y su cuerpo estaba cubierto de un pelo negro y áspero. Tenía una boca enorme, con una hilera de dientes afilados de un pie de largo; pero la cabeza estaba unida al cuerpo rechoncho por un cuello tan delgado como la cintura de una avispa. Esto le dio al León una idea de la mejor manera de atacar a la criatura, y como sabía que era más fácil combatirla dormida que despierta, dio un gran salto y cayó justo sobre el lomo del monstruo. Luego, de un solo golpe de su pesada zarpa, armada de afiladas garras, le arrancó la cabeza del cuerpo a la araña. Bajó de un salto y la observó hasta que las largas patas dejaron de agitarse, y entonces supo que estaba bien muerta.
El León regresó al claro donde lo esperaban las bestias del bosque y dijo con orgullo:
—Ya no tenéis que temer a vuestro enemigo.
Entonces las bestias se inclinaron ante el León como su Rey, y él prometió volver y gobernarlas tan pronto como Dorothy estuviera a salvo camino de Kansas.