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El arte mágico del Gran Farsante

El maravilloso Mago de Oz · L. Frank Baum · translated by AI translation (unreviewed)

A la mañana siguiente, el Espantapájaros dijo a sus amigos:

—Felicitadme. Voy a ver a Oz para conseguir por fin mi cerebro. Cuando vuelva seré como los demás hombres.

—A mí siempre me has gustado tal como eras —dijo Dorothy con sencillez.

—Es muy amable de tu parte que te guste un Espantapájaros —replicó él—. Pero seguro que me tendrás en más estima cuando oigas los espléndidos pensamientos que va a producir mi nuevo cerebro. Luego se despidió de todos con voz alegre y se dirigió a la Sala del Trono, donde llamó a la puerta.

—Adelante —dijo Oz.

El Espantapájaros entró y encontró al hombrecillo sentado junto a la ventana, sumido en profundas reflexiones.

—He venido por mi cerebro —observó el Espantapájaros, un poco inquieto.

—Ah, sí; siéntate en esa silla, por favor —replicó Oz—. Tendrás que perdonarme que te quite la cabeza, pero habré de hacerlo para poner el cerebro en su sitio.

—No importa —dijo el Espantapájaros—. Puede usted quitarme la cabeza con toda libertad, siempre que sea una cabeza mejor cuando vuelva a ponérmela.

Así que el Mago le desató la cabeza y vació la paja. Luego pasó al cuarto de atrás y tomó una medida de salvado, que mezcló con gran cantidad de alfileres y agujas. Después de agitarlo todo bien, llenó la parte de arriba de la cabeza del Espantapájaros con la mezcla y rellenó el resto del espacio con paja, para mantenerla en su sitio.

Cuando hubo vuelto a sujetar la cabeza del Espantapájaros a su cuerpo, le dijo: —De ahora en adelante serás un gran hombre, pues te he dado un cerebro nuevecito y lleno de salvado.

El Espantapájaros estaba a la vez contento y orgulloso de ver cumplido su mayor deseo, y después de dar las gracias a Oz con calor volvió junto a sus amigos.

Dorothy lo miró con curiosidad. Tenía la cabeza muy abultada por arriba, a causa del cerebro.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—Me siento verdaderamente sabio —respondió él con seriedad—. Cuando me acostumbre a mi cerebro lo sabré todo.

—¿Por qué te salen esas agujas y alfileres de la cabeza? —preguntó el Leñador de Hojalata.

—Eso demuestra que es agudo —observó el León.

—Bueno, yo debo ir a ver a Oz para conseguir mi corazón —dijo el Leñador. Así que se dirigió a la Sala del Trono y llamó a la puerta.

—Adelante —llamó Oz, y el Leñador entró y dijo—: He venido por mi corazón.

—Muy bien —respondió el hombrecillo—. Pero tendré que abrirte un agujero en el pecho, para poder colocar el corazón en el lugar correcto. Espero que no te haga daño.

—Oh, no —respondió el Leñador—. No lo sentiré en absoluto.

Así que Oz trajo unas tijeras de hojalatero y cortó un agujero pequeño y cuadrado en el lado izquierdo del pecho del Leñador de Hojalata. Luego, acercándose a una cómoda, sacó un bonito corazón, hecho todo de seda y relleno de serrín.

—¿No es una preciosidad? —preguntó.

—¡Lo es, desde luego! —replicó el Leñador, que estaba muy complacido—. Pero ¿es un corazón bondadoso?

—¡Oh, mucho! —respondió Oz. Puso el corazón en el pecho del Leñador y luego volvió a colocar el cuadrado de hojalata, soldándolo con esmero por donde había sido cortado.

—Ya está —dijo—; ahora tienes un corazón del que cualquier hombre podría estar orgulloso. Siento haber tenido que ponerte un parche en el pecho, pero de verdad que no había otro remedio.

—No se preocupe por el parche —exclamó el Leñador, feliz—. Le estoy muy agradecido y jamás olvidaré su bondad.

—No hay de qué —replicó Oz.

Luego el Leñador de Hojalata volvió junto a sus amigos, que le desearon toda clase de alegrías por su buena fortuna.

El León se dirigió entonces a la Sala del Trono y llamó a la puerta.

—Adelante —dijo Oz.

—He venido por mi valor —anunció el León al entrar en la sala.

—Muy bien —respondió el hombrecillo—; te lo traeré.

Fue a un armario y, alargando el brazo hasta un estante alto, bajó una botella verde y cuadrada, cuyo contenido vertió en un plato de oro verdoso, bellamente labrado. Colocándolo ante el León Cobarde, que lo olfateó como si no le gustara, el Mago dijo:

—Bebe.

—¿Qué es? —preguntó el León.

—Bueno —respondió Oz—, si estuviera dentro de ti, sería valor. Sabes, por supuesto, que el valor siempre está dentro de uno; de modo que esto en realidad no puede llamarse valor hasta que te lo hayas tragado. Por lo tanto, te aconsejo que lo bebas cuanto antes.

El León no vaciló más y bebió hasta que el plato quedó vacío.

—¿Cómo te sientes ahora? —preguntó Oz.

—Lleno de valor —replicó el León, que volvió gozoso junto a sus amigos para contarles su buena fortuna.

Oz, una vez solo, sonrió al pensar en el éxito que había tenido dando al Espantapájaros, al Leñador de Hojalata y al León exactamente lo que creían desear. —¿Cómo no voy a ser un farsante —dijo—, cuando toda esta gente me hace hacer cosas que todo el mundo sabe que no pueden hacerse? Fue fácil hacer felices al Espantapájaros, al León y al Leñador, porque imaginaban que yo podía hacer cualquier cosa. Pero hará falta algo más que imaginación para llevar a Dorothy de vuelta a Kansas, y de verdad que no sé cómo puede hacerse.