Nuestro pequeño grupo de viajeros despertó a la mañana siguiente descansado y lleno de esperanza, y Dorothy desayunó como una princesa con melocotones y ciruelas de los árboles de la orilla del río. Detrás de ellos quedaba el oscuro bosque que habían atravesado sanos y salvos, aunque habían sufrido muchos desalientos; pero delante se extendía una comarca hermosa y soleada que parecía invitarlos a seguir hacia la Ciudad Esmeralda.
Cierto es que el ancho río los separaba ahora de aquella hermosa tierra. Pero la balsa estaba casi terminada, y después de que el Leñador de Hojalata cortara unos cuantos troncos más y los sujetara con clavijas de madera, estuvieron listos para partir. Dorothy se sentó en medio de la balsa con Totó en brazos. Cuando el León Cobarde subió a la balsa, esta se inclinó peligrosamente, porque era grande y pesado; pero el Espantapájaros y el Leñador de Hojalata se colocaron en el otro extremo para equilibrarla, y llevaban en las manos largas pértigas para impulsar la balsa por el agua.
Al principio les fue bastante bien, pero cuando llegaron a la mitad del río la rápida corriente arrastró la balsa aguas abajo, cada vez más lejos del camino de ladrillos amarillos. Y el agua se hizo tan profunda que las largas pértigas ya no tocaban el fondo.
—Esto es malo —dijo el Leñador de Hojalata—, porque si no podemos llegar a tierra nos arrastrará hasta el país de la Bruja Mala del Oeste, y ella nos hechizará y nos convertirá en sus esclavos.
—Y entonces yo no conseguiría cerebro —dijo el Espantapájaros.
—Y yo no conseguiría valor —dijo el León Cobarde.
—Y yo no conseguiría un corazón —dijo el Leñador de Hojalata.
—Y yo nunca volvería a Kansas —dijo Dorothy.
—Tenemos que llegar a la Ciudad Esmeralda como sea, si podemos —continuó el Espantapájaros, y empujó con tanta fuerza su larga pértiga que esta se quedó clavada en el barro del fondo del río. Entonces, antes de que pudiera sacarla de nuevo —o soltarla—, la corriente se llevó la balsa, y el pobre Espantapájaros se quedó agarrado a la pértiga en medio del río.
—¡Adiós! —les gritó mientras se alejaban, y a ellos les dio mucha pena dejarlo. De hecho, el Leñador de Hojalata empezó a llorar, pero por fortuna recordó que podía oxidarse, y se secó las lágrimas en el delantal de Dorothy.
Por supuesto, aquello era una desgracia para el Espantapájaros.
«Ahora estoy peor que cuando conocí a Dorothy —pensó—. Entonces estaba clavado en un palo en un maizal, donde al menos podía fingir que espantaba a los cuervos. Pero seguro que un Espantapájaros clavado en un palo en medio de un río no sirve para nada. ¡Temo que, después de todo, nunca tendré cerebro!».
La balsa siguió flotando río abajo, y el pobre Espantapájaros quedó muy atrás. Entonces el León dijo:
—Hay que hacer algo para salvarnos. Creo que puedo nadar hasta la orilla y arrastrar la balsa detrás de mí, con tal de que os agarréis bien a la punta de mi cola.
Así que se lanzó al agua, y el Leñador de Hojalata se agarró con fuerza a su cola. Entonces el León empezó a nadar con todas sus fuerzas hacia la orilla. Fue un trabajo duro, a pesar de lo grande que era; pero poco a poco salieron de la corriente, y entonces Dorothy tomó la larga pértiga del Leñador de Hojalata y ayudó a empujar la balsa hasta tierra.
Estaban todos agotados cuando por fin llegaron a la orilla y pisaron la hermosa hierba verde, y sabían además que la corriente los había llevado muy lejos del camino de ladrillos amarillos que conducía a la Ciudad Esmeralda.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el Leñador de Hojalata, mientras el León se tendía en la hierba para que el sol lo secara.
—Tenemos que volver al camino de algún modo —dijo Dorothy.
—Lo mejor será caminar por la orilla del río hasta que encontremos de nuevo el camino —comentó el León.
Así que, cuando hubieron descansado, Dorothy recogió su cesta y echaron a andar por la ribera cubierta de hierba, hacia el camino del que el río los había alejado. Era una comarca encantadora, con abundancia de flores y árboles frutales y sol para alegrarlos, y si no hubieran sentido tanta pena por el pobre Espantapájaros, habrían podido ser muy felices.
Caminaron tan deprisa como pudieron, y Dorothy solo se detuvo una vez para recoger una flor hermosa; y al cabo de un rato el Leñador de Hojalata exclamó: —¡Mirad!
Entonces todos miraron hacia el río y vieron al Espantapájaros encaramado a su pértiga en medio del agua, con aspecto muy solitario y triste.
—¿Qué podemos hacer para salvarlo? —preguntó Dorothy.
El León y el Leñador negaron ambos con la cabeza, porque no lo sabían. Así que se sentaron en la orilla y contemplaron con añoranza al Espantapájaros hasta que pasó volando una Cigüeña que, al verlos, se detuvo a descansar al borde del agua.
—¿Quiénes sois y adónde vais? —preguntó la Cigüeña.
—Yo soy Dorothy —respondió la niña—, y estos son mis amigos, el Leñador de Hojalata y el León Cobarde; y vamos a la Ciudad Esmeralda.
—Este no es el camino —dijo la Cigüeña, torciendo su largo cuello y mirando con atención al extraño grupo.
—Lo sé —repuso Dorothy—, pero hemos perdido al Espantapájaros, y nos preguntamos cómo podremos recuperarlo.
—¿Dónde está? —preguntó la Cigüeña.
—Allí, en el río —respondió la niña.
—Si no fuera tan grande y pesado, os lo traería —comentó la Cigüeña.
—No pesa nada de nada —dijo Dorothy con vehemencia—, porque está relleno de paja; y si nos lo traes de vuelta, te lo agradeceremos muchísimo, muchísimo.
—Bueno, lo intentaré —dijo la Cigüeña—, pero si veo que pesa demasiado para llevarlo, tendré que soltarlo otra vez en el río.
Así que la gran ave se elevó por el aire y voló sobre el agua hasta llegar a donde el Espantapájaros estaba encaramado a su pértiga. Entonces la Cigüeña, con sus grandes garras, agarró al Espantapájaros por el brazo y lo llevó por el aire de vuelta a la orilla, donde estaban sentados Dorothy, el León, el Leñador de Hojalata y Totó.
Cuando el Espantapájaros se encontró de nuevo entre sus amigos, se puso tan contento que los abrazó a todos, incluso al León y a Totó; y mientras caminaban iba cantando «¡Tol-de-ri-de-oh!» a cada paso, tan alegre se sentía.
—Temía tener que quedarme en el río para siempre —dijo—, pero la bondadosa Cigüeña me salvó, y si alguna vez consigo cerebro volveré a buscar a la Cigüeña y le haré algún favor a cambio.
—No hay de qué —dijo la Cigüeña, que volaba a su lado—. Siempre me gusta ayudar a quien está en apuros. Pero ahora debo irme, porque mis pequeños me esperan en el nido. Espero que encontréis la Ciudad Esmeralda y que Oz os ayude.
—Gracias —respondió Dorothy, y entonces la bondadosa Cigüeña se elevó por el aire y pronto se perdió de vista.
Siguieron caminando mientras escuchaban el canto de los pájaros de vivos colores y contemplaban las hermosas flores, que ahora se volvían tan abundantes que el suelo estaba alfombrado de ellas. Había grandes flores amarillas y blancas y azules y moradas, además de enormes macizos de amapolas escarlatas, de un color tan brillante que casi deslumbraban los ojos de Dorothy.
—¿No son preciosas? —preguntó la niña, mientras aspiraba el aroma especiado de las flores brillantes.
—Supongo que sí —respondió el Espantapájaros—. Cuando tenga cerebro, probablemente me gustarán más.
—Si yo tuviera corazón, las amaría —añadió el Leñador de Hojalata.
—A mí siempre me han gustado las flores —dijo el León—. Parecen tan indefensas y frágiles. Pero en el bosque no hay ninguna tan brillante como estas.
Ahora encontraban cada vez más de las grandes amapolas escarlatas, y cada vez menos de las otras flores; y pronto se hallaron en medio de un gran prado de amapolas. Ahora bien, es bien sabido que cuando hay muchas de estas flores juntas su olor es tan poderoso que quien lo respira se queda dormido, y si no se aleja al durmiente del aroma de las flores, sigue durmiendo y durmiendo para siempre. Pero Dorothy no lo sabía, ni podía alejarse de las flores de un rojo brillante que había por todas partes a su alrededor; así que pronto se le hicieron pesados los párpados y sintió que debía sentarse a descansar y dormir.
Pero el Leñador de Hojalata no se lo permitió.
—Tenemos que darnos prisa y volver al camino de ladrillos amarillos antes de que oscurezca —dijo; y el Espantapájaros estuvo de acuerdo con él. Así que siguieron caminando hasta que Dorothy no pudo mantenerse más en pie. Los ojos se le cerraron a pesar suyo, olvidó dónde estaba y cayó entre las amapolas, profundamente dormida.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el Leñador de Hojalata.
—Si la dejamos aquí, morirá —dijo el León—. El olor de las flores nos está matando a todos. Yo mismo apenas puedo mantener los ojos abiertos, y el perro ya está dormido.
Era cierto; Totó se había desplomado junto a su pequeña dueña. Pero al Espantapájaros y al Leñador de Hojalata, que no eran de carne, no les afectaba el aroma de las flores.
—Corre deprisa —le dijo el Espantapájaros al León— y sal de este mortífero lecho de flores tan pronto como puedas. Nosotros llevaremos a la niña, pero si tú te quedaras dormido, eres demasiado grande para que te carguemos.
Así que el León se espabiló y salió disparado hacia delante tan deprisa como pudo. En un momento se perdió de vista.
—Hagamos una silla con las manos y llevémosla —dijo el Espantapájaros. Así que recogieron a Totó y pusieron al perro en el regazo de Dorothy, y luego formaron una silla con las manos a modo de asiento y los brazos a modo de brazos, y llevaron entre los dos a la niña dormida a través de las flores.
Caminaron y caminaron, y parecía que la gran alfombra de flores mortíferas que los rodeaba no iba a terminar nunca. Siguieron la curva del río, y por fin encontraron a su amigo el León, tendido y profundamente dormido entre las amapolas. Las flores habían sido demasiado fuertes para la enorme bestia, y al final se había rendido y había caído a muy poca distancia del final del campo de amapolas, donde la hierba fresca se extendía ante ellos en hermosos prados verdes.
—No podemos hacer nada por él —dijo el Leñador de Hojalata con tristeza—, porque pesa demasiado para levantarlo. Tendremos que dejarlo aquí, durmiendo para siempre, y quizá sueñe que por fin ha encontrado el valor.
—Lo siento —dijo el Espantapájaros—. El León era un compañero muy bueno para ser tan cobarde. Pero sigamos adelante.
Llevaron a la niña dormida a un lugar hermoso junto al río, lo bastante lejos del campo de amapolas para que no respirara más el veneno de las flores, y allí la depositaron con suavidad sobre la hierba blanda y esperaron a que la brisa fresca la despertara.