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El camino a través del bosque

El maravilloso Mago de Oz · L. Frank Baum · translated by AI translation (unreviewed)

Al cabo de unas horas el camino empezó a volverse accidentado, y andar se hizo tan difícil que el Espantapájaros tropezaba a menudo con los ladrillos amarillos, que allí eran muy desiguales. A veces, incluso, estaban rotos o faltaban del todo, dejando agujeros que Totó saltaba y Dorothy rodeaba. En cuanto al Espantapájaros, como no tenía cerebro, caminaba en línea recta, así que metía el pie en los agujeros y caía cuan largo era sobre los duros ladrillos. Sin embargo, nunca se hacía daño, y Dorothy lo recogía y lo ponía otra vez en pie, mientras él se unía a ella para reírse alegremente de su propio percance.

Las granjas de por allí no estaban ni de lejos tan bien cuidadas como las que habían dejado atrás. Había menos casas y menos árboles frutales, y cuanto más avanzaban, más lúgubre y solitaria se volvía la comarca.

A mediodía se sentaron junto al camino, cerca de un arroyuelo, y Dorothy abrió su cesta y sacó un poco de pan. Le ofreció un trozo al Espantapájaros, pero él lo rechazó.

—Nunca tengo hambre —dijo—, y es una suerte que así sea, porque mi boca solo está pintada, y si le abriera un agujero para poder comer, se me saldría la paja de la que estoy relleno, y eso estropearía la forma de mi cabeza.

Dorothy vio enseguida que era verdad, así que se limitó a asentir y siguió comiendo su pan.

—Cuéntame algo de ti y del país del que vienes —dijo el Espantapájaros cuando ella hubo terminado su comida. Así que ella le habló de Kansas, de lo gris que era todo allí y de cómo el ciclón la había traído a este extraño País de Oz.

El Espantapájaros escuchó con atención y dijo: —No entiendo por qué quieres dejar este hermoso país para volver a ese lugar seco y gris que llamas Kansas.

—Eso es porque no tienes cerebro —respondió la niña—. Por muy tristes y grises que sean nuestros hogares, nosotros, las personas de carne y hueso, preferimos vivir allí antes que en cualquier otro país, por hermoso que sea. No hay lugar como el hogar.

El Espantapájaros suspiró.

—Claro que no puedo entenderlo —dijo—. Si tuvierais la cabeza rellena de paja, como yo, probablemente viviríais todos en los lugares hermosos, y entonces Kansas se quedaría sin gente. Es una suerte para Kansas que tengáis cerebro.

—¿No quieres contarme un cuento mientras descansamos? —preguntó la niña.

El Espantapájaros la miró con reproche y respondió:

—Mi vida ha sido tan corta que en realidad no sé absolutamente nada. Me hicieron anteayer. Lo que ocurrió en el mundo antes de entonces me es del todo desconocido. Por suerte, cuando el granjero hizo mi cabeza, una de las primeras cosas que hizo fue pintarme las orejas, de modo que pude oír lo que pasaba. Había otro Munchkin con él, y lo primero que oí fue al granjero decir: «¿Qué te parecen estas orejas?».

»«No están derechas», respondió el otro.

»«No importa», dijo el granjero. «Son orejas de todos modos», lo cual era bien cierto.

»«Ahora haré los ojos», dijo el granjero. Así que pintó mi ojo derecho, y en cuanto estuvo terminado me encontré mirándolo a él y a todo lo que me rodeaba con muchísima curiosidad, pues era mi primera visión del mundo.

»«Es un ojo bastante bonito», comentó el Munchkin que observaba al granjero. «La pintura azul es justo el color para los ojos».

»«Creo que haré el otro un poco más grande», dijo el granjero. Y cuando el segundo ojo estuvo hecho, pude ver mucho mejor que antes. Luego hizo mi nariz y mi boca. Pero no hablé, porque entonces no sabía para qué servía una boca. Me divertí viendo cómo hacían mi cuerpo, mis brazos y mis piernas; y cuando por fin me sujetaron la cabeza, me sentí muy orgulloso, pues pensé que era un hombre tan bueno como cualquier otro.

»«Este tipo espantará a los cuervos enseguida», dijo el granjero. «Parece un hombre de verdad».

»«Pero si es un hombre», dijo el otro, y yo estuve muy de acuerdo con él. El granjero me llevó bajo el brazo hasta el maizal y me plantó en un palo alto, donde me encontraste. Poco después, él y su amigo se marcharon y me dejaron solo.

»No me gustó que me abandonaran así. Así que intenté caminar tras ellos. Pero mis pies no llegaban al suelo, y me vi obligado a quedarme en aquel palo. Era una vida muy solitaria, porque no tenía nada en que pensar, pues me habían hecho hacía muy poco. Muchos cuervos y otros pájaros llegaban volando al maizal, pero en cuanto me veían se alejaban de nuevo, creyendo que yo era un Munchkin; y eso me agradaba y me hacía sentir que era una persona de bastante importancia. Al poco rato, un cuervo viejo se acercó volando, y después de observarme con atención se posó en mi hombro y dijo:

»«Me pregunto si ese granjero pensó engañarme de esta manera tan torpe. Cualquier cuervo con sentido común vería que no eres más que un relleno de paja». Luego bajó de un salto a mis pies y se comió todo el maíz que quiso. Los demás pájaros, viendo que yo no le hacía ningún daño, vinieron también a comer el maíz, así que en poco tiempo había una gran bandada a mi alrededor.

»Eso me puso triste, pues demostraba que, después de todo, yo no era tan buen Espantapájaros; pero el viejo cuervo me consoló diciendo: «Si tuvieras cerebro en la cabeza, serías un hombre tan bueno como cualquiera de ellos, y mejor que algunos. El cerebro es lo único que vale la pena tener en este mundo, no importa si uno es cuervo u hombre».

»Cuando los cuervos se fueron, estuve pensando en ello y decidí que me esforzaría mucho por conseguir un cerebro. Por suerte llegaste tú y me bajaste del palo, y por lo que dices estoy seguro de que el Gran Oz me dará un cerebro en cuanto lleguemos a la Ciudad Esmeralda.

—Así lo espero —dijo Dorothy con sinceridad—, ya que pareces tan ansioso por tenerlo.

—Oh, sí; estoy ansioso —replicó el Espantapájaros—. Es una sensación tan incómoda saber que uno es un tonto.

—Bueno —dijo la niña—, vámonos. Y le entregó la cesta al Espantapájaros.

Ya no había cercas junto al camino, y la tierra era áspera y sin cultivar. Hacia el atardecer llegaron a un gran bosque, donde los árboles crecían tan grandes y tan juntos que sus ramas se entrelazaban por encima del camino de ladrillos amarillos. Bajo los árboles estaba casi oscuro, pues las ramas no dejaban pasar la luz del día; pero los viajeros no se detuvieron y se adentraron en el bosque.

—Si este camino entra, tiene que salir —dijo el Espantapájaros—, y como la Ciudad Esmeralda está al otro extremo del camino, debemos ir adonde nos lleve.

—Eso lo sabría cualquiera —dijo Dorothy.

—Desde luego; por eso lo sé yo —replicó el Espantapájaros—. Si hiciera falta cerebro para deducirlo, jamás lo habría dicho.

Al cabo de una hora más o menos, la luz se desvaneció y se encontraron avanzando a tropezones en la oscuridad. Dorothy no veía nada en absoluto, pero Totó sí, pues algunos perros ven muy bien en la oscuridad; y el Espantapájaros declaró que veía tan bien como de día. Así que ella se agarró de su brazo y logró seguir adelante bastante bien.

—Si ves alguna casa, o algún lugar donde podamos pasar la noche —dijo ella—, tienes que decírmelo, porque es muy incómodo caminar a oscuras.

Poco después, el Espantapájaros se detuvo.

—Veo una cabañita a nuestra derecha —dijo—, construida con troncos y ramas. ¿Vamos allí?

—Sí, por favor —respondió la niña—. Estoy agotada.

Así que el Espantapájaros la guio entre los árboles hasta que llegaron a la cabaña, y Dorothy entró y encontró en un rincón un lecho de hojas secas. Se acostó enseguida y, con Totó a su lado, pronto cayó en un sueño profundo. El Espantapájaros, que nunca se cansaba, se quedó de pie en otro rincón y esperó pacientemente a que llegara la mañana.