Este volumen está reverentemente dedicado a todos los buscadores de la verdad y amantes de la sabiduría
Prefacio
La idea del traductor de verter las Upanishads a un inglés claro y sencillo, accesible a los lectores occidentales, nació de una visita a un amigo de Boston en 1909. El caballero, que entonces luchaba contra una enfermedad mortal, tomó de su biblioteca una traducción de las Upanishads y, al abrirla, expresó su profundo pesar de que la forma oscura y desconocida le cerrara el paso a lo que sentía como una enseñanza profunda y vital.
El deseo de abrir las puertas cerradas de este antiguo tesoro, despertado entonces, condujo a una serie de clases sobre las Upanishads en el Centro Vedanta de Boston, en sus primeros tiempos en la calle St. Botolph. La traducción y el comentario ofrecidos entonces fueron transcritos y, tras una cuidadosa revisión, se publicaron en la revista mensual del Centro, «The Message of the East», en 1913 y 1914. Una revisión aún más detenida le ha dado su forma actual.
En la medida en que era compatible con una fiel versión del texto sánscrito, el Swami ha procurado a lo largo de toda su traducción eliminar cuanto pudiera parecer oscuro y confuso a la mente moderna. Conservando en notable medida el ritmo y la fuerza arcaica de los versos, ha tratado de no sacrificar la franqueza y la sencillez del estilo. Allí donde se ha visto obligado a emplear el término sánscrito por falta de un equivalente inglés exacto, lo ha interpretado siempre mediante una palabra inglesa familiar entre corchetes; y se ha hecho todo lo posible por disipar el sentimiento de extrañeza, a fin de que el lector occidental no se sienta forastero en las nuevas regiones del pensamiento que se le abren.
Aún más se ha esforzado el Swami por mantener la letra subordinada al espíritu. Toda Escritura es sólo secundariamente un documento histórico. Tratarla como mero objeto de curiosidad intelectual es privar al mundo de su mensaje más profundo. Si la humanidad ha de sacar el mayor provecho de su estudio, su llamado debe dirigirse ante todo a la conciencia espiritual; y uno de los méritos más destacados de la presente traducción reside en que el traductor emprende su labor no sólo con la grave solicitud del erudito cuidadoso, sino también con la profunda reverencia y el fervor del verdadero devoto.
El Editor
Boston, marzo de 1919
Índice
Introducción Isa-Upanishad Katha-Upanishad Kena-Upanishad
Introducción
Las Upanishads representan las cumbres más elevadas del pensamiento y la cultura del antiguo mundo indoario. Constituyen la parte de sabiduría o Gnana-Kanda de los Vedas, en contraste con el Karma-Kanda o parte sacrificial. En cada uno de los cuatro grandes Vedas, conocidos como Rik, Yajur, Sama y Atharva, hay una amplia porción que trata predominantemente de rituales y ceremonias, y cuyo propósito es mostrar al hombre cómo, por el camino de la acción recta, puede prepararse para una realización superior. A continuación, en cada Veda, viene otra porción llamada la Upanishad, que se ocupa por entero de lo esencial del discernimiento filosófico y de la visión espiritual suprema. Por esta razón las Upanishads son conocidas como el Vedanta, es decir, el fin o meta final de la sabiduría (Veda, sabiduría; anta, fin).
El nombre Upanishad ha sido interpretado de diversas maneras. Muchos sostienen que es una palabra sánscrita compuesta, Upa-ni-shad, que significa «sentarse a los pies de un maestro o en su presencia»; mientras que, según otras autoridades, significa «quebrantar» o «destruir» las ataduras de la ignorancia. Cualquiera que fuese la razón técnica de elegir este nombre, se eligió sin duda para ofrecer la imagen de ansiosos buscadores que «se acercan» a algún sabio Vidente en el retiro de un bosque del Himalaya, para aprender de él las verdades más profundas sobre el universo cósmico y Dios. Como estas enseñanzas se impartían por lo general en el silencio de algún retiro lejano, donde los ruidos del mundo no podían perturbar la tranquilidad de la vida contemplativa, se las conoce también como Aranyakas, Libros del Bosque. Otra razón de este nombre puede hallarse en el hecho de que estaban destinadas especialmente a los Vanaprasthas (quienes, habiendo cumplido todos sus deberes en el mundo, se habían retirado al bosque para dedicarse al estudio espiritual).
La forma que la enseñanza adoptó naturalmente fue la del diálogo, forma que más tarde adoptarían Platón y otros filósofos griegos. Como nada se escribía y toda la instrucción se transmitía oralmente, las Upanishads se llaman Srutis, «lo que se oye». El término se empleaba también en el sentido de revelado, pues las Upanishads se consideraban revelaciones directas de Dios; mientras que los Smritis, Escrituras menores «registradas por la memoria», eran obras tradicionales de origen puramente humano. Es un hecho significativo que en ningún lugar de las Upanishads se menciona a autor o recopilador alguno.
No es posible fijar una fecha para el origen de las Upanishads, porque el texto escrito no limita su antigüedad. La palabra Sruti nos lo deja claro. Probablemente la enseñanza existió durante siglos antes de ser puesta por escrito. El propio texto da testimonio de ello, pues no pocas veces, en un diálogo entre maestro y discípulo, el maestro cita Escrituras anteriores hoy desconocidas para nosotros. Como afirma el profesor Max Müller en sus conferencias sobre la filosofía Vedanta: «Uno siente con certeza que tras todos estos relámpagos de pensamiento religioso y filosófico hay un pasado remoto, un trasfondo oscuro cuyo comienzo no conoceremos jamás». Algunos estudiosos sitúan el período védico tan atrás como el 4000 o el 5000 a. C.; otros, entre el 2000 y el 1400 a. C. Pero aun los más prudentes admiten que es anterior, al menos en varios siglos, al período budista, que comienza en el siglo VI a. C.
Sin embargo, el valor de las Upanishads no descansa en su antigüedad, sino en el mensaje vital que contienen para todos los tiempos y todos los pueblos. No hay en ellas nada peculiarmente racial ni local. Las lecciones ennoblecedoras de estas Escrituras son tan prácticas para el mundo moderno como lo fueron para los indoarios de la más temprana época védica. Sus enseñanzas se resumen en dos Maha-Vakyam o «grandes sentencias»: Tat twam asi (Eso eres tú) y Aham Brahmasmi (Yo soy Brahman). Esta unidad del Alma y Dios yace en la raíz misma de todo el pensamiento védico, y es este ideal dominante de la unidad de toda vida y de la unicidad de la Verdad lo que hace que el estudio de las Upanishads sea especialmente beneficioso en el momento presente.
Uno de los más eminentes orientalistas europeos escribe: «Si fijamos nuestra atención en él (este dogma fundamental del sistema Vedanta) en su sencillez filosófica como identidad de Dios y el Alma, del Brahman y el Atman, se verá que posee una significación que alcanza mucho más allá de las Upanishads, de su época y su país; más aún, le reconocemos un valor inestimable para toda la raza humana.
Cualesquiera nuevos e insólitos caminos que abra la filosofía del futuro, este principio permanecerá siempre inconmovible y de él no puede producirse desviación alguna. Si alguna vez se alcanza una solución general del gran enigma... la clave sólo puede hallarse allí donde el secreto de la naturaleza se nos abre desde dentro, es decir, en nuestro ser más íntimo. Fue aquí donde por primera vez los pensadores originales de las Upanishads, para su honra inmortal, la encontraron...»
La primera introducción de las Upanishads al mundo occidental se hizo mediante una traducción al persa realizada en el siglo XVII. Más de un siglo después, el distinguido erudito francés Anquetil Duperron llevó una copia del manuscrito desde Persia a Francia y lo tradujo al francés y al latín, publicando sólo el texto latino. A pesar de las distorsiones que debió de causar la transmisión a través de dos lenguas ajenas, la luz del pensamiento brillaba aún con tanta claridad que arrancó a Schopenhauer las fervientes palabras: «¡Cuán enteramente respira el Oupnekhat (Upanishad) el santo espíritu de los Vedas! ¡Cómo se siente conmovido hasta lo más hondo de su Alma por ese espíritu todo aquel que, mediante un estudio diligente de su latín persa, se ha familiarizado con ese libro incomparable! De cada frase brotan pensamientos profundos, originales y sublimes, y el conjunto está impregnado de un espíritu elevado, santo y serio». Y dice de nuevo: «El acceso a (los Vedas) por medio de las Upanishads es a mis ojos el mayor privilegio que este siglo aún joven (1818) puede reclamar frente a todos los siglos anteriores». Este testimonio lo corrobora el reflexivo estudioso estadounidense Thoreau, que escribe: «Los extractos de los Vedas que he leído caen sobre mí como la luz de un astro más alto y más puro, que describe un curso más elevado a través de un estrato más puro, libre de particularidades, sencillo, universal».
La primera traducción al inglés fue obra de un erudito hindú, Raja Ram Mohun Roy (1775-1833). Desde entonces ha habido diversas traducciones europeas: francesas, alemanas, italianas e inglesas. Pero una mera traducción, por exacta y comprensiva que sea, no basta para hacer accesibles las Upanishads a la mente occidental. El profesor Max Müller, tras toda una vida de arduo trabajo en este campo, confiesa con franqueza: «Las palabras modernas son redondas, las antiguas son cuadradas, y bien podemos esperar resolver la cuadratura del círculo como expresar adecuadamente en inglés moderno el antiguo pensamiento de los Vedas».