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Los dioses en consejo—La visita de Minerva a Ítaca—El desafío de Telémaco a los pretendientes

La Odisea · Homer · traducido por Claude Opus

The gods sit in council in a cloud-wreathed marble hall as armoured Athena, spear and aegis in hand, pleads before enthroned Zeus.

Cuéntame, oh Musa, la historia de aquel ingenioso héroe que anduvo errante por tierras lejanas después de saquear la famosa ciudad de Troya. Muchas ciudades visitó, y fueron muchas las naciones cuyos usos y costumbres llegó a conocer; además padeció mucho en el mar mientras procuraba salvar su vida y llevar a sus hombres sanos y salvos a casa; pero, hiciera lo que hiciese, no pudo salvar a sus hombres, pues perecieron por su propia y absoluta necedad al comerse las vacas de Hiperión, el dios Sol; y así el dios les impidió volver jamás a su hogar. Cuéntame también todas estas cosas, oh hija de Júpiter, sea cual sea la fuente de donde las conozcas.

Así pues, todos los que habían escapado de la muerte en la batalla o en el naufragio habían regresado ya sanos y salvos a casa, salvo Ulises, quien, aunque anhelaba volver con su esposa y a su patria, estaba retenido por la diosa Calipso, que lo había llevado a una vasta cueva y quería casarse con él. Pero andando los años llegó un tiempo en que los dioses decidieron que regresara a Ítaca; aun entonces, sin embargo, cuando estuviese entre los suyos, sus trabajos no habrían terminado; con todo, todos los dioses habían empezado ya a compadecerse de él, salvo Neptuno, que lo perseguía sin cesar y no quería dejarlo llegar a casa.

Pues bien, Neptuno se había ido a visitar a los etíopes, que habitan en el confín del mundo y se dividen en dos mitades, una mirando al poniente y otra al oriente. Había ido allí para aceptar una hecatombe de ovejas y bueyes, y se regocijaba en su fiesta; pero los otros dioses se reunieron en la morada de Júpiter olímpico, y el padre de los dioses y de los hombres habló el primero. En aquel momento pensaba en Egisto, a quien había dado muerte Orestes, el hijo de Agamenón; así que dijo a los demás dioses:

«Ved cómo los hombres nos echan la culpa a los dioses por lo que, después de todo, no es sino su propia necedad. Mirad a Egisto: tuvo que cortejar impíamente a la esposa de Agamenón y luego matar a Agamenón, aun sabiendo que le costaría la vida; pues yo envié a Mercurio para advertirle que no hiciera ni lo uno ni lo otro, puesto que Orestes tomaría sin falta venganza cuando creciera y quisiera volver a su patria. Mercurio se lo dijo con toda buena voluntad, pero él no quiso escucharlo, y ahora lo ha pagado todo por completo.»

Entonces dijo Minerva: «Padre, hijo de Saturno, rey de reyes, bien merecido lo tuvo Egisto, y lo mismo cualquier otro que obre como él; pero Egisto no hace al caso; es por Ulises por quien sangra mi corazón, al pensar en sus padecimientos en aquella solitaria isla rodeada por el mar, lejos, pobre hombre, de todos sus amigos. Es una isla cubierta de bosque, en medio mismo del mar, y vive en ella una diosa, hija del mago Atlante, el que vigila el fondo del océano y sostiene las grandes columnas que mantienen separados el cielo y la tierra. Esta hija de Atlante se ha apoderado del pobre y desdichado Ulises, y se empeña, con toda suerte de halagos, en hacerle olvidar su hogar, de modo que él está cansado de vivir y no piensa en otra cosa que en cómo podrá ver una vez más el humo de su propio hogar. Vos, señor, no hacéis caso de esto, y sin embargo, cuando Ulises estaba ante Troya, ¿no os aplacó con muchos sacrificios de holocausto? ¿Por qué, pues, seguís tan irritado contra él?»

Y dijo Júpiter: «Hija mía, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo podría yo olvidar a Ulises, que no tiene igual en capacidad entre los hombres de la tierra ni en generosidad de ofrendas a los dioses inmortales que habitan en el cielo? Ten presente, sin embargo, que Neptuno sigue furioso con Ulises por haber cegado un ojo a Polifemo, rey de los cíclopes. Polifemo es hijo de Neptuno y de la ninfa Toosa, hija del rey marino Forcis; por eso, aunque no quiere matar a Ulises de una vez, lo atormenta impidiéndole llegar a casa. Con todo, pongamos nuestras cabezas juntas y veamos cómo podemos ayudarle a volver; Neptuno se aplacará entonces, pues si todos estamos de acuerdo, difícilmente podrá resistirse a nosotros.»

Y dijo Minerva: «Padre, hijo de Saturno, rey de reyes, si ahora los dioses quieren de veras que Ulises vuelva a casa, debemos enviar primero a Mercurio a la isla de Ogigia para decir a Calipso que hemos tomado nuestra resolución y que él ha de regresar. Entre tanto iré yo a Ítaca para infundir ánimo a Telémaco, el hijo de Ulises; le daré valor para convocar a los aqueos a asamblea y para hablar con claridad a los pretendientes de su madre Penélope, que se obstinan en devorarle un sinfín de ovejas y bueyes; lo llevaré también a Esparta y a Pilos, para ver si puede saber algo del regreso de su querido padre, pues esto hará que la gente hable bien de él.»

Diciendo así, se ató las áureas y relucientes sandalias, imperecederas, con las que puede volar como el viento sobre tierra o mar; tomó la formidable lanza de punta de bronce, tan recia, pesada y fuerte, con la que doblega las filas de los héroes que le han desagradado, y se lanzó desde las más altas cumbres del Olimpo, tras lo cual se halló al instante en Ítaca, a la puerta de la casa de Ulises, disfrazada de forastero, Mentes, jefe de los tafios, y llevaba en la mano una lanza de bronce. Allí encontró a los altivos pretendientes sentados sobre las pieles de los bueyes que habían matado y comido, jugando a los dados delante de la casa. Criados y pajes se afanaban en servirles, unos mezclando vino con agua en las crateras, otros limpiando las mesas con esponjas húmedas y volviéndolas a disponer, y otros trinchando enormes cantidades de carne.

Telémaco la vio mucho antes que nadie. Estaba sentado, taciturno, entre los pretendientes, pensando en su valeroso padre y en cómo los echaría en desbandada de la casa si volviera a lo suyo y fuera honrado como en los días pasados. Cavilando así entre ellos, divisó a Minerva y fue derecho a la puerta, pues le contrariaba que un forastero tuviera que esperar para entrar. La tomó de la mano derecha y le pidió que le diera su lanza. «Bienvenido seas a nuestra casa», dijo, «y cuando hayas tomado alimento nos dirás a qué has venido.»

Mientras hablaba, la guió, y Minerva lo siguió. Una vez dentro, tomó la lanza y la colocó en el lanzal, contra una robusta columna, junto con las muchas otras lanzas de su desdichado padre, y la condujo a un asiento ricamente adornado, sobre el cual tendió un paño de damasco. Había también un escabel para sus pies, y puso otro asiento junto al de ella para sí mismo, lejos de los pretendientes, para que el ruido y la insolencia de estos no la molestaran mientras comía, y para poder preguntarle con más libertad por su padre.

Una criada les trajo entonces agua en un hermoso jarro de oro y la vertió en una jofaina de plata para que se lavaran las manos, y acercó junto a ellos una mesa limpia. Una ama de llaves les trajo pan y les ofreció muchas cosas buenas de las que había en la casa; el trinchador les trajo fuentes de toda clase de carnes y puso a su lado copas de oro, y un criado les trajo vino y se lo escanció.

Entraron después los pretendientes y ocuparon sus puestos en los bancos y asientos. Al punto los criados les echaron agua sobre las manos, las doncellas circularon con los canastillos de pan, los pajes llenaron las crateras de vino y agua, y ellos echaron mano a los manjares que tenían delante. En cuanto hubieron comido y bebido lo bastante, quisieron música y baile, que son el adorno supremo de un banquete, y así un criado llevó una lira a Femio, a quien obligaban por la fuerza a cantar para ellos. Apenas tocó su lira y empezó a cantar, Telémaco habló en voz baja a Minerva, con la cabeza pegada a la de ella para que nadie pudiera oírle.

«Espero, señor», dijo, «que no os ofenderéis por lo que voy a decir. El canto resulta barato para quienes no lo pagan, y todo esto se hace a costa de uno cuyos huesos yacen pudriéndose en algún yermo o reduciéndose a polvo en la rompiente. Si estos hombres vieran volver a mi padre a Ítaca, rogarían por tener las piernas más largas antes que la bolsa más llena, pues el dinero de nada les serviría; pero él, ¡ay!, ha caído en un aciago destino, y aun cuando a veces la gente dice que viene, ya no les hacemos caso; no volveremos a verlo jamás. Y ahora, señor, decidme, y decidme la verdad, quién sois y de dónde venís. Hablad de vuestra ciudad y vuestros padres, de qué clase de nave os trajo, cómo os llevaron vuestros marineros a Ítaca y de qué nación dijeron ser, pues no podéis haber venido por tierra. Decidme también con verdad, porque quiero saberlo, si sois un extraño en esta casa o si estuvisteis aquí en tiempos de mi padre. En los viejos tiempos teníamos muchos huéspedes, pues mi padre mismo viajaba mucho.»

Y Minerva respondió: «Te diré la verdad, punto por punto. Soy Mentes, hijo de Anquialo, y soy rey de los tafios. He venido aquí con mi nave y mi tripulación, en viaje hacia hombres de lengua extranjera, rumbo a Temesa con un cargamento de hierro, y traeré de vuelta cobre. En cuanto a mi nave, está allá, frente al campo abierto, lejos de la ciudad, en el puerto de Reitro, al pie del boscoso monte Nérito. Nuestros padres fueron amigos antes que nosotros, como podrá decirte el viejo Laertes, si vas a preguntárselo. Dicen, sin embargo, que ya nunca viene a la ciudad y vive solo en el campo, pasando penurias, con una vieja que cuida de él y le prepara la comida cuando vuelve cansado de trajinar por su viñedo. Me dijeron que tu padre estaba de nuevo en casa, y por eso vine, pero parece que los dioses lo retienen todavía, pues aún no ha muerto, ni está en tierra firme. Es más probable que se halle en alguna isla rodeada por el mar, en medio del océano, o prisionero de salvajes que lo retienen contra su voluntad. No soy adivino y sé muy poco de agüeros, pero hablo como me lo inspira el cielo, y te aseguro que no estará ausente mucho más tiempo; pues es hombre de tales recursos que, aunque estuviese cargado de cadenas de hierro, encontraría algún medio de regresar a casa. Pero dime, y dime la verdad, ¿puede Ulises tener de verdad un hijo tan apuesto? En verdad te pareces a él admirablemente en la cabeza y en los ojos, pues éramos íntimos amigos antes de que se hiciera a la mar rumbo a Troya, adonde fue también la flor de todos los argivos. Desde entonces ninguno de los dos ha vuelto a ver al otro.»

«Mi madre», respondió Telémaco, «me dice que soy hijo de Ulises, pero es hijo sabio el que conoce a su propio padre. Ojalá fuera yo hijo de alguien que hubiera envejecido en sus propias tierras, pues, ya que lo preguntáis, no hay hombre más desventurado bajo el cielo que aquel que me dicen que es mi padre.»

Y dijo Minerva: «No hay temor de que tu estirpe se extinga todavía, mientras Penélope tenga un hijo tan hermoso como tú. Pero dime, y dime la verdad, ¿qué significa todo este festín, y quiénes son estas gentes? ¿A qué viene todo esto? ¿Tenéis algún banquete, o hay una boda en la familia, pues nadie parece traer provisiones propias? Y los convidados, ¡qué atrozmente se comportan; qué alboroto arman por toda la casa; bastaría para repugnar a cualquier persona respetable que se les acerque!»

«Señor», dijo Telémaco, «en cuanto a vuestra pregunta, mientras mi padre estuvo aquí nos fue bien a nosotros y a la casa, pero los dioses, en su desagrado, han dispuesto otra cosa y lo han ocultado más profundamente de lo que nunca fue ocultado mortal alguno. Lo habría soportado mejor aunque estuviera muerto, si hubiera caído con sus hombres ante Troya, o hubiera muerto entre amigos cuando terminaron los días de su lucha; pues entonces los aqueos le habrían levantado un túmulo sobre sus cenizas, y yo mismo habría heredado su renombre; pero ahora las tempestades se lo han llevado quién sabe adónde; se ha ido sin dejar tras de sí ni siquiera un rastro, y yo no heredo sino aflicción. Y el asunto no termina simplemente con el dolor por la pérdida de mi padre; el cielo me ha impuesto penas de otra clase todavía; pues los jefes de todas nuestras islas, Duliquio, Same y la boscosa isla de Zacinto, y también todos los principales hombres de la misma Ítaca, están devorando mi casa con el pretexto de cortejar a mi madre, la cual ni dice sin rodeos que no se casará, ni da fin al asunto; así están arruinando mi hacienda, y dentro de poco harán lo mismo conmigo.»

«¿Es así?», exclamó Minerva, «entonces sí que necesitas que Ulises vuelva a casa. Dadle su yelmo, su escudo y un par de lanzas, y si es el hombre que era cuando lo conocí por primera vez en nuestra casa, bebiendo y regocijándose, no tardaría en repartir golpes entre esos pretendientes bellacos, si se plantara otra vez en su propio umbral. Venía entonces de Éfira, adonde había ido a pedir veneno para sus flechas a Ilo, hijo de Mérmero. Ilo temía a los dioses siempre vivientes y no quiso dárselo, pero mi padre le dio algo, pues le tenía mucho cariño. Si Ulises es el hombre que entonces era, estos pretendientes tendrán un juicio sumario y unas bodas funestas.»

«¡Pero basta! Corresponde al cielo determinar si ha de volver y tomar venganza en su propia casa o no; yo, sin embargo, te instaría a que te dispusieras a librarte de estos pretendientes cuanto antes. Sigue mi consejo: convoca mañana por la mañana a los héroes aqueos a asamblea, expón tu causa ante ellos y toma al cielo por testigo. Ordena a los pretendientes que se marchen, cada uno a su lugar, y si el ánimo de tu madre está resuelto a casarse de nuevo, que vuelva con su padre, quien le buscará marido y le dará todos los regalos de boda que una hija tan querida puede esperar. Y en cuanto a ti, déjame convencerte de que tomes la mejor nave que puedas conseguir, con una tripulación de veinte hombres, y vayas en busca de tu padre, que tanto tiempo lleva desaparecido. Alguien podrá decirte algo, o (y a menudo la gente oye cosas de este modo) algún mensaje enviado por el cielo podrá guiarte. Ve primero a Pilos y pregunta a Néstor; de allí pasa a Esparta y visita a Menelao, pues fue el último de los aqueos en llegar a casa; si oyes que tu padre está vivo y de camino a su hogar, podrás soportar el despilfarro que harán estos pretendientes por otros doce meses. Si, por el contrario, oyes la noticia de su muerte, vuelve a casa de inmediato, celebra sus honras fúnebres con toda la pompa debida, levanta un túmulo a su memoria y haz que tu madre se case de nuevo. Luego, hecho todo esto, piensa bien en tu ánimo cómo, por las buenas o por las malas, podrás matar a estos pretendientes en tu propia casa. Eres demasiado mayor para alegar la infancia por más tiempo; ¿no has oído cómo la gente canta las alabanzas de Orestes por haber matado a Egisto, el asesino de su padre? Eres un joven apuesto y gallardo; muestra, pues, tu temple y hazte un nombre en la leyenda. Ahora, sin embargo, debo volver a mi nave y a mi tripulación, que se impacientará si la hago esperar más; piensa el asunto por ti mismo y recuerda lo que te he dicho.»

«Señor», respondió Telémaco, «ha sido muy amable de vuestra parte hablarme de este modo, como si yo fuera vuestro propio hijo, y haré todo lo que me decís; sé que queréis proseguir vuestro viaje, pero quedaos un poco más hasta que os hayáis bañado y repuesto. Os daré entonces un presente, y seguiréis vuestro camino con alegría; os daré uno de gran belleza y valor, un recuerdo como el que solo se dan los amigos queridos.»

Minerva respondió: «No intentes retenerme, pues quiero ponerme en camino de inmediato. En cuanto a cualquier presente que quieras hacerme, guárdalo hasta que yo vuelva, y me lo llevaré a casa. Me darás uno muy bueno, y yo te daré a cambio otro de no menos valor.»

Con estas palabras se alejó volando por el aire como un ave, pero había infundido valor a Telémaco y le había hecho pensar en su padre más que nunca. Sintió el cambio, se maravilló de ello y comprendió que el forastero había sido un dios, así que fue derecho adonde estaban sentados los pretendientes.

Femio seguía cantando, y sus oyentes permanecían absortos en silencio mientras él narraba el triste relato del regreso de Troya y los males que Minerva había enviado sobre los aqueos. Penélope, hija de Icario, oyó su canto desde su aposento de arriba, y bajó por la gran escalera, no sola, sino acompañada de dos de sus doncellas. Al llegar junto a los pretendientes se detuvo ante una de las columnas que sostenían el techo de los pórticos, con una grave doncella a cada lado. Además sostenía un velo ante su rostro, y lloraba amargamente.

«Femio», exclamó, «conoces muchas otras hazañas de dioses y de héroes, tales como los poetas gustan de celebrar. Canta a los pretendientes alguna de ellas, y que beban su vino en silencio, pero deja este triste relato, pues quebranta mi afligido corazón y me recuerda a mi perdido esposo, a quien lloro siempre sin cesar y cuyo nombre fue grande por toda la Hélade y por el centro de Argos.»

«Madre», respondió Telémaco, «deja que el aedo cante lo que le plazca; los aedos no hacen los males que cantan; es Júpiter, no ellos, quien los hace, y quien envía bien o mal sobre la humanidad según su propio y buen placer. Este hombre no hace daño alguno al cantar el aciago regreso de los dánaos, pues la gente siempre aplaude con más calor las canciones más recientes. Resígnate a ello y sopórtalo; Ulises no es el único que no volvió de Troya, sino que muchos otros perecieron como él. Ve, pues, dentro de la casa y ocúpate de tus tareas diarias, tu telar, tu rueca y el gobierno de tus criadas; pues el hablar es asunto de hombres, y mío más que de ningún otro, porque yo soy el señor aquí.»

Ella volvió a la casa maravillada y guardó en su corazón las palabras de su hijo. Luego, subiendo con sus doncellas a su aposento, lloró a su querido esposo hasta que Minerva derramó dulce sueño sobre sus ojos. Pero los pretendientes alborotaban por todos los pórticos cubiertos, y rogaban cada uno poder ser su compañero de lecho.

Habló entonces Telémaco: «Desvergonzados», gritó, «e insolentes pretendientes, banqueteemos ahora a nuestro placer, y que no haya pendencias, pues es raro oír a un hombre con una voz tan divina como la de Femio; pero por la mañana reuníos conmigo en asamblea plena para que yo os notifique formalmente que os marchéis y banqueteéis en las casas de unos y otros, por turno, a vuestra propia costa. Si, por el contrario, preferís seguir viviendo de gorra a costa de un solo hombre, que el cielo me ayude, pero Júpiter os pedirá cuentas por entero, y cuando caigáis en la casa de mi padre no habrá hombre que os vengue.»

Los pretendientes se mordieron los labios al oírlo, y se maravillaron de la audacia de su discurso. Entonces Antínoo, hijo de Eupites, dijo: «Parece que los dioses te han dado lecciones de fanfarronería y de hablar altivo; que Júpiter no te conceda jamás ser jefe en Ítaca como lo fue tu padre antes que tú.»

Telémaco respondió: «Antínoo, no me reprendas, pues, si Dios quiere, yo también seré jefe si puedo. ¿Es este el peor destino que se te ocurre para mí? No es mala cosa ser jefe, pues trae riquezas y honra. Con todo, ahora que Ulises está muerto, hay en Ítaca muchos grandes hombres, viejos y jóvenes, y algún otro podrá tomar la delantera entre ellos; sin embargo, yo seré jefe en mi propia casa, y gobernaré a los que Ulises ha ganado para mí.»

Entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, respondió: «Al cielo corresponde decidir quién será jefe entre nosotros, pero tú serás señor en tu propia casa y sobre tus propias posesiones; nadie, mientras haya un hombre en Ítaca, te hará violencia ni te robará. Y ahora, mi buen amigo, quiero saber algo de este forastero. ¿De qué país viene? ¿De qué familia es, y dónde está su hacienda? ¿Te ha traído noticias del regreso de tu padre, o venía por asuntos propios? Parecía un hombre acomodado, pero se marchó con tanta prisa que en un momento se había ido, antes de que pudiéramos conocerlo.»

«Mi padre ha muerto y desaparecido», respondió Telémaco, «y aun si me llega algún rumor, ya no le doy crédito. Mi madre, en efecto, a veces manda llamar a un adivino y lo interroga, pero yo no hago caso de sus profecías. En cuanto al forastero, era Mentes, hijo de Anquialo, jefe de los tafios, viejo amigo de mi padre.» Pero en su corazón sabía que había sido la diosa.

Los pretendientes volvieron entonces a su canto y su baile hasta la tarde; pero cuando la noche cayó sobre sus placeres, se fueron a la cama cada uno en su propia morada. El aposento de Telémaco estaba en lo alto de una torre que daba al patio exterior; hacia allá, pues, se encaminó, cavilando y lleno de pensamientos. Una buena anciana, Euriclea, hija de Ops, el hijo de Pisenor, iba delante de él con un par de antorchas encendidas. Laertes la había comprado con su propio dinero cuando era muy joven; dio por ella el valor de veinte bueyes, y le mostraba en su casa tanto respeto como a su propia esposa legítima, pero no la llevó a su lecho por temor al resentimiento de su mujer. Ella era quien ahora alumbraba a Telémaco hasta su aposento, y lo quería más que ninguna otra de las mujeres de la casa, pues lo había criado cuando era un niño de pecho. Abrió la puerta de su alcoba y se sentó en la cama; al quitarse la camisa se la dio a la buena anciana, que la dobló con esmero y se la colgó de una clavija junto a la cabecera, tras lo cual salió, cerró la puerta con un pestillo de plata y echó el cerrojo tirando de la correa. Pero Telémaco, tendido y cubierto con un vellón de lana, no dejó de pensar toda la noche en su proyectado viaje y en el consejo que Minerva le había dado.