← Library

Mercurio y el leñador

Esopo para niños · Aesop · translated by AI translation (unreviewed)

Un pobre leñador estaba cortando un árbol junto a la orilla de un profundo estanque del bosque. Era ya tarde y el leñador estaba cansado. Había estado trabajando desde el amanecer y sus golpes ya no eran tan certeros como lo habían sido a primera hora de la mañana. Así ocurrió que el hacha se le resbaló y salió volando de sus manos al estanque.

El leñador estaba desesperado. El hacha era lo único que poseía para ganarse la vida, y no tenía dinero suficiente para comprar otra nueva. Mientras se retorcía las manos y lloraba, el dios Mercurio apareció de repente y le preguntó qué le ocurría. El leñador le contó lo sucedido y, sin más, el bondadoso Mercurio se zambulló en el estanque. Cuando salió de nuevo, sostenía una maravillosa hacha de oro.

—¿Es esta tu hacha? —preguntó Mercurio al leñador.

—No —respondió el honrado leñador—, esa no es mi hacha.

Mercurio dejó el hacha de oro en la orilla y volvió a saltar al estanque. Esta vez sacó un hacha de plata, pero el leñador declaró de nuevo que su hacha era una corriente, con el mango de madera.

Mercurio se zambulló por tercera vez y, cuando salió de nuevo, traía la mismísima hacha que se había perdido.

El pobre leñador se alegró muchísimo de que su hacha hubiera aparecido y no sabía cómo agradecérselo al bondadoso dios. Mercurio quedó muy complacido con la honradez del leñador.

—Admiro tu honradez —dijo—, y como recompensa puedes quedarte con las tres hachas: la de oro y la de plata, además de la tuya.

El feliz leñador regresó a su casa con sus tesoros, y pronto la historia de su buena fortuna fue conocida por todos en el pueblo. Había en el pueblo varios leñadores que creyeron que podrían conseguir con facilidad la misma buena fortuna. Corrieron al bosque, uno por aquí, otro por allá, y, escondiendo sus hachas entre los matorrales, fingieron haberlas perdido. Luego lloraron y se lamentaron y llamaron a Mercurio para que los ayudara.

Y, en efecto, Mercurio apareció, primero ante uno, luego ante otro. A cada uno le mostró un hacha de oro, y cada uno se apresuró a afirmar que era la que había perdido. Pero Mercurio no les dio el hacha de oro. ¡Oh, no! En cambio, a cada uno le propinó con ella un buen golpe en la cabeza y lo mandó de vuelta a casa. Y cuando al día siguiente volvieron a buscar sus propias hachas, no las encontraron por ninguna parte.

La honradez es la mejor política.