Un joven, muy apreciado entre sus alegres compañeros por lo generoso que era gastando, dilapidó pronto su fortuna intentando estar a la altura de su fama. Entonces, un buen día de principios de primavera, se encontró sin un solo centavo y sin más bienes que la ropa que llevaba puesta.
Aquella mañana debía reunirse con unos jóvenes muy joviales y no sabía cómo conseguir dinero suficiente para guardar las apariencias. Justo entonces pasó volando una golondrina, gorjeando alegremente, y el joven, creyendo que había llegado el verano, corrió a ver a un ropavejero, al que vendió toda la ropa que llevaba, hasta la mismísima túnica.
Pocos días después, un cambio de tiempo trajo una fuerte helada; y la pobre golondrina y aquel joven insensato, con su ligera túnica y los brazos y las rodillas al descubierto, apenas lograban conservar la vida en sus cuerpos tiritantes.
Una golondrina no hace verano.