Un león dormía en el bosque, con su enorme cabeza apoyada en las zarpas. Un ratoncillo tímido se topó con él sin querer y, en su susto y sus prisas por escapar, corrió por encima del hocico del león. Despertado de su siesta, el león puso furioso su enorme zarpa sobre la diminuta criatura para matarla.
—¡Perdóname la vida! —suplicó el pobre ratón—. Por favor, déjame ir, y algún día sin duda te lo pagaré.
Al león le hizo mucha gracia pensar que un ratón pudiera ayudarlo alguna vez. Pero era generoso y al final dejó marchar al ratón.
Unos días después, mientras acechaba a su presa en el bosque, el león quedó atrapado en las mallas de la red de un cazador. Incapaz de liberarse, llenó el bosque con sus furiosos rugidos. El ratón reconoció aquella voz y pronto encontró al león debatiéndose en la red. Corriendo hacia una de las gruesas cuerdas que lo apresaban, la royó hasta partirla y, en poco tiempo, el león quedó libre.
—Te reíste cuando dije que te lo pagaría —dijo el ratón—. Ahora ves que hasta un ratón puede ayudar a un león.
Una bondad nunca se pierde.