Un León, un Asno y un Zorro cazaban juntos, y cobraron una gran cantidad de piezas. Se le pidió al Asno que repartiera el botín. Lo hizo con toda justicia, dando a cada uno una parte igual.
El Zorro quedó muy satisfecho, pero el León montó en cólera por ello y, de un solo zarpazo de su enorme garra, añadió al Asno al montón de las presas muertas.
Luego se volvió hacia el Zorro.
«Reparte tú», rugió furioso.
El Zorro no perdió el tiempo en palabras. Amontonó rápidamente todas las piezas en un gran montón. De él tomó para sí una porción muy pequeña, pedazos tan poco apetecibles como los cuernos y las pezuñas de una cabra montés y la punta del rabo de un buey.
El León recobró entonces por completo su buen humor.
«¿Quién te enseñó a repartir con tanta justicia?», preguntó afablemente.
«Aprendí la lección del Asno», respondió el Zorro, apartándose con cuidado.
Aprende de las desgracias ajenas.