Los ratones convocaron una vez una reunión para idear un plan que los librara de su enemigo, el gato. Al menos querían encontrar la manera de saber cuándo se acercaba, para tener tiempo de huir. Desde luego, algo había que hacer, pues vivían con tanto miedo constante de sus garras que apenas se atrevían a salir de sus madrigueras ni de día ni de noche.
Se discutieron muchos planes, pero ninguno pareció lo bastante bueno. Por fin, un ratón muy joven se levantó y dijo:
—Tengo un plan que parece muy sencillo, pero sé que dará resultado. Lo único que hay que hacer es colgarle un cascabel al gato en el cuello. Cuando oigamos sonar el cascabel, sabremos enseguida que nuestro enemigo se acerca.
Todos los ratones se sorprendieron mucho de no haber pensado antes en semejante plan. Pero, en medio del regocijo por su buena suerte, un viejo ratón se levantó y dijo:
—Reconozco que el plan del joven ratón es muy bueno. Pero permitidme una pregunta: ¿quién le pondrá el cascabel al gato?
Una cosa es decir que algo debería hacerse, y otra muy distinta hacerlo.