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Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar, porque está harto de ser un muñeco y quiere convertirse en un buen chico

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Al principio, la buena mujercita empezó diciendo que ella no era la pequeña Hada de los cabellos azules; pero luego, viéndose ya descubierta y no queriendo alargar más la comedia, acabó por darse a conocer, y le dijo a Pinocho:

—¡Pillo de muñeco! ¿Cómo te has dado cuenta de que era yo?

—Ha sido el gran cariño que te tengo el que me lo ha dicho.

—Te acuerdas, ¿eh? Me dejaste niña, y ahora me encuentras mujer; tan mujer, que casi podría hacerte de mamá.

—Y eso me gusta muchísimo, porque así, en vez de hermanita, te llamaré mi mamá. ¡Hace tanto tiempo que me muero de ganas de tener una mamá como todos los demás chicos!... Pero ¿cómo has hecho para crecer tan deprisa?

—Es un secreto.

—Enséñamelo: a mí también me gustaría crecer un poco. ¿No lo ves? Me he quedado siempre del tamaño de un tapón.

—Pero tú no puedes crecer —replicó el Hada.

—¿Por qué?

—Porque los muñecos no crecen nunca. Nacen muñecos, viven muñecos y mueren muñecos.

—¡Oh! ¡Estoy harto de ser siempre un muñeco! —gritó Pinocho, dándose un coscorrón—. Ya va siendo hora de que yo también me convierta en un hombre...

—Y te convertirás, si sabes merecerlo...

—¿De verdad? ¿Y qué puedo hacer para merecerlo?

—Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño como es debido.

—¿Por qué? ¿Es que no lo soy?

—¡Ni mucho menos! Los niños como es debido son obedientes, y tú en cambio...

—Y yo no obedezco nunca.

—Los niños como es debido le toman cariño al estudio y al trabajo, y tú...

—Y yo, en cambio, me paso el año entero haraganeando y vagabundeando.

—Los niños como es debido dicen siempre la verdad...

—Y yo siempre mentiras.

—Los niños como es debido van a gusto a la escuela...

—Y a mí la escuela me da dolor de barriga. Pero de hoy en adelante quiero cambiar de vida.

—¿Me lo prometes?

—Lo prometo. Quiero convertirme en un niño como es debido, y quiero ser el consuelo de mi padre... ¿Dónde estará, a estas horas, mi pobre padre?

—No lo sé.

—¿Tendré algún día la suerte de volver a verlo y abrazarlo?

—Creo que sí: es más, estoy segura.

Ante esta respuesta, fue tan grande la alegría de Pinocho que tomó las manos del Hada y empezó a besárselas con tanto ardor que casi parecía fuera de sí. Luego, levantando la cara y mirándola con cariño, le preguntó:

—Dime, mamita: entonces, ¿no es verdad que estés muerta?

El Hada, con un largo delantal y una mano en la cadera, mira desde arriba a Pinocho, que, con su gorro puntiagudo, está de pie ante ella mirándola a la cara.

—Parece que no —respondió sonriendo el Hada.

—Si supieras qué dolor y qué nudo en la garganta sentí cuando leí «aquí yace»...

—Lo sé: y por eso te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo ver que tenías buen corazón; y de los niños de buen corazón, aunque sean un poco pillos y estén mal acostumbrados, siempre se puede esperar algo: es decir, siempre se puede esperar que vuelvan al buen camino. Por eso he venido a buscarte hasta aquí. Yo seré tu mamá...

—¡Oh, qué cosa tan bonita! —gritó Pinocho, dando saltos de alegría.

—Tú me obedecerás y harás siempre lo que yo te diga.

—¡Con mucho gusto, con mucho gusto, con mucho gusto!

—Desde mañana mismo —añadió el Hada— empezarás por ir a la escuela.

Pinocho se puso enseguida un poco menos alegre.

—Luego escogerás, a tu gusto, un arte o un oficio...

Pinocho se puso serio.

—¿Qué estás refunfuñando entre dientes? —preguntó el Hada en tono molesto.

—Decía... —gimoteó el muñeco a media voz— que ya me parece un poco tarde para ir a la escuela...

—No, señor. Métete en la cabeza que para instruirse y para aprender nunca es tarde.

—Pero yo no quiero aprender ni artes ni oficios...

—¿Por qué?

—Porque trabajar me parece cansado.

—Hijo mío —dijo el Hada—, los que hablan así acaban casi siempre o en la cárcel o en el hospital. El hombre, para que lo sepas, nazca rico o pobre, está obligado en este mundo a hacer algo, a ocuparse en algo, a trabajar. ¡Ay de quien se deja atrapar por la pereza! La pereza es una enfermedad malísima y hay que curarla enseguida, desde niños; si no, cuando somos mayores ya no se cura.

Estas palabras le llegaron al alma a Pinocho, que, levantando la cabeza con viveza, le dijo al Hada:

—Estudiaré, trabajaré, haré todo lo que me digas, porque, en fin, la vida de muñeco me tiene aburrido y quiero convertirme en un niño cueste lo que cueste. Me lo has prometido, ¿verdad?

—Te lo he prometido, y ahora depende de ti.