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Pinocho llega a la isla de las «Abejas Laboriosas» y vuelve a encontrar al Hada

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Pinocho, animado por la esperanza de llegar a tiempo para ayudar a su pobre padre, nadó durante toda la noche.

¡Y qué noche tan horrible fue aquella! Diluvió, granizó, tronó espantosamente, y con unos relámpagos que parecía de día.

Al despuntar el alba, consiguió ver no muy lejos una larga franja de tierra. Era una isla en medio del mar.

Entonces hizo todo lo posible por llegar a aquella playa, pero en vano. Las olas, persiguiéndose y encabalgándose unas sobre otras, se lo pasaban de una a otra como si fuera una ramita o una brizna de paja. Al final, y por suerte para él, llegó una ola tan prepotente e impetuosa que lo arrojó de golpe sobre la arena de la orilla.

El golpe fue tan fuerte que, al dar contra el suelo, le crujieron todas las costillas y todas las articulaciones; pero se consoló enseguida diciendo: «¡También esta vez me he librado por los pelos!».

Mientras tanto, poco a poco, el cielo se fue despejando; el sol apareció en todo su esplendor, y el mar se volvió tranquilísimo y liso como un aceite.

Entonces el muñeco tendió su ropa al sol para que se secara, y se puso a mirar a un lado y a otro por si acaso lograba divisar, sobre aquella inmensa llanura de agua, una barquita con un hombrecito dentro. Pero después de mirar bien, bien, no vio delante de sí más que cielo, mar y alguna vela de barco, pero tan lejana, tan lejana, que parecía una mosca.

—¡Si al menos supiera cómo se llama esta isla! —iba diciendo—. ¡Si al menos supiera si esta isla está habitada por gente de bien, quiero decir, por gente que no tenga el vicio de colgar a los muchachos de las ramas de los árboles! Pero ¿a quién se lo puedo preguntar? ¿A quién, si no hay nadie?...

Esta idea de encontrarse solo, solo, solo, en medio de aquel gran país deshabitado, le causó tanta melancolía que estaba a punto de echarse a llorar; cuando de repente vio pasar, a poca distancia de la orilla, un pez muy grande que iba tranquilamente a lo suyo con toda la cabeza fuera del agua.

No sabiendo cómo llamarlo por su nombre, el muñeco le gritó en voz bien alta, para hacerse oír:

—¡Eh, señor pez! ¿Me permitiría usted una palabra?

—Hasta dos —respondió el pez, que era un Delfín tan educado como pocos se encuentran en todos los mares del mundo.

—¿Me haría el favor de decirme si en esta isla hay pueblos donde se pueda comer sin peligro de ser comido?

—¡Claro que los hay! —respondió el Delfín—. Es más, encontrarás uno no muy lejos de aquí.

—¿Y qué camino hay que tomar para llegar allí?

—Tienes que tomar aquel sendero de allí, a mano izquierda, y caminar siempre derecho, siguiendo tu nariz. No tiene pérdida.

—Dígame otra cosa. Usted, que se pasea todo el día y toda la noche por el mar, ¿no se habrá encontrado por casualidad una barquita muy pequeña con mi padre dentro?

—¿Y quién es tu padre?

—Es el padre más bueno del mundo, igual que yo soy el hijo más malo que pueda existir.

—Con la tormenta que hubo esta noche —respondió el Delfín—, la barquita se habrá ido a pique.

—¿Y mi padre?

—A estas horas se lo habrá tragado el terrible Tiburón, que desde hace unos días ha venido a sembrar el exterminio y la desolación en nuestras aguas.

—¿Y es muy grande ese Tiburón? —preguntó Pinocho, que ya empezaba a temblar de miedo.

—¡Que si es grande!... —replicó el Delfín—. Para que te hagas una idea, te diré que es más grande que un edificio de cinco pisos, y tiene una bocaza tan ancha y tan honda que por ella pasaría cómodamente todo el tren del ferrocarril con la locomotora encendida.

—¡Madre mía! —gritó asustado el muñeco; y después de vestirse a toda prisa, se volvió hacia el Delfín y le dijo:

—Adiós, señor pez: perdone usted la molestia, y mil gracias por su amabilidad.

En la orilla, Pinocho, con el gorro en la mano, hace una reverencia al Delfín, que reposa en el agua poco profunda con las aletas alzadas.

Dicho esto, tomó enseguida el sendero y empezó a caminar a paso ligero: tan ligero que casi parecía que corría. Y al más mínimo ruido que oía, se volvía enseguida a mirar hacia atrás, por miedo a verse perseguido por aquel terrible Tiburón grande como una casa de cinco pisos y con un tren del ferrocarril en la boca.

Después de caminar más de media hora, llegó a un pueblecito llamado «el país de las Abejas Laboriosas». Las calles hormigueaban de gente que corría de aquí para allá ocupada en sus quehaceres: todos trabajaban, todos tenían algo que hacer. No se encontraba un ocioso o un vagabundo ni buscándolo con candil.

—Ya entiendo —dijo enseguida el holgazán de Pinocho—: ¡este pueblo no está hecho para mí! ¡Yo no he nacido para trabajar!

Mientras tanto, el hambre lo atormentaba, porque ya habían pasado veinticuatro horas sin que hubiera comido nada; ni siquiera un plato de algarrobas.

¿Qué hacer?

No le quedaban más que dos maneras de quitarse el hambre: o pedir un poco de trabajo, o pedir de limosna un sueldo o un bocado de pan.

Pedir limosna le daba vergüenza, porque su padre siempre le había predicado que solo tienen derecho a pedir limosna los viejos y los enfermos. Los verdaderos pobres de este mundo, los que merecen ayuda y compasión, no son otros que aquellos que, por razón de edad o de enfermedad, se ven condenados a no poder ganarse ya el pan con el trabajo de sus propias manos. Todos los demás tienen la obligación de trabajar; y si no trabajan y pasan hambre, peor para ellos.

En aquel momento pasó por la calle un hombre todo sudado y jadeante, que él solo, con gran esfuerzo, tiraba de dos carretillas cargadas de carbón.

Pinocho, que por la cara lo juzgó un buen hombre, se le acercó y, bajando los ojos de vergüenza, le dijo en voz baja:

—¿Me haría usted la caridad de darme un sueldo, que me siento morir de hambre?

Pinocho tiende la mano a un hombre corpulento con delantal que arrastra un carro cargado de sacos de carbón.

—No uno solo —respondió el carbonero—, sino que te doy cuatro, con tal de que me ayudes a tirar de estas dos carretillas de carbón hasta mi casa.

—¡Me sorprende usted! —respondió el muñeco, casi ofendido—. Para que lo sepa, yo nunca he hecho de burro: ¡yo nunca he tirado de una carretilla!

—¡Mejor para ti! —respondió el carbonero—. Entonces, muchacho, si de verdad te sientes morir de hambre, cómete dos buenas tajadas de tu soberbia y ten cuidado de no coger una indigestión.

A los pocos minutos pasó por la calle un albañil, que llevaba a hombros un capazo de cal.

—Buen hombre, ¿le haría usted la caridad de un sueldo a un pobre muchacho que bosteza de hambre?

—Con mucho gusto; ven conmigo a acarrear cal —respondió el albañil—, y en vez de un sueldo te daré cinco.

—Pero la cal pesa —replicó Pinocho—, y yo no quiero cansarme.

—Si no quieres cansarte, entonces, muchacho, diviértete bostezando, y que te aproveche.

En menos de media hora pasaron otras veinte personas, y a todas Pinocho les pidió un poco de limosna, pero todas le respondieron:

—¿No te da vergüenza? En lugar de andar haraganeando por la calle, ¡ve mejor a buscarte un poco de trabajo y aprende a ganarte el pan!

Por fin pasó una buena mujercita que llevaba dos cántaros de agua.

—¿Me permite usted, buena mujer, que beba un trago de agua de su cántaro? —preguntó Pinocho, que se abrasaba de sed.

—¡Bebe, bebe, muchacho! —dijo la mujercita, dejando los dos cántaros en el suelo.

Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, refunfuñó a media voz, secándose la boca:

—¡La sed ya me la he quitado! ¡Ojalá pudiera quitarme también el hambre!...

La buena mujercita, al oír estas palabras, añadió enseguida:

—Si me ayudas a llevar a casa uno de estos cántaros de agua, te daré un buen pedazo de pan.

Pinocho miró el cántaro y no respondió ni sí ni no.

—Y junto con el pan te daré un buen plato de coliflor aliñada con aceite y vinagre —añadió la buena mujer.

Pinocho echó otra mirada al cántaro y no respondió ni sí ni no.

—Y después de la coliflor te daré un buen bombón relleno de licor.

Ante la tentación de esta última golosina, Pinocho ya no supo resistir y, armándose de valor, dijo:

—¡Paciencia! ¡Le llevaré el cántaro hasta su casa!

El cántaro pesaba mucho, y el muñeco, como no tenía fuerzas para llevarlo con las manos, se resignó a llevarlo en la cabeza.

Cuando llegaron a casa, la buena mujercita hizo sentar a Pinocho a una mesita ya puesta, y le colocó delante el pan, la coliflor aliñada y el bombón.

Pinocho no comió: devoró. Su estómago parecía una casa que hubiera quedado vacía y deshabitada durante cinco meses.

Una vez calmados poco a poco los rabiosos mordiscos del hambre, levantó la cabeza para darle las gracias a su bienhechora; pero aún no había terminado de mirarla a la cara cuando soltó un larguísimo «¡ohhh!» de asombro, y se quedó allí embobado, con los ojos como platos, con el tenedor en el aire y con la boca llena de pan y de coliflor.

—¿A qué viene tanto asombro? —dijo riendo la buena mujer.

—Es que... —respondió Pinocho balbuceando—, es que... es que... te pareces... me recuerdas... sí, sí, sí, la misma voz... los mismos ojos... el mismo pelo... sí, sí, sí... ¡también tú tienes el pelo azul... como ella! ¡Oh, Hadita mía!... ¡Oh, Hadita mía!... ¡Dime que eres tú, de verdad tú!... ¡No me hagas llorar más! ¡Si supieras! ¡He llorado tanto, he sufrido tanto!...

Pinocho se abraza a las rodillas del Hada, ahora una mujer adulta con delantal, que lo mira con una mano en la cadera junto a una silla y unos cántaros de agua.

Y mientras decía esto, Pinocho lloraba a lágrima viva y, echándose de rodillas en el suelo, abrazaba las rodillas de aquella misteriosa mujercita.