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El titiritero Comefuego le regala cinco monedas de oro a Pinocho para que se las lleve a su padre Geppetto; y Pinocho, en cambio, se deja engatusar por la Zorra y el Gato y se va con ellos

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Al día siguiente, Comefuego llamó aparte a Pinocho y le preguntó:

—¿Cómo se llama tu padre?

—Geppetto.

—¿Y qué oficio tiene?

—El de pobre.

—¿Gana mucho?

—Gana lo justo para no tener nunca un céntimo en el bolsillo. Figúrese que para comprarme la cartilla de la escuela tuvo que vender la única chaqueta que llevaba puesta: una chaqueta que, entre parches y zurcidos, era toda una llaga.

—¡Pobre diablo! Casi me da lástima. Aquí tienes cinco monedas de oro. Ve enseguida a llevárselas y salúdalo mucho de mi parte.

Pinocho, como es fácil imaginar, le dio mil veces las gracias al titiritero; abrazó, uno por uno, a todos los muñecos de la compañía, incluso a los gendarmes; y, fuera de sí de contento, se puso en camino para volver a su casa.

Pero aún no había recorrido medio kilómetro cuando se encontró por el camino a una Zorra coja de una pata y a un Gato ciego de los dos ojos, que iban andando a duras penas, ayudándose el uno al otro, como buenos compañeros de desgracia. La Zorra, que era coja, caminaba apoyándose en el Gato; y el Gato, que era ciego, se dejaba guiar por la Zorra.

—Buenos días, Pinocho —le dijo la Zorra, saludándolo con mucha cortesía.

—¿Cómo es que sabes mi nombre? —preguntó el muñeco.

La Zorra y el Gato avanzan sigilosos por el camino hacia Pinocho, que los espera de pie con las manos a la espalda.

—Conozco bien a tu padre.

—¿Dónde lo has visto?

—Lo vi ayer en la puerta de su casa.

—¿Y qué hacía?

—Estaba en mangas de camisa y temblaba de frío.

—¡Pobre padre mío! ¡Pero, si Dios quiere, de hoy en adelante ya no temblará más!

—¿Por qué?

—Porque yo me he convertido en un gran señor.

—¿Un gran señor, tú? —dijo la Zorra, y se echó a reír con una risa grosera y burlona; y el Gato también se reía, pero, para que no se le notara, se peinaba los bigotes con las patitas delanteras.

—No hay nada de qué reírse —gritó Pinocho, picado—. Siento de veras haceros la boca agua, pero estas de aquí, si es que entendéis de esto, son cinco preciosas monedas de oro.

Y sacó las monedas que le había regalado Comefuego.

Al simpático sonido de aquellas monedas, la Zorra, con un movimiento involuntario, estiró la pata que parecía tullida, y el Gato abrió de par en par los dos ojos, que parecieron dos faroles verdes; pero enseguida los volvió a cerrar, tanto que Pinocho no se dio cuenta de nada.

—Y ahora —le preguntó la Zorra—, ¿qué quieres hacer con esas monedas?

—Antes que nada —respondió el muñeco—, quiero comprarle a mi padre una buena chaqueta nueva, toda de oro y de plata, y con botones de brillantes; y luego quiero comprarme una cartilla para mí.

—¿Para ti?

—Pues sí: porque quiero ir a la escuela y ponerme a estudiar en serio.

—¡Mírame a mí! —dijo la Zorra—. Por la tonta manía de estudiar he perdido una pata.

—¡Mírame a mí! —dijo el Gato—. Por la tonta manía de estudiar he perdido la vista de los dos ojos.

En ese momento, un Mirlo blanco que estaba posado en el seto del camino soltó su canto de siempre y dijo:

—Pinocho, no hagas caso de los consejos de las malas compañías: ¡si no, te arrepentirás!

¡Pobre Mirlo, ojalá no lo hubiera dicho nunca! El Gato, pegando un gran salto, se le echó encima y, sin darle tiempo siquiera a decir ¡ay!, se lo comió de un bocado, con plumas y todo.

De un salto entre las ramas frondosas de un árbol, el Gato atrapa al Mirlo con los dientes y lo sujeta con las patas delanteras.

Una vez que se lo hubo comido y se hubo limpiado la boca, volvió a cerrar los ojos y siguió haciéndose el ciego como antes.

—¡Pobre Mirlo! —le dijo Pinocho al Gato—. ¿Por qué lo has tratado tan mal?

—Lo hice para darle una lección. Así, otra vez, aprenderá a no meterse en las conversaciones ajenas.

Habían recorrido ya más de la mitad del camino cuando la Zorra, parándose en seco, le dijo al muñeco:

—¿Quieres doblar tus monedas de oro?

—¿Cómo?

—¿Quieres, de cinco miserables monedas de oro, sacar cien, mil, dos mil?

—¡Ojalá! ¿Y de qué manera?

—La manera es facilísima. En vez de volverte a tu casa, deberías venirte con nosotros.

—¿Y adónde me queréis llevar?

—Al país de los Bobalicones.

Pinocho lo pensó un poco y luego dijo con decisión:

—No, no quiero ir. Ya estoy cerca de casa, y quiero irme a casa, donde mi padre me espera. Quién sabe cuánto habrá suspirado ayer, el pobre viejo, al ver que no volvía. Por desgracia, he sido un mal hijo, y el Grillo Parlante tenía razón cuando decía: «Los niños desobedientes no pueden tener nada bueno en este mundo». Y yo lo he comprobado en carne propia, porque me han pasado muchas desgracias, y también anoche, en casa de Comefuego, corrí peligro... ¡Brrr! ¡Me dan escalofríos solo de pensarlo!

—Entonces —dijo la Zorra—, ¿de verdad quieres irte a tu casa? Pues vete, y peor para ti.

—¡Peor para ti! —repitió el Gato.

—Piénsalo bien, Pinocho, porque le estás dando una patada a la fortuna.

—¡A la fortuna! —repitió el Gato.

—Tus cinco monedas de oro, de hoy a mañana, se habrían convertido en dos mil.

—¡Dos mil! —repitió el Gato.

—Pero ¿cómo es posible que se vuelvan tantas? —preguntó Pinocho, boquiabierto de asombro.

—Te lo explico enseguida —dijo la Zorra—. Has de saber que en el país de los Bobalicones hay un campo bendito al que todos llaman el Campo de los Milagros. Tú haces en ese campo un hoyito y metes dentro, por ejemplo, una moneda de oro. Luego tapas el hoyo con un poco de tierra, lo riegas con dos cubos de agua de fuente, le echas encima una pizca de sal, y por la noche te vas tranquilamente a la cama. Mientras tanto, durante la noche, la moneda germina y florece, y a la mañana siguiente, al levantarte, vuelves al campo y ¿qué encuentras? Encuentras un hermoso árbol cargado de tantas monedas de oro como granos de trigo puede tener una buena espiga en el mes de junio.

—Así que —dijo Pinocho, cada vez más pasmado—, si yo enterrara en ese campo mis cinco monedas de oro, ¿cuántas monedas encontraría allí a la mañana siguiente?

—Es una cuenta facilísima —respondió la Zorra—, una cuenta que puedes hacer con los dedos. Pon que cada moneda te dé un racimo de quinientas monedas: multiplica quinientos por cinco, y a la mañana siguiente te encuentras en el bolsillo dos mil quinientas monedas de oro relucientes y contantes y sonantes.

—¡Ay, qué maravilla! —gritó Pinocho, bailando de alegría—. En cuanto haya recogido esas monedas, me quedaré dos mil para mí y las otras quinientas de más os las regalaré a vosotros dos.

—¿Un regalo a nosotros? —gritó la Zorra, indignándose y dándose por ofendida—. ¡Dios te libre!

—¡Te libre! —repitió el Gato.

—Nosotros —prosiguió la Zorra— no trabajamos por el vil interés: nosotros trabajamos para enriquecer a los demás.

—¡A los demás! —repitió el Gato.

«¡Qué buenas personas!», pensó Pinocho para sus adentros; y, olvidándose allí mismo de su padre, de la chaqueta nueva, de la cartilla y de todos los buenos propósitos que había hecho, les dijo a la Zorra y al Gato:

—Vamos enseguida, me voy con vosotros.