El titiritero Comefuego (que así se llamaba) parecía un hombre espantoso, no digo que no, sobre todo con aquella barbaza negra que, a modo de delantal, le cubría todo el pecho y todas las piernas; pero en el fondo no era un mal hombre. Prueba de ello es que, cuando vio que le traían delante a aquel pobre Pinocho, que se debatía por todos lados gritando «¡No quiero morir, no quiero morir!», empezó enseguida a conmoverse y a apiadarse; y después de resistir un buen rato, al final ya no pudo más y soltó un estornudo sonorísimo.
Al oír aquel estornudo, Arlequín, que hasta entonces había estado afligido y encorvado como un sauce llorón, se puso todo alegre y, inclinándose hacia Pinocho, le susurró en voz baja:
—¡Buenas noticias, hermano! El titiritero ha estornudado, y eso es señal de que se ha compadecido de ti, y ya estás a salvo.
Porque hay que saber que, mientras todos los hombres, cuando sienten lástima por alguien, o lloran o por lo menos fingen secarse los ojos, Comefuego, en cambio, cada vez que se enternecía de verdad, tenía la manía de estornudar. Era una manera como otra cualquiera de dar a conocer a los demás la sensibilidad de su corazón.
Después de estornudar, el titiritero, sin dejar de hacerse el gruñón, le gritó a Pinocho:
—¡Deja ya de llorar! Tus lamentos me han dado una congojilla aquí en el fondo del estómago... siento un retortijón que casi casi... ¡achís, achís! —y soltó otros dos estornudos.
—¡Salud! —dijo Pinocho.
—Gracias. ¿Y tu padre y tu madre viven todavía? —preguntó Comefuego.
—Mi padre, sí; a mi madre no la he conocido nunca.
—Quién sabe qué disgusto se llevaría tu viejo padre si ahora te hiciera echar entre esas brasas ardientes. ¡Pobre viejo! Me da lástima... ¡achís, achís, achís! —y soltó otros tres estornudos.
—¡Salud! —dijo Pinocho.
—Gracias. Por lo demás, también a mí hay que compadecerme, porque, como ves, ya no tengo leña para acabar de asar ese carnero, y tú, a decir verdad, en este caso me habrías venido de perlas. Pero ya me he apiadado, y hay que tener paciencia. En tu lugar, pondré a arder bajo el asador a algún muñeco de mi compañía. ¡Eh, gendarmes!
A esta orden aparecieron enseguida dos gendarmes de madera, larguísimos, secos como palos, con el sombrero de tres picos en la cabeza y el sable desenvainado en la mano.
Entonces el titiritero les dijo con voz ronca:
—Agarradme a ese Arlequín, atadlo bien atado y luego echadlo a arder al fuego. ¡Quiero que mi carnero quede bien asado!

¡Figuraos al pobre Arlequín! Fue tan grande su espanto que se le doblaron las piernas y cayó de bruces al suelo.
Pinocho, al ver aquel espectáculo desgarrador, fue a echarse a los pies del titiritero y, llorando a lágrima viva y empapándole de lágrimas todos los pelos de su larguísima barba, empezó a decir con voz suplicante:
—¡Piedad, señor Comefuego!...
—¡Aquí no hay señores! —replicó con dureza el titiritero.
—¡Piedad, señor Caballero!...
—¡Aquí no hay caballeros!
—¡Piedad, señor Comendador!
—¡Aquí no hay comendadores!
—¡Piedad, Excelencia!...
Al oírse llamar Excelencia, el titiritero puso enseguida la boquita redonda y, vuelto de golpe más humano y más tratable, le dijo a Pinocho:
—Y bien, ¿qué quieres de mí?
—¡Le pido gracia para el pobre Arlequín!...
—Aquí no hay gracia que valga. Si te he perdonado a ti, tengo que hacer que lo pongan a él en el fuego, porque quiero que mi carnero quede bien asado.
—En ese caso —gritó Pinocho con orgullo, irguiéndose y tirando su gorro de miga de pan—, en ese caso sé cuál es mi deber. ¡Adelante, señores gendarmes! Atadme y echadme allí, entre esas llamas. ¡No, no es justo que el pobre Arlequín, mi verdadero amigo, tenga que morir por mí!
Estas palabras, pronunciadas en voz alta y con acento heroico, hicieron llorar a todos los muñecos que presenciaban la escena. Hasta los propios gendarmes, aunque eran de madera, lloraban como dos corderitos lechales.
Comefuego, al principio, se quedó duro e inmóvil como un pedazo de hielo; pero luego, poquito a poco, empezó también él a conmoverse y a estornudar. Y después de cuatro o cinco estornudos, abrió cariñosamente los brazos y le dijo a Pinocho:
—¡Eres un chico estupendo! Ven aquí conmigo y dame un beso.
Pinocho corrió enseguida y, trepando como una ardilla por la barba del titiritero, fue a plantarle un besazo en la punta de la nariz.

—Entonces, ¿estoy perdonado? —preguntó el pobre Arlequín, con un hilo de voz que apenas se oía.
—¡Estás perdonado! —respondió Comefuego; y luego añadió, suspirando y meneando la cabeza:
—¡Paciencia! Por esta noche me resignaré a comerme el carnero medio crudo; pero otra vez, ¡ay de aquel a quien le toque!...

Al saber que se había obtenido la gracia, los muñecos corrieron todos al escenario y, encendiendo las luces y las lámparas como en noche de gala, se pusieron a saltar y a bailar.
Amanecía y seguían bailando.