Cuando dejó de nevar, Pinocho, con su flamante cartilla nueva bajo el brazo, tomó el camino que llevaba a la escuela; y por el camino iba fantaseando en su cabecita mil razonamientos y mil castillos en el aire, a cuál más bonito.
E, hablando consigo mismo, decía:
—Hoy, en la escuela, quiero aprender enseguida a leer; mañana aprenderé a escribir, y pasado mañana aprenderé a hacer números. Luego, con mi habilidad, ganaré mucho dinero, y con las primeras monedas que me entren en el bolsillo quiero hacerle enseguida a mi padre una buena chaqueta de paño. Pero ¿qué digo de paño? Se la quiero hacer toda de plata y de oro, y con botones de brillantes. Y ese pobre hombre se la merece de verdad, porque, en fin, para comprarme los libros y para que yo estudie, se ha quedado en mangas de camisa... ¡con este frío! ¡Solo los padres son capaces de ciertos sacrificios!...
Mientras decía esto, todo conmovido, le pareció oír a lo lejos una música de pífanos y golpes de bombo: pi-pi-pi, pi-pi-pi, zum, zum, zum, zum.
Se detuvo y se quedó escuchando. Aquellos sonidos venían del fondo de una calle transversal larguísima, que llevaba a un pueblecito construido a la orilla del mar.
—¿Qué será esta música? Lástima que tenga que ir a la escuela, si no...
Y se quedó allí, indeciso. De todos modos, había que tomar una decisión: o a la escuela, o a oír los pífanos.
—Hoy iré a oír los pífanos, y mañana a la escuela. Para ir a la escuela siempre hay tiempo —dijo por fin aquel granuja, encogiéndose de hombros.
Dicho y hecho, se metió por la calle transversal y echó a correr a toda velocidad. Cuanto más corría, más claro oía el sonido de los pífanos y los retumbos del bombo: pi-pi-pi, pi-pi-pi, pi-pi-pi, zum, zum, zum, zum.
Y de pronto se encontró en medio de una plaza llena de gente, que se apiñaba alrededor de una gran barraca de madera y de lona pintada de mil colores.
—¿Qué es esa barraca? —preguntó Pinocho, volviéndose hacia un chiquillo del pueblo que estaba allí.
—Lee el cartel, que ahí está escrito, y lo sabrás.
—Lo leería con gusto, pero precisamente hoy no sé leer.
—¡Bravo, borrico! Entonces te lo leeré yo. Pues has de saber que en ese cartel, con letras rojas como el fuego, pone: GRAN TEATRO DE LOS MUÑECOS...
—¿Hace mucho que empezó la función?
—Empieza ahora.
—¿Y cuánto cuesta entrar?
—Cuatro sueldos.
Pinocho, que tenía la fiebre de la curiosidad, perdió todo recato y le dijo, sin avergonzarse, al chiquillo con el que hablaba:
—¿Me prestarías cuatro sueldos hasta mañana?
—Te los prestaría con gusto —le respondió el otro, burlándose de él—, pero precisamente hoy no te los puedo dar.
—Por cuatro sueldos te vendo mi chaqueta —le dijo entonces el muñeco.
—¿Y qué quieres que haga yo con una chaqueta de papel floreado? Si le llueve encima, ya no hay manera de quitársela de la espalda.
—¿Quieres comprarme los zapatos?
—Solo sirven para encender el fuego.
—¿Cuánto me das por el gorro?
—¡Vaya compra! ¡Un gorro de miga de pan! ¡A lo mejor vienen los ratones a comérmelo en la cabeza!
Pinocho estaba sobre ascuas. Estaba a punto de hacer la última oferta, pero no tenía valor: dudaba, titubeaba, sufría. Al final dijo:
—¿Quieres darme cuatro sueldos por esta cartilla nueva?

—Yo soy un niño y no compro nada a los niños —le respondió su pequeño interlocutor, que tenía más juicio que él.
—Por cuatro sueldos la cartilla me la quedo yo —gritó un revendedor de ropa usada que se había encontrado presente en la conversación.
Y el libro quedó vendido allí mismo. ¡Y pensar que aquel pobre hombre de Geppetto se había quedado en casa, temblando de frío en mangas de camisa, para comprarle la cartilla a su hijo!