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Geppetto le vuelve a hacer los pies a Pinocho y vende su propia chaqueta para comprarle la cartilla

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

El muñeco, en cuanto se le quitó el hambre, empezó enseguida a refunfuñar y a llorar, porque quería un par de pies nuevos.

Pero Geppetto, para castigarlo por la travesura que había hecho, lo dejó llorar y desesperarse durante media jornada; después le dijo:

Geppetto, de pie junto a la mesa con una mano en alto, mira a Pinocho, sin pies, tendido sobre la mesa con la cabeza apoyada en el respaldo de una silla.

—¿Y por qué tendría yo que volver a hacerte los pies? ¿Acaso para verte escapar otra vez de tu casa?

—Te prometo —dijo el muñeco sollozando— que de hoy en adelante seré bueno...

—Todos los niños —replicó Geppetto—, cuando quieren conseguir algo, dicen lo mismo.

—Te prometo que iré a la escuela, estudiaré y quedaré bien...

—Todos los niños, cuando quieren conseguir algo, repiten la misma historia.

—¡Pero yo no soy como los demás niños! Yo soy más bueno que todos y siempre digo la verdad. Te prometo, padre, que aprenderé un oficio y que seré el consuelo y el bastón de tu vejez.

Geppetto, que aunque ponía cara de tirano tenía los ojos llenos de lágrimas y el corazón encogido de pena al ver a su pobre Pinocho en aquel estado tan lastimoso, no respondió nada más: tomó en las manos las herramientas del oficio y dos trocitos de madera bien seca, y se puso a trabajar con grandísimo empeño.

Y en menos de una hora los pies estaban terminados: dos piececitos ágiles, delgados y nerviosos, como si los hubiera modelado un artista genial.

Entonces Geppetto le dijo al muñeco:

—¡Cierra los ojos y duerme!

Y Pinocho cerró los ojos y fingió que dormía. Y mientras se hacía el dormido, Geppetto, con un poco de cola disuelta en una cáscara de huevo, le pegó los dos pies en su sitio, y se los pegó tan bien que ni siquiera se veía la señal de la juntura.

En cuanto el muñeco se dio cuenta de que tenía pies, saltó de la mesa donde estaba tendido y empezó a dar mil cabriolas y mil volteretas, como si se hubiera vuelto loco de tanta alegría.

Pinocho, con sus pies nuevos, salta por los aires con los brazos abiertos de par en par, loco de alegría.

—Para recompensarte por todo lo que has hecho por mí —le dijo Pinocho a su padre—, quiero ir enseguida a la escuela.

—Buen chico.

—Pero para ir a la escuela necesito un poco de ropa.

Geppetto, que era pobre y no tenía en el bolsillo ni un céntimo, le hizo entonces un trajecito de papel floreado, un par de zapatos de corteza de árbol y un gorrito de miga de pan.

Geppetto le encaja a Pinocho un alto gorro puntiagudo; el muñeco, de pie sobre un taburete, lleva un traje floreado con una gran gorguera.

Pinocho corrió enseguida a mirarse en una palangana llena de agua y quedó tan contento de sí mismo que dijo, pavoneándose:

—¡Parezco todo un señor!

—Es verdad —replicó Geppetto—, porque, tenlo presente, no es el traje bonito lo que hace al señor, sino más bien el traje limpio.

—A propósito —añadió el muñeco—, para ir a la escuela todavía me falta algo; mejor dicho, me falta lo principal y lo mejor.

—¿Qué cosa?

—Me falta la cartilla.

—Tienes razón; pero ¿cómo se hace para conseguirla?

—Es facilísimo: se va a una librería y se compra.

—¿Y el dinero?

—Yo no tengo.

—Ni yo —añadió el buen viejo, poniéndose triste.

Y Pinocho, aunque era un niño alegrísimo, se puso triste también, porque la miseria, cuando es miseria de verdad, la entienden todos: hasta los niños.

—¡Paciencia! —gritó Geppetto de repente, poniéndose en pie; y, después de ponerse la vieja chaqueta de fustán, toda parches y zurcidos, salió corriendo de casa.

Al poco rato volvió, y cuando volvió traía en la mano la cartilla para su hijo, pero la chaqueta ya no la tenía. El pobre hombre iba en mangas de camisa, y fuera nevaba.

—¿Y la chaqueta, padre?

—La he vendido.

—¿Por qué la has vendido?

—Porque me daba calor.

Pinocho entendió la respuesta al vuelo y, sin poder frenar el impulso de su buen corazón, se le echó al cuello a Geppetto y empezó a besarlo por toda la cara.