
En Hilton Hall, hace ya muchos años, vivía un duende casero que era el duende más llevado de la contraria que hayas conocido jamás. De noche, cuando los criados se habían ido a la cama, lo ponía todo patas arriba, echaba azúcar en los saleros y pimienta en la cerveza, y hacía toda clase de travesuras. Tiraba las sillas al suelo, ponía las mesas panza arriba, desparramaba las brasas del fuego y hacía todo el daño que podía. Pero a veces estaba de buen humor, y entonces… «¿Qué es un duende casero?», preguntas tú. ¡Ay, pues es una especie de algo así como un trasgo, pero no es tan cruel como un Gorro Rojo! ¡Cómo! ¡¿Que no sabes lo que es un trasgo ni un Gorro Rojo?! ¡Ay de mí! ¿Adónde va a ir a parar este mundo? Pues claro, un duende casero es una cosita graciosa, mitad hombre y mitad trasgo, con las orejas puntiagudas y el pellejo peludo. Cuando entierras un tesoro, esparces por encima unas gotas de sangre de un cabrito o un cordero recién degollado, o, mejor todavía, entierras al animal junto con el tesoro, y un duende casero te lo vigilará y espantará a todos los demás.
¿Por dónde iba? Bueno, como iba diciendo, el duende de Hilton Hall se entretenía haciendo diabluras, pero si los criados le dejaban preparado un tazón de nata o una torta untada con miel, les recogía las cosas y dejaba la cocina bien ordenada. Una noche, sin embargo, en que los criados se habían quedado levantados hasta tarde, oyeron un ruido en la cocina y, al asomarse, vieron al duende columpiándose de acá para allá en la cadena del asador, y diciendo:

«¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Aún no ha caído la bellota del árbol que ha de dar el bosque, que ha de hacer la cuna, que ha de mecer al crío, que ha de crecer hasta ser hombre, que me ha de dar descanso. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!»
Así que se compadecieron del pobre duende y le preguntaron a la gallinera más cercana qué podían hacer para que se marchara. «Eso es bien fácil», dijo la gallinera, y les contó que un duende al que se le paga su servicio con algo que no se estropee se marcha enseguida. Así que hicieron una capa de paño verde de Lincoln, con su capucha, la dejaron junto al hogar y se quedaron vigilando. Vieron llegar al duende, que, al ver la capucha y la capa, se las puso y se puso a brincar de un lado a otro, bailando a la pata coja y diciendo:
«Tengo tu capa, tengo tu capucha; el muchacho frío de Hilton ya no te ayuda en nada, escucha.»

Y dicho esto, desapareció, y nunca más se le volvió a ver ni a oír.