
Érase una vez, cuando los cerdos hablaban en verso y los monos mascaban tabaco, y las gallinas tomaban rapé para ponerse recias, y los patos hacían cuac, cuac, cuac, ¡oh!
Había una vieja cerda con tres cerditos, y como no tenía bastante para mantenerlos, los mandó a buscar fortuna. El primero que se fue se encontró con un hombre que llevaba un haz de paja, y le dijo:
«Por favor, buen hombre, deme esa paja para hacerme una casa.»
Y el hombre se la dio, y el cerdito se construyó una casa con ella. Al poco llegó un lobo, llamó a la puerta y dijo:
«Cerdito, cerdito, déjame entrar.»
A lo que el cerdito respondió:
«¡No, no, por los pelos de mi barbilla, barbillita!»
El lobo entonces respondió a eso:
«Pues soplaré y resoplaré, y tu casa derribaré.»
Y sopló y resopló, y la casa le derribó, y se comió al cerdito.

El segundo cerdito se encontró con un hombre que llevaba un haz de aulagas, y le dijo:
«Por favor, buen hombre, deme esas aulagas para hacerme una casa.»
Y el hombre se las dio, y el cerdito se construyó su casa. Entonces llegó el lobo y dijo:
«Cerdito, cerdito, déjame entrar.»
«¡No, no, por los pelos de mi barbilla, barbillita!»
«Pues resoplaré y soplaré, y tu casa derribaré.»
Y sopló y resopló, y resopló y sopló, y por fin derribó la casa, y se comió al cerdito.
El tercer cerdito se encontró con un hombre que llevaba una carga de ladrillos, y le dijo:
«Por favor, buen hombre, deme esos ladrillos para hacerme una casa.»
Así que el hombre le dio los ladrillos, y el cerdito se construyó su casa con ellos. Y llegó el lobo, como había hecho con los otros cerditos, y dijo:
«Cerdito, cerdito, déjame entrar.»
«¡No, no, por los pelos de mi barbilla, barbillita!»
«Pues soplaré y resoplaré, y tu casa derribaré.»
Bueno, pues sopló y resopló, y sopló y resopló, y resopló y sopló; pero no pudo derribar la casa. Cuando vio que, por mucho que soplara y resoplara, no podía derribar la casa, dijo:

«Cerdito, sé dónde hay un buen campo de nabos.»
«¿Dónde?» dijo el cerdito.
«Ah, en el prado grande del señor Smith, y si estás listo mañana por la mañana, pasaré a buscarte e iremos juntos a coger unos cuantos para la comida.»
«Muy bien», dijo el cerdito, «estaré listo. ¿A qué hora piensas ir?»
«Oh, a las seis.»
Pues bien, el cerdito se levantó a las cinco y cogió los nabos antes de que llegara el lobo (que llegó hacia las seis), el cual dijo:
«Cerdito, ¿estás listo?»
El cerdito dijo: «¿Listo? ¡Si ya he ido y he vuelto, y he traído una buena olla llena para la comida!»
El lobo se enfadó mucho con esto, pero pensó que de una manera u otra se la jugaría al cerdito, así que dijo:
«Cerdito, sé dónde hay un buen manzano.»
«¿Dónde?» dijo el cerdito.
«Allá abajo, en el Jardín Alegre», respondió el lobo, «y si no me engañas, vendré a buscarte mañana a las cinco e iremos a coger unas manzanas.»
Pues bien, el cerdito se dio prisa a la mañana siguiente, a las cuatro, y se fue a por las manzanas, con la esperanza de volver antes de que llegara el lobo; pero tenía más camino que recorrer, y tuvo que trepar al árbol, de modo que justo cuando estaba bajando de él, vio venir al lobo, lo que, como os podéis figurar, le dio un susto tremendo. Cuando el lobo llegó, dijo:
«Cerdito, ¡cómo! ¿Ya estás aquí antes que yo? ¿Están buenas las manzanas?»
«Sí, buenísimas», dijo el cerdito. «Te tiraré una.»
Y la tiró tan lejos que, mientras el lobo iba a recogerla, el cerdito saltó al suelo y corrió a casa. Al día siguiente el lobo volvió y le dijo al cerdito:
«Cerdito, esta tarde hay feria en Shanklin, ¿quieres ir?»
«Oh, sí», dijo el cerdito, «iré; ¿a qué hora estarás listo?»
«A las tres», dijo el lobo. Así que el cerdito se fue antes de la hora, como de costumbre, llegó a la feria y compró una mantequera, y ya volvía a casa con ella cuando vio venir al lobo. Entonces no supo qué hacer. Así que se metió en la mantequera para esconderse, y al hacerlo la volcó, y la mantequera rodó cuesta abajo con el cerdito dentro, lo que asustó tanto al lobo que se fue corriendo a casa sin ir a la feria. Fue a casa del cerdito y le contó el susto que le había dado una cosa grande y redonda que había bajado rodando por la cuesta y le había pasado al lado. Entonces el cerdito dijo:

«¡Ja! Así que te asusté. Yo había ido a la feria y había comprado una mantequera, y cuando te vi, me metí dentro y bajé rodando por la cuesta.»
Entonces el lobo se enfadó muchísimo de verdad, y juró que se comería al cerdito y que bajaría por la chimenea a por él. Cuando el cerdito vio lo que se proponía, colgó la olla llena de agua y encendió un buen fuego, y justo cuando el lobo bajaba, quitó la tapa y dentro cayó el lobo; así que el cerdito volvió a poner la tapa en un santiamén, lo coció, se lo comió para cenar, y vivió feliz para siempre.
