Marley había muerto: para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El registro de su entierro había sido firmado por el clérigo, el escribano, el enterrador y el doliente principal. Scrooge lo firmó; y el nombre de Scrooge tenía valor en la Bolsa para cualquier cosa en que quisiera poner la mano. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atención! No quiero decir que sepa, por experiencia propia, qué hay de particularmente muerto en el clavo de una puerta. Yo, por mi parte, me habría inclinado a considerar el clavo de un ataúd como la pieza más muerta de toda la ferretería. Pero en ese símil está la sabiduría de nuestros antepasados, y mis manos profanas no la turbarán, o el país estará perdido. Me permitirán ustedes, por tanto, repetir con énfasis que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que había muerto? Claro que lo sabía. ¿Cómo podía ser de otro modo? Scrooge y él fueron socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea, su único administrador, su único cesionario, su único heredero universal, su único amigo y su único doliente. Y ni siquiera Scrooge quedó tan terriblemente afectado por el triste suceso como para no ser un excelente hombre de negocios el mismísimo día del entierro, que solemnizó con un trato indudablemente ventajoso.
La mención del entierro de Marley me devuelve al punto del que partí. No hay duda de que Marley estaba muerto. Esto ha de entenderse con toda claridad, o nada maravilloso podrá salir de la historia que voy a relatar. Si no estuviéramos perfectamente convencidos de que el padre de Hamlet murió antes de que empezara la obra, no habría nada más notable en que se diera un paseo nocturno, con viento del este, por sus propias murallas, que en que cualquier otro caballero de mediana edad saliera imprudentemente después del anochecer a un lugar ventoso —el cementerio de San Pablo, por ejemplo— literalmente para asombrar la débil mente de su hijo.
Scrooge nunca borró con pintura el nombre del viejo Marley. Allí seguía, años después, sobre la puerta del almacén: Scrooge y Marley. La firma era conocida como Scrooge y Marley. A veces la gente nueva en el negocio llamaba a Scrooge Scrooge, y a veces Marley, pero él respondía a los dos nombres. A él le daba lo mismo.
¡Ah! ¡Pero era mano firme en la piedra de amolar, aquel Scrooge! ¡Un viejo pecador que exprimía, arrancaba, aferraba, raspaba, atenazaba, codicioso! Duro y afilado como el pedernal, del que ningún acero había arrancado jamás fuego generoso; reservado, encerrado en sí mismo y solitario como una ostra. El frío que llevaba dentro le helaba las viejas facciones, le pellizcaba la nariz puntiaguda, le arrugaba la mejilla, le agarrotaba el andar; le enrojecía los ojos, le azulaba los labios finos, y hablaba con astucia en su voz áspera. Una escarcha helada cubría su cabeza, sus cejas y su barbilla erizada. Llevaba siempre consigo su propia temperatura baja; helaba su oficina en la canícula y no la deshelaba un solo grado en Navidad.
El calor y el frío exteriores tenían poca influencia sobre Scrooge. Ningún calor podía calentarlo, ningún tiempo invernal enfriarlo. Ningún viento que soplara era más amargo que él, ninguna nieve que cayera más empeñada en su propósito, ninguna lluvia torrencial menos abierta a las súplicas. El mal tiempo no sabía por dónde cogerlo. La lluvia más recia, la nieve, el granizo y la cellisca sólo podían jactarse de aventajarlo en un aspecto. Ellos a menudo «se soltaban» con generosidad, y Scrooge nunca lo hacía.
Nadie lo detenía nunca en la calle para decirle, con mirada alegre: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted? ¿Cuándo vendrá a verme?» Ningún mendigo le imploraba una limosna, ningún niño le preguntaba qué hora era, ningún hombre ni mujer le preguntó jamás, ni una sola vez en toda su vida, el camino hacia tal o cual sitio. Hasta los perros de los ciegos parecían conocerlo; y cuando lo veían venir, arrastraban a sus amos hacia los portales y los patios; y luego meneaban la cola como diciendo: «¡Más vale no tener ojos que tener mal ojo, amo tenebroso!»
¡Pero a Scrooge qué le importaba! Era justamente lo que le gustaba. Abrirse paso a codazos por los abarrotados senderos de la vida, advirtiendo a toda simpatía humana que guardara las distancias, era lo que los entendidos llaman un manjar para Scrooge.
Érase una vez —de todos los buenos días del año, en Nochebuena— que el viejo Scrooge estaba atareado en su despacho de contabilidad. Hacía un tiempo frío, desapacible, cortante; y además con niebla; y podía oír a la gente en el patio de fuera yendo y viniendo con resuellos, golpeándose el pecho con las manos y pateando las losas del pavimento para calentarse los pies. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres, pero ya estaba muy oscuro —no había habido luz en todo el día—, y las velas ardían en las ventanas de las oficinas vecinas como manchas rojizas sobre el aire pardo y palpable. La niebla entraba a raudales por cada rendija y cada ojo de cerradura, y era tan espesa fuera que, aunque el patio era de los más estrechos, las casas de enfrente eran meros fantasmas. Al ver descender aquella nube sucia, oscureciéndolo todo, se habría podido pensar que la Naturaleza vivía muy cerca y estaba destilando a gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge estaba abierta para poder vigilar a su escribiente, que en una lúgubre celdita del fondo, una especie de aljibe, copiaba cartas. Scrooge tenía un fuego muy pequeño, pero el del escribiente era tanto más pequeño que parecía un solo carbón. Pero no podía reponerlo, pues Scrooge guardaba la carbonera en su propio cuarto; y tan seguro como que el escribiente entraba con la pala, el amo predecía que sería necesario que se separaran. Por eso el escribiente se ponía su bufanda blanca y trataba de calentarse en la vela; empeño en el que, no siendo hombre de mucha imaginación, fracasaba.
«¡Feliz Navidad, tío! ¡Dios te guarde!» gritó una voz alegre. Era la voz del sobrino de Scrooge, que se le echó encima tan de prisa que ésta fue la primera señal que tuvo de su llegada.
«¡Bah!» dijo Scrooge, «¡Paparruchas!»
Tanto se había acalorado este sobrino de Scrooge caminando de prisa entre la niebla y la escarcha, que estaba todo encendido; tenía el rostro sonrosado y hermoso, los ojos le brillaban y su aliento volvía a humear.
«¡La Navidad, una paparrucha, tío!» dijo el sobrino de Scrooge. «Estoy seguro de que no lo dices en serio.»
«Sí lo digo», contestó Scrooge. «¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes tú a estar alegre? ¿Qué razón tienes para estar alegre? Bastante pobre eres.»
«Vamos, pues», replicó el sobrino con jovialidad. «¿Qué derecho tienes tú a estar sombrío? ¿Qué razón tienes para estar malhumorado? Bastante rico eres.»
Como Scrooge no tenía a mano una respuesta mejor en aquel instante, dijo otra vez: «¡Bah!» y lo remató con un «Paparruchas».
«¡No te enfades, tío!» dijo el sobrino.
«¿Qué otra cosa puedo estar», replicó el tío, «viviendo en un mundo de necios como éste? ¡Feliz Navidad! ¡Al diablo con la feliz Navidad! ¿Qué es para ti la Navidad sino un tiempo de pagar cuentas sin dinero; un tiempo de encontrarte un año más viejo y ni una hora más rico; un tiempo de cuadrar tus libros y ver que cada partida de ellos, a lo largo de doce meses redondos, se presenta muerta en contra tuya? Si de mí dependiera», dijo Scrooge indignado, «a todo idiota que anda por ahí con un ‘Feliz Navidad’ en los labios habría que cocerlo con su propio pudin y enterrarlo con una estaca de acebo atravesada en el corazón. ¡Eso habría que hacer!»
«¡Tío!» suplicó el sobrino.
«¡Sobrino!» replicó el tío con severidad, «celebra tú la Navidad a tu manera y déjame celebrarla a la mía.»
«¡Celebrarla!» repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si tú no la celebras.»
«Entonces déjame dejarla en paz», dijo Scrooge. «¡Mucho bien te haga a ti! ¡Mucho bien te ha hecho siempre!»
«Hay muchas cosas de las que podría haber sacado provecho y no lo he sacado, me atrevo a decir», replicó el sobrino. «La Navidad entre ellas. Pero estoy seguro de que siempre he pensado en el tiempo de Navidad, cada vez que ha llegado —aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y origen, si es que algo perteneciente a ella puede separarse de eso—, como en un buen tiempo; un tiempo bondadoso, indulgente, caritativo, agradable; el único tiempo que conozco en el largo calendario del año en que hombres y mujeres parecen abrir de común acuerdo sus corazones cerrados y pensar en los que están por debajo de ellos como si fueran de veras compañeros de viaje hacia la tumba, y no otra raza de criaturas destinada a otros caminos. Y por eso, tío, aunque nunca me ha puesto en el bolsillo una pizca de oro o de plata, creo que me ha hecho bien y que me hará bien; ¡y digo: Dios la bendiga!»
El escribiente del aljibe aplaudió sin querer. Consciente al instante de la impropiedad, atizó el fuego y apagó para siempre su última chispa endeble.
«Que le oiga a usted otro sonido», dijo Scrooge, «¡y celebrará usted su Navidad perdiendo su empleo! Es usted todo un orador, señor», añadió volviéndose hacia su sobrino. «Me extraña que no entre en el Parlamento.»
«No te enojes, tío. ¡Vamos! Come mañana con nosotros.»
Scrooge dijo que antes lo vería... sí, eso dijo. Pronunció la expresión entera y dijo que antes lo vería en aquel extremo lugar.
«¿Pero por qué?» exclamó el sobrino de Scrooge. «¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?» dijo Scrooge.
«Porque me enamoré.»
«¡Porque te enamoraste!» gruñó Scrooge, como si aquello fuera lo único en el mundo más ridículo que una feliz Navidad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, si nunca viniste a verme antes de que eso ocurriera. ¿Por qué lo alegas ahora como razón para no venir?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te pido nada; ¿por qué no podemos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«Lamento de todo corazón encontrarte tan resuelto. Nunca hemos tenido ninguna disputa en la que yo haya sido parte. Pero he hecho la prueba en homenaje a la Navidad, y conservaré mi humor navideño hasta el final. ¡Así que feliz Navidad, tío!»
«¡Buenas tardes!» dijo Scrooge.
«¡Y feliz Año Nuevo!»
«¡Buenas tardes!» dijo Scrooge.
Con todo, su sobrino salió de la habitación sin una palabra de enojo. Se detuvo en la puerta exterior para dar los saludos de la temporada al escribiente, quien, por frío que estuviera, era más cálido que Scrooge, pues los devolvió cordialmente.
«Ahí va otro», murmuró Scrooge, que lo había oído: «mi escribiente, con quince chelines a la semana, mujer y familia, hablando de una feliz Navidad. Me retiraré al manicomio.»
Este lunático, al dejar salir al sobrino de Scrooge, había dejado entrar a otras dos personas. Eran caballeros corpulentos, de aspecto agradable, y estaban ahora, con los sombreros quitados, en el despacho de Scrooge. Llevaban libros y papeles en las manos y le hicieron una reverencia.
«Scrooge y Marley, según creo», dijo uno de los caballeros consultando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme al señor Scrooge o al señor Marley?»
«El señor Marley lleva siete años muerto», contestó Scrooge. «Murió hace siete años, esta misma noche.»
«No dudamos de que su liberalidad esté bien representada por su socio superviviente», dijo el caballero, presentando sus credenciales.
Ciertamente lo estaba, pues habían sido dos almas gemelas. Ante la palabra ominosa «liberalidad», Scrooge frunció el ceño, sacudió la cabeza y devolvió las credenciales.
«En esta época festiva del año, señor Scrooge», dijo el caballero tomando una pluma, «es más deseable que de costumbre que hagamos alguna pequeña provisión para los pobres y desamparados, que sufren mucho en el momento presente. Muchos miles carecen de lo más necesario; cientos de miles carecen de las comodidades más elementales, señor.»
«¿No hay cárceles?» preguntó Scrooge.
«Cárceles en abundancia», dijo el caballero, dejando otra vez la pluma.
«¿Y los asilos de la Unión?» exigió saber Scrooge. «¿Siguen funcionando?»
«Sí siguen. Todavía», replicó el caballero, «ojalá pudiera decir que no.»
«¿Entonces la rueda de molino y la Ley de Pobres siguen en pleno vigor?» dijo Scrooge.
«Ambas muy ocupadas, señor.»
«¡Ah! Temía, por lo que dijo usted al principio, que hubiera ocurrido algo que las detuviera en su útil curso», dijo Scrooge. «Me alegra mucho oírlo.»
«Convencidos de que apenas proporcionan alegría cristiana de mente o de cuerpo a la multitud», replicó el caballero, «unos cuantos de nosotros intentamos reunir un fondo para comprar a los pobres algo de carne y bebida y medios para calentarse. Elegimos este momento porque es, entre todos, aquel en que la Necesidad se siente con más agudeza y la Abundancia se regocija. ¿Con cuánto lo apunto a usted?»
«¡Con nada!» contestó Scrooge.
«¿Desea usted permanecer anónimo?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que me preguntan ustedes lo que deseo, señores, ésa es mi respuesta. Yo no me divierto en Navidad y no puedo permitirme divertir a los holgazanes. Ayudo a sostener los establecimientos que he mencionado: ya cuestan bastante; y los que estén mal deben ir allí.»
«Muchos no pueden ir allí; y muchos preferirían morir.»
«Si prefieren morir», dijo Scrooge, «más vale que lo hagan y disminuyan el exceso de población. Además —discúlpenme—, yo no sé de eso.»
«Pero podría usted saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», replicó Scrooge. «Ya basta con que un hombre entienda su propio negocio y no se meta en el de los demás. El mío me ocupa constantemente. ¡Buenas tardes, señores!»
Viendo claramente que sería inútil insistir, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus tareas con mejor opinión de sí mismo y de un humor más jocoso del que solía tener.
Entretanto la niebla y la oscuridad se espesaron tanto que la gente corría con antorchas encendidas, ofreciendo sus servicios para ir delante de los caballos de los carruajes y guiarlos por el camino. La antigua torre de una iglesia, cuya vieja campana gruñona siempre atisbaba a Scrooge con disimulo desde una ventana gótica del muro, se volvió invisible y dio las horas y los cuartos entre las nubes, con temblorosas vibraciones después, como si allá arriba le castañetearan los dientes en su cabeza helada. El frío se hizo intenso. En la calle principal, en la esquina del patio, unos obreros reparaban las cañerías del gas y habían encendido un gran fuego en un brasero, en torno al cual se había reunido un grupo de hombres y muchachos harapientos: se calentaban las manos y guiñaban los ojos ante la llama, extasiados. La boca de riego, dejada en soledad, dejó que su rebosadura se congelara hoscamente y se convirtiera en hielo misántropo. El brillo de las tiendas, donde las ramas de acebo y las bayas crepitaban al calor de las lámparas de los escaparates, encendía de rojo los rostros pálidos al pasar. El comercio de los polleros y los tenderos se convirtió en una broma espléndida: un desfile glorioso con el que era casi imposible creer que tuvieran algo que ver principios tan aburridos como el regateo y la venta. El Lord Alcalde, en la fortaleza de la poderosa Mansion House, dio órdenes a sus cincuenta cocineros y mayordomos de celebrar la Navidad como debe hacerlo la casa de un Lord Alcalde; y hasta el sastrecillo, a quien había multado con cinco chelines el lunes anterior por andar borracho y sanguinario por las calles, removía en su buhardilla el pudin del día siguiente, mientras su flaca mujer y el bebé salían a comprar la carne.
Más niebla todavía, y más frío. Un frío penetrante, escrutador, mordiente. Si el buen San Dunstan hubiera pellizcado la nariz del Espíritu Maligno con un toque de semejante tiempo, en vez de usar sus armas acostumbradas, entonces sí que habría rugido de veras. El dueño de una escuálida naricilla, roída y mordisqueada por el frío hambriento como roen los perros los huesos, se agachó ante el ojo de la cerradura de Scrooge para obsequiarlo con un villancico; pero al primer sonido de
«¡Dios os guarde, alegre caballero! ¡Que nada os aflija!»
Scrooge agarró la regla con tal energía que el cantor huyó aterrorizado, dejando el ojo de la cerradura a la niebla y a la escarcha, aún más afín.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. De mala gana bajó Scrooge de su taburete y admitió tácitamente el hecho al expectante escribiente del aljibe, que al instante apagó su vela de un soplo y se puso el sombrero.
«Supongo que querrá usted el día entero mañana, ¿no?» dijo Scrooge.
«Si no le resulta inconveniente, señor.»
«Sí me resulta inconveniente», dijo Scrooge, «y no es justo. Si le descontara media corona por ello, se creería usted maltratado, ¿a que sí?»
El escribiente sonrió débilmente.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no me considera usted a mí maltratado cuando pago el jornal de un día sin trabajo alguno.»
El escribiente observó que sólo era una vez al año.
«¡Pobre excusa para hurgar en el bolsillo de un hombre cada veinticinco de diciembre!» dijo Scrooge, abotonándose el gabán hasta la barbilla. «Pero supongo que tendrá usted que tomarse el día entero. Esté aquí tanto más temprano a la mañana siguiente.»
El escribiente prometió hacerlo, y Scrooge salió refunfuñando. La oficina quedó cerrada en un abrir y cerrar de ojos, y el escribiente, con los largos extremos de su bufanda blanca colgándole por debajo de la cintura (pues no presumía de gabán), se deslizó veinte veces por el tobogán de hielo de Cornhill, al final de una hilera de muchachos, en honor de que era Nochebuena, y luego corrió a casa, a Camden Town, tan rápido como pudo, para jugar a la gallina ciega.
Scrooge tomó su melancólica cena en su melancólica taberna de siempre; y habiendo leído todos los periódicos y entretenido el resto de la velada con su libreta del banco, se fue a casa a la cama. Vivía en unas habitaciones que habían pertenecido a su difunto socio. Eran una serie de cuartos lúgubres, en un sombrío montón de edificios al fondo de un patio, donde tan poco tenían que hacer que uno no podía evitar imaginar que la casa había corrido hasta allí cuando era joven, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de vuelta. Ahora era bastante vieja y bastante triste, pues nadie vivía en ella salvo Scrooge, estando todos los demás cuartos alquilados como oficinas. El patio estaba tan oscuro que incluso Scrooge, que conocía cada una de sus piedras, tenía que ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha colgaban de tal modo en torno al negro y viejo portal de la casa que parecía como si el Genio del Tiempo estuviera sentado en el umbral en luctuosa meditación.
Ahora bien, es un hecho que no había nada particular en el llamador de la puerta, salvo que era muy grande. Es también un hecho que Scrooge lo había visto, noche y mañana, durante toda su residencia en aquel lugar; y también que Scrooge tenía tan poco de lo que se llama fantasía como cualquier hombre en la ciudad de Londres, incluyendo —lo cual es mucho decir— la corporación, los concejales y los gremios. Téngase también presente que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley desde que aquella tarde mencionó por última vez a su socio muerto siete años atrás. Y entonces que alguien me explique, si puede, cómo ocurrió que Scrooge, con la llave en la cerradura de la puerta, vio en el llamador —sin que éste sufriera proceso alguno de cambio intermedio— no un llamador, sino el rostro de Marley.
El rostro de Marley. No estaba en sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía a su alrededor una luz lúgubre, como una langosta podrida en un sótano oscuro. No estaba airado ni feroz, sino que miraba a Scrooge como Marley solía mirar: con sus espectrales gafas levantadas sobre su espectral frente. El pelo se agitaba de manera curiosa, como por un aliento o por aire caliente; y aunque los ojos estaban muy abiertos, permanecían absolutamente inmóviles. Eso, y su color lívido, lo hacían horrible; pero su horror parecía existir a pesar del rostro y fuera de su dominio, más que ser parte de su propia expresión.
Cuando Scrooge miró fijamente aquel fenómeno, volvió a ser un llamador.
Decir que no se sobresaltó, o que su sangre no percibió una sensación terrible que le había sido ajena desde la infancia, sería faltar a la verdad. Pero puso la mano sobre la llave que había soltado, la giró con firmeza, entró y encendió su vela.
Sí que se detuvo, con un instante de indecisión, antes de cerrar la puerta; y sí que miró primero con cautela detrás de ella, como si medio esperara aterrorizarse con la visión de la coleta de Marley asomando al vestíbulo. Pero detrás de la puerta no había nada más que los tornillos y las tuercas que sujetaban el llamador, así que dijo: «¡Bah, bah!» y la cerró de un portazo.
El ruido resonó por toda la casa como un trueno. Cada habitación de arriba y cada tonel de la bodega del vinatero de abajo parecían tener su propio repique de ecos. Scrooge no era hombre a quien asustaran los ecos. Echó el cerrojo, cruzó el vestíbulo y subió la escalera; despacio, además, despabilando la vela mientras subía.
Se puede hablar vagamente de subir un coche de seis caballos por un buen tramo de escalera antigua, o a través de una mala ley nueva del Parlamento; pero yo digo que por aquella escalera se habría podido subir un coche fúnebre, y de través, con la barra del tiro hacia la pared y la portezuela hacia la balaustrada: y hacerlo con facilidad. Había anchura de sobra para eso, y espacio que sobraba; lo cual quizá sea la razón por la que Scrooge creyó ver un coche fúnebre andando delante de él en la penumbra. Media docena de faroles de gas de la calle no habrían alumbrado demasiado bien la entrada, así que pueden suponer que con el cabo de vela de Scrooge estaba bastante oscuro.
Scrooge siguió subiendo, sin importarle un ardite. La oscuridad es barata, y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar su pesada puerta, recorrió sus habitaciones para ver que todo estuviera en orden. Guardaba el suficiente recuerdo de aquel rostro como para desear hacerlo.
Sala, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; un fuego pequeño en la rejilla; cuchara y escudilla listas; y el cacillo de gachas (Scrooge estaba acatarrado) sobre la placa. Nadie bajo la cama; nadie en el armario; nadie dentro de su batín, que colgaba de la pared en actitud sospechosa. El trastero como de costumbre. Un viejo guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pescado, un lavabo de tres patas y un atizador.
Del todo satisfecho, cerró la puerta y se encerró; se encerró con doble vuelta, lo cual no era su costumbre. Así asegurado contra sorpresas, se quitó la corbata; se puso el batín, las zapatillas y el gorro de dormir, y se sentó ante el fuego a tomar sus gachas.
Era en verdad un fuego muy escaso; nada para una noche tan cruda. Tuvo que sentarse muy cerca y cernerse sobre él antes de poder extraer la menor sensación de calor de tan poco combustible. La chimenea era antigua, construida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y revestida toda ella de curiosos azulejos holandeses destinados a ilustrar las Escrituras. Había Caínes y Abeles, hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos que descendían por el aire sobre nubes como colchones de plumas, Abrahames, Baltasares, apóstoles haciéndose a la mar en barcas de mantequilla, cientos de figuras para atraer sus pensamientos; y sin embargo aquel rostro de Marley, muerto hacía siete años, llegaba como la vara del antiguo Profeta y se lo tragaba todo. Si cada liso azulejo hubiera estado en blanco al principio, con poder para formar en su superficie alguna imagen a partir de los fragmentos deshilvanados de sus pensamientos, habría habido una copia de la cabeza del viejo Marley en cada uno de ellos.
«¡Paparruchas!» dijo Scrooge, y cruzó la habitación.
Tras varias vueltas, volvió a sentarse. Al echar la cabeza hacia atrás en el sillón, su mirada fue a posarse en una campanilla, una campanilla en desuso que colgaba en la habitación y que comunicaba, para algún propósito ya olvidado, con un cuarto del piso más alto del edificio. Fue con gran asombro, y con un pavor extraño e inexplicable, como vio, mientras miraba, que aquella campanilla empezaba a oscilar. Al principio osciló tan suavemente que apenas hacía ruido; pero pronto sonó con fuerza, y con ella todas las campanillas de la casa.
Aquello pudo durar medio minuto, o un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas cesaron como habían empezado: todas a la vez. Las sucedió un ruido de cadenas, muy abajo; como si alguien arrastrara una pesada cadena por encima de los toneles de la bodega del vinatero. Scrooge recordó entonces haber oído que de los fantasmas de las casas encantadas se dice que arrastran cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de golpe con un estruendo, y entonces oyó el ruido mucho más fuerte en los pisos de abajo; luego subiendo la escalera; luego viniendo directamente hacia su puerta.
«¡Siguen siendo paparruchas!» dijo Scrooge. «No lo creeré.»
Sin embargo, cambió de color cuando, sin detenerse, aquello atravesó la pesada puerta y entró en la habitación ante sus ojos. Al entrar, la llama moribunda dio un salto, como si gritara: «¡Lo conozco; es el fantasma de Marley!», y volvió a caer.
El mismo rostro: exactamente el mismo. Marley con su coleta, su chaleco de siempre, sus calzas y sus botas; las borlas de éstas erizadas, como su coleta, los faldones de su levita y el pelo de su cabeza. La cadena que arrastraba iba ceñida a su cintura. Era larga y se le enroscaba como una cola; y estaba hecha (pues Scrooge la observó de cerca) de cajas de caudales, llaves, candados, libros mayores, escrituras y pesadas bolsas forjadas en acero. Su cuerpo era transparente; de modo que Scrooge, al observarlo y mirar a través de su chaleco, podía ver los dos botones de la espalda de su levita.
Scrooge había oído decir a menudo que Marley no tenía entrañas, pero nunca lo había creído hasta ahora.
No, ni siquiera ahora lo creía. Aunque miraba al fantasma de parte a parte y lo veía de pie ante él; aunque sentía la influencia helada de sus ojos fríos como la muerte y advertía hasta la textura del pañuelo doblado que le ceñía la cabeza y la barbilla, envoltura que antes no había notado, seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.
«¡Vaya!» dijo Scrooge, cáustico y frío como siempre. «¿Qué quieres de mí?»
«¡Mucho!» — la voz de Marley, sin duda alguna.
«¿Quién eres?»
«Pregúntame quién fui.»
«¿Quién fuiste, entonces?» dijo Scrooge, alzando la voz. «Eres exigente, para ser una sombra.» Iba a decir «sutil como una sombra», pero sustituyó esto por aquello, como más apropiado.
«En vida fui tu socio, Jacob Marley.»
«¿Puedes... puedes sentarte?» preguntó Scrooge, mirándolo con recelo.
«Puedo.»
«Hazlo, pues.»
Scrooge hizo la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente se hallaría en condiciones de ocupar una silla; y sentía que, en caso de resultar imposible, ello podría exigir una explicación embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea, como si estuviera muy acostumbrado a hacerlo.
«No crees en mí», observó el Fantasma.
«No», dijo Scrooge.
«¿Qué prueba de mi realidad querrías, aparte de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosita los afecta. Un leve trastorno del estómago los vuelve embusteros. Puede que seas un trozo de carne mal digerida, una mancha de mostaza, una miga de queso, un pedazo de patata poco hecha. ¡Hay en ti más de salsa que de sepulcro, seas lo que seas!»
Scrooge no tenía por costumbre gastar bromas, ni se sentía entonces, en su fuero interno, nada guasón. La verdad es que intentaba ser ingenioso como medio de distraer su propia atención y de sofocar su terror; pues la voz del espectro le estremecía hasta el tuétano de los huesos.
Quedarse sentado, mirando en silencio un instante aquellos ojos fijos y vidriosos, sería, sentía Scrooge, la perdición para él. Había también algo espantoso en el hecho de que el espectro estuviera provisto de una atmósfera infernal propia. Scrooge no podía sentirla, pero era evidente que así era; pues aunque el Fantasma permanecía perfectamente inmóvil, su pelo, sus faldones y sus borlas seguían agitados como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este mondadientes?» dijo Scrooge, volviendo rápidamente a la carga por la razón recién señalada; y deseando, aunque fuera sólo un segundo, apartar de sí la pétrea mirada de la aparición.
«Sí», contestó el Fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el Fantasma, «a pesar de todo.»
«¡Bien!» replicó Scrooge, «no tengo más que tragarme esto y quedar perseguido el resto de mis días por una legión de duendes, todos ellos creación mía. ¡Paparruchas, te digo! ¡Paparruchas!»
Ante esto el espíritu lanzó un grito espantoso y sacudió su cadena con un ruido tan lúgubre y horrible que Scrooge se agarró fuerte a su silla para no caer desvanecido. ¡Pero cuánto mayor fue su horror cuando el fantasma, al quitarse la venda que le rodeaba la cabeza, como si hiciera demasiado calor para llevarla dentro de casa, dejó caer su mandíbula inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos entrelazadas.
«¡Piedad!» dijo. «Terrible aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Hombre de mente mundana!» contestó el Fantasma, «¿crees en mí o no?»
«Creo», dijo Scrooge. «Tengo que creer. Pero ¿por qué andan los espíritus por la tierra, y por qué vienen a mí?»
«Se exige de todo hombre», replicó el Fantasma, «que el espíritu que lleva dentro salga a caminar entre sus semejantes y viaje a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no sale en vida, está condenado a hacerlo después de la muerte. Está condenado a vagar por el mundo —¡ay, pobre de mí!— y a presenciar lo que no puede compartir, pero que podría haber compartido en la tierra y convertido en felicidad.»
De nuevo el espectro lanzó un grito, sacudió su cadena y se retorció las manos sombrías.
«Estás encadenado», dijo Scrooge temblando. «Dime por qué.»
«Llevo la cadena que forjé en vida», contestó el Fantasma. «La hice eslabón a eslabón y vara a vara; me la ceñí por mi propia voluntad, y por mi propia voluntad la llevé. ¿Te resulta extraño su diseño?»
Scrooge temblaba cada vez más.
«¿O quisieras conocer», prosiguió el Fantasma, «el peso y la longitud del pesado rollo que tú mismo llevas? Era ya tan pesado y tan largo como éste hace siete Nochebuenas. Desde entonces has trabajado en él. ¡Es una cadena formidable!»
Scrooge miró alrededor, al suelo, esperando encontrarse rodeado de unas cincuenta o sesenta brazas de cable de hierro; pero no pudo ver nada.
«Jacob», dijo suplicante. «Viejo Jacob Marley, dime más. ¡Dame consuelo, Jacob!»
«No tengo ninguno que dar», contestó el Fantasma. «Viene de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y lo llevan otros mensajeros a otra clase de hombres. Ni puedo decirte lo que quisiera. Muy poco más me está permitido. No puedo descansar, no puedo detenerme, no puedo demorarme en ninguna parte. Mi espíritu nunca salió más allá de nuestro despacho —¡fíjate bien!—; en vida mi espíritu nunca vagó más allá de los estrechos límites de nuestro agujero de cambiar dinero; ¡y me esperan fatigosos viajes!»
Scrooge tenía la costumbre, siempre que se ponía pensativo, de meterse las manos en los bolsillos del pantalón. Reflexionando sobre lo que el Fantasma había dicho, lo hizo también ahora, pero sin levantar los ojos ni ponerse en pie.
«Debes de haber sido muy lento en ello, Jacob», observó Scrooge con aire de negociante, aunque con humildad y deferencia.
«¡Lento!» repitió el Fantasma.
«Siete años muerto», meditó Scrooge. «¡Y viajando todo el tiempo!»
«Todo el tiempo», dijo el Fantasma. «Sin descanso, sin paz. Con la incesante tortura del remordimiento.»
«¿Viajas rápido?» dijo Scrooge.
«En alas del viento», contestó el Fantasma.
«Habrás cubierto muchísimo terreno en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto, el Fantasma lanzó otro grito e hizo sonar su cadena de manera tan horrible en el silencio de muerte de la noche que la parroquia habría estado justificada al denunciarlo por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, atado y doblemente encadenado», exclamó el fantasma, «no saber que han de pasar siglos de trabajo incesante de criaturas inmortales antes de que esta tierra pase a la eternidad y se despliegue todo el bien de que es capaz. No saber que todo espíritu cristiano que obre con bondad en su pequeña esfera, sea cual fuere, encontrará su vida mortal demasiado corta para sus vastos medios de hacer el bien. ¡No saber que ninguna extensión de arrepentimiento puede reparar la oportunidad de una vida mal empleada! ¡Y sin embargo así fui yo! ¡Oh! ¡Así fui yo!»
«Pero siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob», balbuceó Scrooge, que empezaba ahora a aplicarse esto a sí mismo.
«¡Negocios!» gritó el Fantasma, retorciéndose otra vez las manos. «La humanidad era mi negocio. El bien común era mi negocio; la caridad, la misericordia, la tolerancia y la benevolencia, todo eso era mi negocio. ¡Los tratos de mi comercio no eran más que una gota de agua en el vasto océano de mi negocio!»
Levantó su cadena con el brazo extendido, como si ella fuera la causa de todo su inútil dolor, y volvió a arrojarla pesadamente al suelo.
«En esta época del año que gira», dijo el espectro, «es cuando más sufro. ¡Por qué caminé entre multitudes de semejantes con los ojos bajos, sin levantarlos nunca hacia aquella bendita Estrella que condujo a los Reyes Magos a una pobre morada! ¡Como si no hubiera hogares pobres a los que su luz me hubiera podido conducir!»
A Scrooge le consternó mucho oír al espectro seguir por ese camino, y empezó a temblar de manera desmedida.
«¡Escúchame!» gritó el Fantasma. «Mi tiempo casi se ha acabado.»
«Te escucharé», dijo Scrooge. «¡Pero no seas duro conmigo! ¡No te pongas florido, Jacob! ¡Te lo ruego!»
«Cómo es que me aparezco ante ti en una forma que puedes ver, no me está permitido decirlo. Muchos, muchísimos días he estado sentado invisible a tu lado.»
No era una idea agradable. Scrooge se estremeció y se enjugó el sudor de la frente.
«Ésa no es parte pequeña de mi penitencia», prosiguió el Fantasma. «Estoy aquí esta noche para advertirte de que aún tienes una oportunidad y una esperanza de escapar a mi destino. Una oportunidad y una esperanza conseguidas por mí, Ebenezer.»
«Siempre fuiste un buen amigo para mí», dijo Scrooge. «¡Gracias!»
«Serás visitado», continuó el Fantasma, «por Tres Espíritus.»
El semblante de Scrooge decayó casi tanto como había decaído el del Fantasma.
«¿Ésa es la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?» exigió saber con voz vacilante.
«Lo es.»
«Yo... yo creo que preferiría que no», dijo Scrooge.
«Sin sus visitas», dijo el Fantasma, «no puedes esperar eludir el camino que yo recorro. Espera al primero mañana, cuando la campana dé la Una.»
«¿No podría recibirlos a todos de una vez y acabar con ello, Jacob?» insinuó Scrooge.
«Espera al segundo la noche siguiente a la misma hora. Al tercero la noche después, cuando haya dejado de vibrar la última campanada de las Doce. Procura no volver a verme; ¡y procura, por tu propio bien, recordar lo que ha pasado entre nosotros!»
Dichas estas palabras, el espectro tomó su venda de la mesa y se la ató alrededor de la cabeza, como antes. Scrooge lo supo por el seco chasquido que hicieron sus dientes cuando la venda le juntó las mandíbulas. Se atrevió a levantar de nuevo los ojos y encontró a su sobrenatural visitante frente a él, erguido, con la cadena enroscada alrededor del brazo.
La aparición se alejó de él caminando hacia atrás; y a cada paso que daba, la ventana se levantaba un poco, de modo que cuando el espectro llegó a ella estaba abierta de par en par.
Le hizo señas a Scrooge de que se acercara, y él lo hizo. Cuando estuvieron a dos pasos el uno del otro, el fantasma de Marley levantó la mano, advirtiéndole que no se acercara más. Scrooge se detuvo.
No tanto por obediencia como por sorpresa y miedo: pues al alzarse la mano percibió ruidos confusos en el aire; sonidos incoherentes de lamento y de pesar; gemidos inexpresablemente tristes y llenos de autoacusación. El espectro, tras escuchar un momento, se unió al fúnebre canto; y salió flotando a la noche desapacible y oscura.
Scrooge lo siguió hasta la ventana, desesperado de curiosidad. Miró afuera.
El aire estaba lleno de fantasmas que vagaban de acá para allá con inquieta prisa y gemían al pasar. Cada uno de ellos llevaba cadenas como el fantasma de Marley; unos pocos (podían ser gobiernos culpables) iban encadenados juntos; ninguno estaba libre. A muchos los había conocido Scrooge personalmente en vida. Había tenido bastante trato con un viejo fantasma de chaleco blanco, con una monstruosa caja de caudales de hierro atada al tobillo, que lloraba lastimosamente por no poder ayudar a una desdichada mujer con un niño en brazos a la que veía abajo, en el umbral de una puerta. La desdicha de todos ellos consistía, evidentemente, en que buscaban intervenir para bien en los asuntos humanos y habían perdido para siempre esa facultad.
Si aquellas criaturas se desvanecieron en la niebla o si la niebla las envolvió, no habría podido decirlo. Pero ellas y sus voces espectrales se desvanecieron a la vez; y la noche volvió a ser como había sido cuando él regresó a casa.
Scrooge cerró la ventana y examinó la puerta por la que había entrado el Fantasma. Estaba cerrada con doble vuelta, tal como él la había cerrado con sus propias manos, y los cerrojos intactos. Intentó decir «¡Paparruchas!», pero se detuvo en la primera sílaba. Y como estaba muy necesitado de reposo —fuera por la emoción que había sufrido, o por las fatigas del día, o por su vislumbre del Mundo Invisible, o por la sombría conversación del Fantasma, o por lo avanzado de la hora—, se fue derecho a la cama, sin desvestirse, y se durmió al instante.