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El León Cobarde

El maravilloso Mago de Oz · L. Frank Baum · translated by AI translation (unreviewed)

Durante todo este tiempo, Dorothy y sus compañeros habían estado caminando por el espeso bosque. El camino seguía pavimentado con ladrillos amarillos, pero estos estaban muy cubiertos de ramas secas y hojas muertas caídas de los árboles, y no era nada fácil andar por él.

Había pocos pájaros en esta parte del bosque, pues a los pájaros les gusta el campo abierto, donde hay sol en abundancia. Pero de vez en cuando se oía el gruñido profundo de algún animal salvaje escondido entre los árboles. Aquellos sonidos hacían que el corazón de la niña latiera con fuerza, pues no sabía qué los producía; pero Totó sí lo sabía, y caminaba muy pegado a Dorothy, sin ladrar siquiera en respuesta.

—¿Cuánto falta —le preguntó la niña al Leñador de Hojalata— para que salgamos del bosque?

—No lo sé —fue la respuesta—, porque nunca he estado en la Ciudad Esmeralda. Pero mi padre fue allí una vez, cuando yo era niño, y dijo que era un largo viaje a través de un país peligroso, aunque cerca de la ciudad donde vive Oz la comarca es hermosa. Pero yo no tengo miedo mientras tenga mi aceitera, y nada puede hacerle daño al Espantapájaros, mientras que tú llevas en la frente la marca del beso de la Bruja Buena, y eso te protegerá de todo mal.

—¡Pero Totó! —dijo la niña con inquietud—. ¿Qué lo protegerá a él?

—Tendremos que protegerlo nosotros mismos si está en peligro —respondió el Leñador de Hojalata.

Justo cuando hablaba, del bosque salió un rugido terrible, y al instante un enorme León saltó al camino. De un zarpazo mandó al Espantapájaros dando vueltas y vueltas hasta el borde del camino, y luego atacó al Leñador de Hojalata con sus afiladas garras. Pero, para sorpresa del León, no logró dejar ni una marca en la hojalata, aunque el Leñador cayó al camino y se quedó inmóvil.

El pequeño Totó, ahora que tenía un enemigo al que enfrentarse, corrió ladrando hacia el León, y la gran bestia había abierto la boca para morder al perro cuando Dorothy, temiendo que mataran a Totó y sin pensar en el peligro, se lanzó hacia delante y le dio al León una bofetada en la nariz con todas sus fuerzas, mientras gritaba:

—¡No te atrevas a morder a Totó! ¡Debería darte vergüenza, una bestia tan grande como tú, morder a un pobre perrito!

—No lo he mordido —dijo el León, frotándose con la pata la nariz donde Dorothy le había golpeado.

—No, pero lo has intentado —replicó ella—. No eres más que un gran cobarde.

—Lo sé —dijo el León, bajando la cabeza avergonzado—. Siempre lo he sabido. Pero ¿qué puedo hacer?

—No lo sé, de verdad. ¡Pensar que has golpeado a un hombre relleno de paja, como el pobre Espantapájaros!

—¿Está relleno? —preguntó el León sorprendido, mientras la veía recoger al Espantapájaros y ponerlo en pie, dándole palmaditas para devolverle la forma.

—Claro que está relleno —respondió Dorothy, que seguía enfadada.

—Por eso ha salido rodando con tanta facilidad —comentó el León—. Me asombró verlo dar tantas vueltas. ¿El otro también está relleno?

—No —dijo Dorothy—, está hecho de hojalata. Y ayudó al Leñador a levantarse de nuevo.

—Por eso casi me ha despuntado las garras —dijo el León—. Cuando rasparon contra la hojalata, me recorrió un escalofrío por la espalda. ¿Qué es ese animalito al que tanto cuidas?

—Es mi perro, Totó —respondió Dorothy.

—¿Es de hojalata o está relleno? —preguntó el León.

—Ni lo uno ni lo otro. Es un... un... un perro de carne —dijo la niña.

—¡Oh! Es un animal curioso y parece notablemente pequeño, ahora que lo miro bien. A nadie se le ocurriría morder a una cosita así, salvo a un cobarde como yo —continuó el León con tristeza.

—¿Qué te hace ser un cobarde? —preguntó Dorothy, mirando asombrada a la enorme bestia, pues era tan grande como un caballo pequeño.

—Es un misterio —respondió el León—. Supongo que nací así. Todos los demás animales del bosque esperan, como es natural, que yo sea valiente, porque en todas partes se considera al León el Rey de los Animales. Aprendí que si rugía muy fuerte, todo ser viviente se asustaba y se apartaba de mi camino. Cada vez que me he encontrado con un hombre he pasado un miedo espantoso; pero le rugía sin más, y él siempre ha salido corriendo tan deprisa como podía. Si los elefantes, los tigres y los osos hubieran intentado alguna vez pelear conmigo, habría salido corriendo yo mismo, tan cobarde soy; pero en cuanto me oyen rugir, todos tratan de alejarse de mí, y yo, por supuesto, los dejo marchar.

—Pero eso no está bien. El Rey de los Animales no debería ser un cobarde —dijo el Espantapájaros.

—Lo sé —repuso el León, enjugándose una lágrima con la punta de la cola—. Es mi gran pena, y hace que mi vida sea muy desdichada. Pero siempre que hay peligro, el corazón me empieza a latir muy deprisa.

—Quizá padezcas del corazón —dijo el Leñador de Hojalata.

—Puede ser —dijo el León.

—Si es así —continuó el Leñador de Hojalata—, deberías alegrarte, porque eso demuestra que tienes corazón. En cuanto a mí, no tengo corazón, así que no puedo padecer del corazón.

—Quizá —dijo el León, pensativo—, si yo no tuviera corazón no sería un cobarde.

—¿Tienes cerebro? —preguntó el Espantapájaros.

—Supongo que sí. Nunca he mirado para comprobarlo —respondió el León.

—Yo voy a ver al Gran Oz para pedirle que me dé un poco —comentó el Espantapájaros—, porque tengo la cabeza rellena de paja.

—Y yo voy a pedirle que me dé un corazón —dijo el Leñador.

—Y yo voy a pedirle que nos envíe a Totó y a mí de vuelta a Kansas —añadió Dorothy.

—¿Crees que Oz podría darme valor? —preguntó el León Cobarde.

—Tan fácilmente como podría darme cerebro a mí —dijo el Espantapájaros.

—O darme un corazón a mí —dijo el Leñador de Hojalata.

—O enviarme a mí de vuelta a Kansas —dijo Dorothy.

—Entonces, si no os importa, iré con vosotros —dijo el León—, porque mi vida es sencillamente insoportable sin un poco de valor.

—Serás muy bienvenido —respondió Dorothy—, porque ayudarás a mantener alejadas a las demás bestias salvajes. Me parece que deben de ser más cobardes que tú, si permiten que las asustes con tanta facilidad.

—Lo son, de verdad —dijo el León—, pero eso no me hace más valiente, y mientras sepa que soy un cobarde seré desdichado.

Así que una vez más la pequeña compañía emprendió el viaje, con el León caminando a grandes y majestuosas zancadas junto a Dorothy. Al principio Totó no aprobaba a este nuevo compañero, pues no podía olvidar lo cerca que había estado de ser aplastado entre las enormes mandíbulas del León. Pero al cabo de un rato se sintió más tranquilo, y pronto Totó y el León Cobarde se habían hecho buenos amigos.

Durante el resto de aquel día no hubo ninguna otra aventura que turbara la paz de su viaje. Una vez, es cierto, el Leñador de Hojalata pisó un escarabajo que se arrastraba por el camino y mató a la pobre criatura. Esto entristeció mucho al Leñador de Hojalata, porque siempre tenía cuidado de no hacer daño a ningún ser vivo; y mientras caminaba derramó varias lágrimas de pena y de arrepentimiento. Estas lágrimas le corrieron despacio por la cara y sobre las bisagras de la mandíbula, y allí se oxidaron. Cuando poco después Dorothy le hizo una pregunta, el Leñador de Hojalata no pudo abrir la boca, porque tenía las mandíbulas firmemente oxidadas. Esto lo asustó muchísimo, e hizo muchos gestos a Dorothy para que lo socorriera, pero ella no lograba entenderlo. El León también estaba perplejo, sin saber qué ocurría. Pero el Espantapájaros cogió la aceitera de la cesta de Dorothy y engrasó las mandíbulas del Leñador, de modo que al cabo de unos instantes pudo hablar tan bien como antes.

—Esto me servirá de lección —dijo— para mirar dónde piso. Porque si matara otro bicho o escarabajo, sin duda volvería a llorar, y el llanto me oxida las mandíbulas de modo que no puedo hablar.

A partir de entonces caminó con mucho cuidado, con los ojos fijos en el camino, y cuando veía una hormiguita afanándose a su paso, la saltaba por encima para no hacerle daño. El Leñador de Hojalata sabía muy bien que no tenía corazón, y por eso ponía gran cuidado en no ser jamás cruel ni desconsiderado con nada.

—Vosotros, los que tenéis corazón —dijo—, tenéis algo que os guía, y nunca necesitáis obrar mal; pero yo no tengo corazón, y por eso debo tener mucho cuidado. Cuando Oz me dé un corazón, claro está, ya no tendré que preocuparme tanto.