Una serpiente había logrado sorprender a un águila y se había enroscado alrededor de su cuello. El águila no alcanzaba a la serpiente, ni con el pico ni con las garras. Se remontó muy alto en el cielo intentando sacudirse de encima a su enemiga. Pero la serpiente solo apretaba más su abrazo y, poco a poco, el águila fue descendiendo de nuevo a tierra, jadeando en busca de aire.
Un campesino vio por casualidad aquel combate desigual. Compadecido de la noble águila, acudió corriendo y pronto logró desenroscar a la serpiente y liberar al águila.
La serpiente estaba furiosa. No tuvo ocasión de morder al precavido campesino. En cambio, atacó el cuerno de beber que colgaba del cinturón del campesino y en él soltó el veneno de sus colmillos.
El campesino siguió entonces su camino hacia casa. Como le entró sed por el camino, llenó su cuerno en un manantial y estaba a punto de beber. Se oyó de pronto el batir impetuoso de unas grandes alas. Lanzándose en picado, el águila arrebató el cuerno envenenado de las manos de su salvador y se alejó volando con él para esconderlo donde jamás pudiera encontrarse.
Una buena acción halla siempre su recompensa.