Un hombre que vivió hace mucho tiempo creía que podía leer el futuro en las estrellas. Se hacía llamar astrólogo y pasaba las noches contemplando el cielo.
Una tarde caminaba por el camino abierto a las afueras del pueblo. Tenía los ojos clavados en las estrellas. Creyó ver en ellas que se acercaba el fin del mundo cuando, de repente, cayó en un hoyo lleno de barro y agua.
Allí se quedó, hundido hasta las orejas en el agua fangosa, arañando desesperadamente las resbaladizas paredes del hoyo en su afán por salir.
Sus gritos de socorro pronto hicieron acudir corriendo a los aldeanos. Mientras lo sacaban del barro, uno de ellos dijo:
—¡Presumes de leer el futuro en las estrellas y, sin embargo, no ves lo que tienes a tus pies! Que esto te enseñe a prestar más atención a lo que tienes delante y a dejar que el futuro se ocupe de sí mismo.
—¿De qué sirve —dijo otro— leer las estrellas, si no eres capaz de ver lo que hay aquí mismo, en la tierra?
Cuida de las cosas pequeñas y las grandes se cuidarán solas.