Dos Ollas, una de latón y la otra de barro, estaban juntas sobre la piedra del hogar. Un día la Olla de Latón le propuso a la Olla de Barro que salieran juntas a recorrer el mundo. Pero la Olla de Barro se excusó, diciendo que sería más prudente que se quedara en el rincón junto al fuego.
«Bastaría muy poco para romperme —dijo—. Ya sabes lo frágil que soy. ¡El menor golpe seguro que me hace añicos!»
«No dejes que eso te retenga en casa —insistió la Olla de Latón—. Yo te cuidaré muy bien. Si nos topáramos con algo duro, me pondré en medio y te salvaré.»
Así que la Olla de Barro consintió al fin, y las dos partieron una al lado de la otra, dando tumbos sobre tres patas rechonchas, ora hacia un lado, ora hacia el otro, y chocando entre sí a cada paso.
La Olla de Barro no pudo sobrevivir mucho tiempo a semejante compañía. No habían andado ni diez pasos cuando la Olla de Barro se agrietó y, al siguiente tumbo, saltó en mil pedazos.
Entre iguales se hacen las mejores amistades.