Un Lobo hambriento divisó a una Cabra ramoneando en lo alto de un escarpado acantilado, donde no había manera de que él pudiera alcanzarla.
«Ese es un lugar muy peligroso para ti —le gritó, fingiendo estar muy preocupado por la seguridad de la Cabra—. ¡Y si te cayeras! ¡Hazme caso, por favor, y baja! Aquí puedes conseguir toda la hierba que quieras, la más fina y tierna de la comarca.»
La Cabra miró por el borde del acantilado.
«¡Qué preocupado, muy preocupado, estás por mí —dijo—, y qué generoso eres con tu hierba! ¡Pero yo te conozco! ¡Es en tu propio apetito en el que piensas, no en el mío!»
Una invitación movida por el egoísmo no debe aceptarse.