Una luminosa tarde, mientras el sol se ponía sobre un mundo glorioso, un viejo y sabio Gallo voló a un árbol para dormir. Antes de acomodarse para descansar, batió las alas tres veces y cantó con fuerza. Pero justo cuando iba a esconder la cabeza bajo el ala, sus ojillos brillantes captaron un destello rojo y el atisbo de un largo hocico puntiagudo, y allí, justo debajo de él, estaba el señor Zorro.
«¿Has oído la maravillosa noticia?», exclamó el Zorro de manera muy alegre y entusiasmada.
«¿Qué noticia?», preguntó el Gallo con mucha calma. Pero por dentro sentía un extraño cosquilleo de nervios, pues, ya sabéis, le tenía mucho miedo al Zorro.
«Tu familia y la mía y todos los demás animales han acordado olvidar sus diferencias y vivir en paz y amistad desde ahora y para siempre. ¡Imagínate! ¡No puedo esperar a abrazarte! ¡Baja, querido amigo, y celebremos tan feliz acontecimiento!»
«¡Qué maravilla! —dijo el Gallo—. Ciertamente, la noticia me encanta.» Pero hablaba distraídamente y, poniéndose de puntillas, parecía mirar algo a lo lejos.
«¿Qué es lo que ves?», preguntó el Zorro un poco inquieto.
«Vaya, me parece que viene un par de Perros hacia aquí. Deben de haber oído la buena noticia y...»
Pero el Zorro no esperó a oír más. Salió corriendo.
«¡Espera! —gritó el Gallo—. ¿Por qué huyes? ¡Los Perros ahora son amigos tuyos!»
«Sí —respondió el Zorro—. Pero puede que ellos no hayan oído la noticia. Además, tengo un recado muy importante que casi había olvidado.»
El Gallo sonrió mientras hundía la cabeza entre sus plumas y se dormía, pues había logrado burlar a un enemigo muy astuto.
Al embustero es fácil embaucarlo.