← Biblioteca

Pinocho descubre a los ladrones y, como recompensa por haber sido fiel, lo dejan en libertad

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Y llevaba ya más de dos horas durmiendo a pierna suelta cuando, hacia la medianoche, lo despertó un susurro y un cuchicheo de vocecitas extrañas que le pareció oír en la era. Asomando la punta de la nariz por el agujero de la caseta, vio reunidos en consejo a cuatro animalitos de pelaje oscuro que parecían gatos. Pero no eran gatos: eran garduñas, animalillos carnívoros, golosísimos de huevos y de pollitas tiernas. Una de aquellas garduñas, apartándose de sus compañeras, fue al agujero de la caseta y dijo en voz baja:

Una garduña oscura de cola espesa se acerca sigilosa a la caseta, desde cuya entrada Pinocho, todavía encadenado, asoma la cabeza.

—Buenas noches, Melampo.

—Yo no me llamo Melampo —respondió el muñeco.

—¿Y entonces quién eres?

—Yo soy Pinocho.

—¿Y qué haces ahí?

—Hago de perro guardián.

—¿Y Melampo dónde está? ¿Dónde está el perro viejo que vivía en esta caseta?

—Se murió esta mañana.

—¿Muerto? ¡Pobre animal!... ¡Era tan bueno!... Pero, a juzgar por tu cara, tú también me pareces un perro como es debido.

—Disculpa, ¡yo no soy un perro!...

—¿Pues qué eres?

—Yo soy un muñeco.

—¿Y haces de perro guardián?

—Por desgracia: ¡como castigo!...

—Pues bien, yo te propongo el mismo trato que tenía con el difunto Melampo, y quedarás contento.

—¿Y cuál sería ese trato?

—Nosotras vendremos una vez por semana, como hasta ahora, a visitar de noche este gallinero y nos llevaremos ocho gallinas. De esas gallinas, siete nos las comeremos nosotras y una te la daremos a ti, a condición, se entiende, de que tú hagas como que duermes y que nunca se te ocurra ladrar y despertar al campesino.

—¿Y Melampo hacía exactamente eso? —preguntó Pinocho.

—Hacía eso mismo, y entre nosotras y él siempre nos hemos llevado bien. Así que duerme tranquilo, y ten por seguro que antes de irnos de aquí te dejaremos sobre la caseta una gallina bien desplumada para el desayuno de mañana. ¿Nos hemos entendido bien?

—¡Demasiado bien!... —respondió Pinocho; y meneó la cabeza de un modo un tanto amenazador, como si quisiera decir: «¡Dentro de poco volveremos a hablar!...».

Cuando las cuatro garduñas se creyeron seguras de lo suyo, fueron derechas al gallinero, que estaba precisamente muy cerca de la caseta del perro; y, después de abrir a fuerza de dientes y de uñas la puertecita de madera que cerraba la entrada, se colaron dentro una tras otra. Pero aún no habían acabado de entrar cuando oyeron que la puertecita se cerraba de nuevo con grandísima violencia.

Quien la había cerrado era Pinocho, el cual, no contento con haberla cerrado, le arrimó por delante, para mayor seguridad, una piedra grande a modo de puntal.

Y luego empezó a ladrar; y, ladrando igual que si fuera un perro guardián, hacía con la voz: ¡guau, guau, guau, guau!

Al oír aquellos ladridos, el campesino saltó de la cama y, cogiendo la escopeta y asomándose a la ventana, preguntó:

—¿Qué pasa?

—¡Están aquí los ladrones! —respondió Pinocho.

—¿Dónde están?

—En el gallinero.

—Ahora mismo bajo.

Y, en efecto, en un santiamén el campesino bajó, entró corriendo en el gallinero y, después de atrapar a las cuatro garduñas y encerrarlas en un saco, les dijo con un tono de verdadera alegría:

—¡Por fin habéis caído en mis manos! ¡Podría castigaros, mas tan vil no soy! Me contentaré, en cambio, con llevaros mañana al posadero del pueblo vecino, que os despellejará y os cocinará como liebre agridulce. Es un honor que no os merecéis, ¡pero los hombres generosos como yo no se fijan en estas pequeñeces!...

Luego, acercándose a Pinocho, empezó a hacerle muchas caricias y, entre otras cosas, le preguntó:

—¿Cómo te las has arreglado para descubrir el complot de estas cuatro ladronzuelas? ¡Y pensar que Melampo, mi fiel Melampo, nunca se había dado cuenta de nada!...

El muñeco, entonces, habría podido contar lo que sabía; es decir, habría podido contar el trato vergonzoso que había entre el perro y las garduñas; pero, acordándose de que el perro había muerto, pensó enseguida para sus adentros: «¿De qué sirve acusar a los muertos?... Los muertos, muertos están, ¡y lo mejor que se puede hacer es dejarlos en paz!...».

—Cuando llegaron las garduñas a la era, ¿estabas despierto o dormías? —siguió preguntándole el campesino.

—Dormía —respondió Pinocho—, pero las garduñas me despertaron con su parloteo, y una vino hasta aquí, a la caseta, para decirme: «¡Si prometes no ladrar y no despertar al amo, te regalaremos una polla bien desplumada!». ¿Lo entiende usted, eh? ¡Tener la desvergüenza de hacerme a mí una propuesta así! Porque ha de saber que yo soy un muñeco que tendrá todos los defectos de este mundo, ¡pero nunca tendré el de hacerme el compinche y sostenerle el saco a la gente deshonesta!

—¡Muy bien, muchacho! —gritó el campesino, dándole una palmada en el hombro—. Esos sentimientos te honran; y, para demostrarte mi gran satisfacción, te dejo libre desde ahora mismo para volver a casa.

Y le quitó el collar de perro.