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Pinocho tiene hambre y busca un huevo para hacerse una tortilla; pero en lo mejor, la tortilla se le escapa volando por la ventana

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Entretanto empezó a hacerse de noche, y Pinocho, al acordarse de que no había comido nada, sintió un cosquilleo en el estómago que se parecía muchísimo al apetito.

Pero el apetito de los niños avanza deprisa, y en efecto, a los pocos minutos el apetito se convirtió en hambre, y el hambre, en un abrir y cerrar de ojos, se volvió un hambre de lobo, un hambre que se podía cortar con cuchillo.

El pobre Pinocho corrió enseguida al fogón, donde había una olla que hervía, e hizo ademán de destaparla para ver qué había dentro; pero la olla estaba pintada en la pared. Imaginaos cómo se quedó. Su nariz, que ya era larga, se le alargó por lo menos cuatro dedos más.

Entonces se puso a correr por el cuarto y a rebuscar en todos los cajones y en todos los rincones en busca de un poco de pan, aunque fuera un poco de pan duro, un currusco, un hueso que le hubiera sobrado al perro, un poco de polenta enmohecida, una espina de pescado, un hueso de cereza, en fin, algo que masticar; pero no encontró nada, nada de nada, absolutamente nada.

Y entretanto el hambre crecía y crecía sin parar; y el pobre Pinocho no tenía más alivio que bostezar, y daba unos bostezos tan largos que a veces la boca le llegaba hasta las orejas. Y después de bostezar escupía, y sentía que el estómago se le iba.

Entonces, llorando y desesperándose, decía:

—El Grillo Parlante tenía razón. Hice mal en rebelarme contra mi padre y en escaparme de casa... ¡Si mi padre estuviera aquí ahora, no me encontraría muriéndome de bostezos! ¡Ay, qué enfermedad tan mala es el hambre!

Cuando he aquí que le pareció ver en el montón de la basura algo redondo y blanco que se parecía en todo a un huevo de gallina. Dar un salto y echarse encima fue todo uno. Era un huevo de verdad.

La alegría del muñeco es imposible describirla: hay que saber imaginársela. Creyendo casi que era un sueño, daba vueltas y más vueltas al huevo entre las manos, y lo tocaba y lo besaba, y besándolo decía:

—¿Y ahora cómo lo voy a cocinar? ¿Haré una tortilla?... ¡No, es mejor hacerlo al plato!... ¿O no estaría más sabroso si lo friera en la sartén? ¿O si, en cambio, lo hiciera pasado por agua? No, lo más rápido de todo es hacerlo al plato o en la cazuelita: ¡tengo demasiadas ganas de comérmelo!

Dicho y hecho, puso una cazuelita sobre un brasero lleno de ascuas encendidas; echó en la cazuelita, en vez de aceite o de mantequilla, un poco de agua; y cuando el agua empezó a humear, ¡crac!... rompió la cáscara del huevo e hizo ademán de verterlo dentro.

Pero en vez de la clara y la yema salió un pollito muy alegre y ceremonioso que, haciendo una gran reverencia, dijo:

—¡Mil gracias, señor Pinocho, por haberme ahorrado el trabajo de romper la cáscara! ¡Adiós, que le vaya bien, y muchos recuerdos a la familia!

Dicho esto, extendió las alas y, colándose por la ventana, que estaba abierta, se fue volando hasta perderse de vista.

El pobre muñeco se quedó allí como hechizado, con los ojos fijos, la boca abierta y las cáscaras del huevo en la mano. Sin embargo, repuesto del primer pasmo, empezó a llorar, a chillar, a patalear de desesperación, y llorando decía:

—¡Y sin embargo el Grillo Parlante tenía razón! Si no me hubiera escapado de casa y si mi padre estuviera aquí, ahora no me encontraría muriéndome de hambre. ¡Ay, qué enfermedad tan mala es el hambre!...

Y como las tripas le seguían rugiendo más que nunca y no sabía cómo calmarlas, pensó en salir de casa y dar una escapada al pueblecito vecino, con la esperanza de encontrar a alguna persona caritativa que le diera de limosna un poco de pan.