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Maese Cereza regala el pedazo de madera a su amigo Geppetto, que lo acepta para fabricarse un muñeco maravilloso que sepa bailar, esgrimir y dar saltos mortales

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

En aquel momento llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo el carpintero, sin fuerzas para ponerse de pie.

Entonces entró en el taller un viejecito muy vivaracho que se llamaba Geppetto; pero los chicos del vecindario, cuando querían ponerlo hecho una furia, lo llamaban por el apodo de Polendina, a causa de su peluca amarilla, que se parecía muchísimo a la polenta de maíz.

Geppetto de perfil: un viejecito sonriente de nariz puntiaguda, con peluca y un pañuelo negro anudado al cuello.

Geppetto tenía un genio terrible. ¡Ay de quien lo llamara Polendina! Se ponía enseguida hecho una fiera, y ya no había manera de sujetarlo.

—Buenos días, maese Antonio —dijo Geppetto—. ¿Qué hace usted ahí en el suelo?

—Enseño las cuentas a las hormigas.

—Que le aproveche.

—¿Qué le trae por aquí, compadre Geppetto?

—Las piernas. Sepa usted, maese Antonio, que he venido a pedirle un favor.

—Aquí me tiene, dispuesto a servirle —replicó el carpintero, poniéndose de rodillas.

—Esta mañana me ha llovido una idea en la sesera.

—Oigámosla.

—He pensado fabricarme yo mismo un hermoso muñeco de madera; pero un muñeco maravilloso, que sepa bailar, esgrimir y dar saltos mortales. Con este muñeco quiero recorrer el mundo, para ganarme un mendrugo de pan y un vaso de vino. ¿Qué le parece?

—¡Bravo, Polendina! —gritó la vocecita de antes, que no se sabía de dónde salía.

Al oírse llamar Polendina, el compadre Geppetto se puso rojo como un pimiento de rabia y, volviéndose hacia el carpintero, le dijo furibundo:

—¿Por qué me ofende usted?

—¿Quién le ofende?

—¡Me ha llamado usted Polendina!

—No he sido yo.

—¡Ahora resultará que he sido yo! Yo digo que ha sido usted.

—¡No!

—¡Sí!

—¡No!

—¡Sí!

Y acalorándose cada vez más, pasaron de las palabras a los hechos y, agarrándose el uno al otro, se arañaron, se mordieron y se zarandearon.

Terminado el combate, maese Antonio se encontró entre las manos la peluca amarilla de Geppetto, y Geppetto se dio cuenta de que tenía en la boca la peluca canosa del carpintero.

—¡Devuélveme mi peluca! —gritó maese Antonio.

—Y tú devuélveme la mía, y hagamos las paces.

Los dos viejecitos, después de recuperar cada uno su propia peluca, se estrecharon la mano y juraron seguir siendo buenos amigos toda la vida.

—Entonces, compadre Geppetto —dijo el carpintero en señal de paz—, ¿qué favor quiere usted de mí?

—Querría un poco de madera para fabricar mi muñeco. ¿Me la da?

Maese Antonio, muy contento, fue enseguida a coger de encima del banco aquel pedazo de madera que tantos sustos le había dado. Pero cuando estaba a punto de entregárselo a su amigo, el pedazo de madera dio una sacudida y, escurriéndosele violentamente de las manos, fue a golpear con fuerza las espinillas resecas del pobre Geppetto.

—¡Ah! ¿Con estos buenos modales, maese Antonio, regala usted sus cosas? ¡Casi me deja cojo!...

—¡Le juro que no he sido yo!

—¡Entonces habré sido yo!...

—La culpa es toda de esta madera...

—Ya sé que es de la madera; ¡pero es usted quien me la ha tirado a las piernas!

—¡Yo no se la he tirado!

—¡Mentiroso!

—Geppetto, no me ofenda usted, ¡o le llamo Polendina!...

—¡Asno!

—¡Polendina!

—¡Borrico!

—¡Polendina!

—¡Mono feo!

—¡Polendina!

Al oírse llamar Polendina por tercera vez, Geppetto perdió los estribos, se abalanzó sobre el carpintero y allí se dieron una paliza de padre y muy señor mío.

Acabada la batalla, maese Antonio se encontró con dos arañazos más en la nariz, y el otro con dos botones menos en la chaqueta. Igualadas de este modo sus cuentas, se estrecharon la mano y juraron seguir siendo buenos amigos toda la vida.

Visto de espaldas, Geppetto se aleja con un gran trozo de madera bajo el brazo y mira hacia atrás por encima del hombro.

Entretanto Geppetto se llevó consigo su buen pedazo de madera y, después de dar las gracias a maese Antonio, se volvió cojeando a casa.