
Mucho antes de Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, reinaba en la parte oriental de Inglaterra un rey que tenía su corte en Colchester. En medio de toda su gloria se le murió la reina, y le dejó una hija única, de unos quince años, que por su belleza y su bondad era la maravilla de cuantos la conocían. Pero el rey oyó hablar de una dama que también tenía una hija única, y se le metió en la cabeza casarse con ella por sus riquezas, aunque era vieja, fea, de nariz ganchuda y jorobada. Su hija era una desaliñada de cara amarilla, llena de envidia y de mala índole; y, en resumidas cuentas, estaba hecha con el mismo molde que su madre. Pero a las pocas semanas el rey, acompañado de la nobleza y de los caballeros, trajo a palacio a su contrahecha novia, y allí se celebraron las bodas. No llevaban mucho tiempo en la corte cuando, a fuerza de chismes y mentiras, pusieron al rey en contra de su propia hija, tan hermosa. La joven princesa, que había perdido el cariño de su padre, se cansó de la corte, y un día, al encontrarse con él en el jardín, le suplicó con lágrimas en los ojos que la dejara ir a buscar fortuna; el rey consintió, y mandó a la madrastra que le diera lo que a ella le pareciera bien. Fue ella a ver a la reina, que le dio un saco de lona con pan moreno y queso duro, y una botella de cerveza; aunque aquello no era más que una dote miserable para la hija de un rey. Ella lo tomó, dando las gracias, y siguió su camino, pasando por arboledas, bosques y valles, hasta que por fin vio a un viejo sentado en una piedra a la entrada de una cueva, que le dijo: «Buenos días, hermosa doncella, ¿adónde vas tan deprisa?»
—Abuelo —dice ella—, voy a buscar fortuna.
—¿Y qué llevas en el saco y en la botella?
—En el saco llevo pan y queso, y en la botella, buena cerveza floja. ¿Quiere usted un poco?
—Sí —dijo él—, de todo corazón.
Con eso la dama sacó sus provisiones y le dijo que comiera, que era bien venido. Así lo hizo él, le dio las gracias muchas veces y le dijo: «Delante de ti hay un seto espeso y lleno de espinas que no podrás atravesar; pero toma esta vara en la mano, golpéalo tres veces y di: "Seto, te lo ruego, déjame pasar", y se abrirá enseguida; luego, un poco más allá, encontrarás un pozo; siéntate en el brocal, y subirán tres cabezas de oro, que hablarán; y lo que te pidan, eso haces». Ella le prometió que así lo haría, y se despidió de él. Llegó al seto, usó la vara del viejo, y el seto se partió en dos y la dejó pasar; luego, al llegar al pozo, apenas se había sentado cuando subió una cabeza de oro cantando:

«Lávame y péiname, y acuéstame con cuidado. Y ponme en la orilla a secar, que bonita me han de encontrar cuando alguien pase a mi lado».
—Sí —dijo ella, y tomándola en el regazo la peinó con un peine de plata, y luego la puso sobre un ribazo cubierto de prímulas. Entonces subieron una segunda y una tercera cabeza, diciendo lo mismo que la primera. Así que ella hizo lo mismo con ellas, y luego, sacando sus provisiones, se sentó a comer.

Entonces se dijeron las cabezas unas a otras: «¿Qué hado le daremos a esta doncella que tan bien nos ha tratado?»
La primera dijo: «Yo le doy por hado ser tan hermosa que enamore al príncipe más poderoso del mundo».
La segunda dijo: «Yo le doy por hado una voz tan dulce que supere con mucho al ruiseñor».
La tercera dijo: «Mi don no será el menor; como es hija de un rey, le daré por hado tanta fortuna que llegue a ser reina del príncipe más grande que reine».
Luego las volvió a bajar al pozo, y así siguió su camino. No había andado mucho cuando vio a un rey que cazaba en el parque con sus nobles. Ella habría querido esquivarlo, pero el rey, en cuanto la vio, se acercó, y entre su belleza y su dulce voz se enamoró de ella perdidamente, y pronto la convenció de que se casara con él.
Este rey, al saber que era hija del rey de Colchester, mandó preparar unas carrozas para ir a visitar al rey, su suegro. La carroza en que iban el rey y la reina estaba adornada con ricas piedras preciosas engastadas en oro. El rey, su padre, se quedó al principio pasmado de que su hija hubiera tenido tanta suerte, hasta que el joven rey le contó todo lo que había pasado. Grande fue la alegría en la corte entre todos, menos la reina y su hija patizamba, que estaban a punto de reventar de envidia. Los festejos, con banquetes y bailes, duraron muchos días. Y por fin volvieron a casa con la dote que le dio su padre.

La princesa jorobada, viendo que a su hermana le había ido tan bien buscando fortuna, quiso hacer lo mismo; así que se lo dijo a su madre, se hicieron todos los preparativos y le dieron ricos vestidos, y azúcar, almendras y golosinas en grandes cantidades, y una botella grande de vino de Málaga. Con todo eso se fue por el mismo camino que su hermana; y al llegar cerca de la cueva, el viejo le dijo: «Muchacha, ¿adónde vas tan deprisa?»
—¿Y a usted qué le importa? —dijo ella.
—Entonces —dijo él—, ¿qué llevas en el saco y en la botella?
Ella contestó: «Cosas buenas, que no le van a dar a usted ninguna molestia».
—¿No me darás un poco? —dijo él.
—No, ni una miga ni una gota, a no ser que fuera para atragantarlo.
El viejo frunció el ceño y dijo: «¡Que la mala suerte te acompañe!»
Siguiendo adelante, llegó al seto, vio en él un hueco y pensó pasar por allí; pero el seto se cerró, y las espinas se le clavaron en la carne, de modo que le costó muchísimo trabajo atravesarlo. Como estaba ya toda ensangrentada, buscó agua para lavarse, y, mirando a su alrededor, vio el pozo. Se sentó en el brocal, y subió una de las cabezas, diciendo: «Lávame y péiname, y acuéstame con cuidado», como antes; pero ella le dio un botellazo, diciendo: «¡Toma, ahí tienes tu lavado!» Así que subieron la segunda y la tercera cabeza, y no recibieron mejor trato que la primera. Entonces las cabezas deliberaron entre ellas con qué males castigarla por semejante trato.

La primera dijo: «Que le salga la lepra en la cara».
La segunda: «Que tenga la voz tan áspera como un guion de codornices».
La tercera dijo: «Que no tenga por marido más que a un pobre zapatero de pueblo».
Bueno, pues ella sigue andando hasta que llegó a una ciudad, y como era día de mercado, la gente la miró, y al ver una cara tan sarnosa y oír una voz tan chillona, todos salieron huyendo, menos un pobre zapatero de pueblo. Resulta que no hacía mucho él le había arreglado los zapatos a un viejo ermitaño, que, como no tenía dinero, le dio una cajita de ungüento para curar la lepra y una botella de licor para la voz áspera. Así que el zapatero, con ganas de hacer una obra de caridad, se animó a acercarse a ella y preguntarle quién era.
—Soy —dijo ella— la hijastra del rey de Colchester.
—Bueno —dijo el zapatero—, si le devuelvo su color natural y la curo del todo, de la cara y de la voz, ¿me tomará en recompensa por marido?
—¡Sí, amigo —respondió ella—, de todo corazón!
Con esto el zapatero le aplicó los remedios, y en pocas semanas quedó sana; después se casaron y se pusieron en camino hacia la corte de Colchester. Cuando la reina se enteró de que su hija se había casado nada más que con un pobre zapatero, se ahorcó de pura rabia. La muerte de la reina le dio tanto gusto al rey, que se alegraba de librarse de ella tan pronto, que le dio al zapatero cien libras para que se marchara de la corte con su señora y se fuera a una parte apartada del reino, donde vivió muchos años remendando zapatos, mientras su mujer le hilaba el hilo.
