Después de ganar veinte guineas al whist y despedirse de sus amigos, Phileas Fogg salió del Reform Club a las siete y veinticinco.
Passepartout, que había estudiado concienzudamente el programa de sus obligaciones, quedó más que sorprendido al ver a su amo incurrir en la inexactitud de presentarse a una hora tan desacostumbrada; pues, según la norma, no debía llegar a Saville Row hasta la medianoche en punto.
Mr. Fogg subió a su dormitorio y llamó: —¡Passepartout!
Passepartout no respondió. No podía ser a él a quien llamaban; no era la hora.
—¡Passepartout! —repitió Mr. Fogg, sin alzar la voz.
Passepartout se presentó.
—Le he llamado dos veces —observó su amo.
—Pero no es medianoche —respondió el otro, enseñando su reloj.
—Lo sé; no se lo reprocho. Salimos para Dover y Calais dentro de diez minutos.
Una mueca de perplejidad se extendió por el rostro redondo de Passepartout; era evidente que no había comprendido a su amo.
—¿El señor va a salir de viaje?
—Sí —respondió Phileas Fogg—. Vamos a dar la vuelta al mundo.
Passepartout abrió los ojos de par en par, enarcó las cejas, alzó las manos y pareció a punto de desplomarse, tan abrumado estaba por un asombro estupefacto.
—¡La vuelta al mundo! —murmuró.
—En ochenta días —respondió Mr. Fogg—. Así que no tenemos ni un momento que perder.
—¿Y los baúles? —balbuceó Passepartout, balanceando inconscientemente la cabeza de derecha a izquierda.
—No llevaremos baúles; solo un saco de viaje, con dos camisas y tres pares de medias para mí, y otro tanto para usted. Compraremos la ropa por el camino. Baje mi impermeable y mi manta de viaje, y unos zapatos fuertes, aunque andaremos poco. ¡Dese prisa!
Passepartout intentó responder, pero no pudo. Salió, subió a su habitación, se dejó caer en una silla y murmuró: «¡Pues sí que está bueno esto! ¡Y yo, que quería vivir tranquilo!».
Se puso maquinalmente a hacer los preparativos de la partida. ¡La vuelta al mundo en ochenta días! ¿Estaría loco su amo? No. ¿Sería, entonces, una broma? Iban a Dover; ¡bien! A Calais; ¡bien también! Al fin y al cabo, a Passepartout, que llevaba cinco años fuera de Francia, no le disgustaría volver a pisar su tierra natal. Quizá llegaran hasta París, y le alegraría la vista volver a ver París. Pero, desde luego, un caballero tan avaro de sus pasos se detendría allí; sin duda… y, sin embargo, no por eso era menos cierto que se marchaba, ¡él, una persona hasta entonces tan casera!
A las ocho, Passepartout había preparado el modesto saco de viaje que contenía el guardarropa de su amo y el suyo; después, todavía turbado, cerró cuidadosamente la puerta de su habitación y bajó a reunirse con Mr. Fogg.
Mr. Fogg estaba ya preparado. Bajo el brazo se le podía ver un ejemplar, encuadernado en rojo, del Bradshaw’s Continental Railway Steam Transit and General Guide, con sus horarios de llegada y salida de vapores y ferrocarriles. Tomó el saco de viaje, lo abrió y deslizó en él un buen fajo de billetes del Banco de Inglaterra, que serían aceptados dondequiera que fuese.

—¿No ha olvidado nada? —preguntó.
—Nada, señor.
—¿Mi impermeable y mi manta?
—Aquí están.
—¡Bien! Tome este saco —dijo, entregándoselo a Passepartout—. Cuídelo bien, porque dentro hay veinte mil libras.
A Passepartout estuvo a punto de caérsele el saco, como si las veinte mil libras fuesen en oro y le pesaran.
Amo y criado bajaron entonces, se cerró con dos vueltas de llave la puerta de la calle y, al final de Saville Row, tomaron un coche de punto y se dirigieron rápidamente a Charing Cross. El coche se detuvo ante la estación del ferrocarril a las ocho y veinte. Passepartout saltó del pescante y siguió a su amo, quien, después de pagar al cochero, se disponía a entrar en la estación cuando una pobre mendiga, con un niño en brazos, los pies descalzos manchados de barro, la cabeza cubierta con un mísero sombrero del que colgaba una pluma raída y los hombros envueltos en un chal andrajoso, se le acercó y le pidió limosna con voz lastimera.
Mr. Fogg sacó las veinte guineas que acababa de ganar al whist y se las dio a la mendiga, diciendo: —Tome, buena mujer. Me alegro de haberla encontrado. —Y siguió su camino.
Passepartout sintió que se le humedecían los ojos; el gesto de su amo le había llegado a su sensible corazón.
Comprados enseguida dos billetes de primera clase para París, Mr. Fogg atravesaba la estación hacia el tren cuando divisó a sus cinco amigos del Reform.
—Y bien, señores —dijo—, ya ven que me marcho; y si examinan mi pasaporte a mi regreso, podrán juzgar si he realizado el viaje convenido.
—¡Oh, eso sería del todo innecesario, Mr. Fogg! —dijo Ralph cortésmente—. Nos fiaremos de su palabra de caballero de honor.
—¿No olvida cuándo debe estar de vuelta en Londres? —preguntó Stuart.
—Dentro de ochenta días; el sábado 21 de diciembre de 1872, a las nueve menos cuarto de la noche. Adiós, señores.
Phileas Fogg y su criado se instalaron en un vagón de primera clase a las nueve menos veinte; cinco minutos después sonó el silbato y el tren salió lentamente de la estación.
La noche era oscura y caía una lluvia fina y persistente. Phileas Fogg, cómodamente arrellanado en su rincón, no despegaba los labios. Passepartout, aún no repuesto de su estupefacción, se aferraba maquinalmente al saco de viaje, con su enorme tesoro.
Justo cuando el tren pasaba a toda velocidad por Sydenham, Passepartout lanzó de pronto un grito de desesperación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mr. Fogg.
—¡Ay! Con las prisas… me… me he olvidado…
—¿De qué?
—¡De apagar el gas de mi habitación!
—Muy bien, joven —respondió Mr. Fogg con frialdad—; arderá… a costa de usted.